CHISMOSOS 2.0

Por Bruno Ascenzo

BACOLUMNA
Hace unas semanas me enseñaron un video grabado desde un celular al pie de un camión, ante los primeros rayos del sol y en pleno estacionamiento del Boulevard de Asia. ¿Lo viste? ¿Recuerdas a esa efusiva pareja emulando los pasos del perreo chacalonero y sosteniéndose de la llanta para no caerse en medio de la performance? No nos hagamos los tarugos. ¿Podrías afirmar que ningún amigo te pidió que porfavorcito le pases el video que toda la Lima whatsapera comentaba? Entre gitanos no nos vamos a leer las manos.

Estuve en cuatro reuniones ese fin de semana. Todos habían visto el video. Todos conocían a un amigo del amigo del amigo, y todos, absolutamente todos, tenían mucho que decir al respecto. Lima es un pañuelo.

Días después llegó a mi recién estrenado teléfono una foto del protagonista del video en plena juerga cuya leyenda rezaba ‘15 minutos antes’. Se empezaba a armar la novela. Horas más tarde consiguieron el perfil de Linkedin de la supuesta chica, con datos personales y profesionales que no tuvieron ningún reparo en difundir. Luego comentaban que la chica no se llamaba A sino B, y entonces mandaron otro perfil, de otra chica. Minutos más tarde, desde otro grupo de amigos virtuales, afirmaban que la fémina en cuestión se había suicidado ante la humillación pública. Finalmente me llegó un screenshot del supuesto Facebook del supuesto enamorado de la supuesta mujer, en el que defendía la integridad de su flaca aduciendo que ellos habían estado juntos y felices el fin de semana y que no iban a hacer caso a envidiosos que solo quieren dañarlos.

Durante los siguientes siete días me llegaron dos videos más de similares características sexuales, y llegué a la conclusión de que la comidilla virtual se ha instalado entre nosotros con su más reciente actualización. Y como toca adaptar las acostumbradas rutinas a las formas modernas, hoy tenemos versión 2.0 de nuestro deporte favorito: el chisme. Total, si ahora vamos al casino desde nuestro celular, qué nos impide rajar en medio de la timba.

Pobres aquellas víctimas que caigan en las nuevas esferas del chisme virtual. Comunidades en las que todos nos convertimos en los más amarillos periodistas, fabricantes de ampays, opinólogos y dictadores de sentencias morales ante quienes, piña pues, se convirtieron por arte de smartphone en el centro de la conversación de la semana.

Asumo que será parte de mi trabajo de vida lograr empatar el mundo en el que crecí con el mundo en el que los más chibolos crecen ahora, pero me pregunto si servirán para el futuro los conceptos de privacidad que conocemos los que habitamos de la base tres para adelante. ¿Hasta dónde seremos capaces de invadir? ¿Cuánto más nos nutriremos del raje para sentirnos mejor que los otros? Y lo peor de todo: hasta qué punto la tecnología nos ayudará a derruir cualquier rezago de límite entre lo que es privado y lo que no para colocarlo en la palestra y embanderarlo como tema nacional. ¿Se darán cuenta los pulpines de que tener cámara incorporada no significa tener que registrarlo todo, y menos aún publicarlo o compartirlo?

Ahora que todos somos broadcasters y buscamos contenido para nutrir nuestra red social favorita, ¿seremos capaces de autorregularnos? ¿Lograremos los ciudadanos de a pie lo que tanto reclamamos a los medios de comunicación? ¿Azuzamos los fuegos o los apagamos? El chisme tiene las mismas patas cortas que la mentira. ¿Las cortamos o nos dejamos llevar por el rating de nuestras notificaciones para ser virtualmente más populares? ¿Quién devuelve la vergüenza a esa chica que, equivocada o no, decidió dar rienda suelta a sus pasiones mañaneras? ¿Era necesario apedrearla y sentenciarla vía mensajito de texto?