Chicos de otro colegio

O cómo atender el lastre de haber estudiado en la escuela pública

jeremias

A cocachos aprendí/ mi labor de colegial/ en el colegio fiscal/ del barrio donde nací. La imagen la veo nítida, todavía me produce escalofríos. Parada sobre un estrado más alto que el tamaño de su propio cuerpo, vestida con un uniforme plomo rata y sin chompa que la proteja del frío, mi hermana desafía a un millar de personas recitando enérgicamente unos versos de Nicomedes Santa Cruz en los que se anuncia la terrible situación de un chico que estudió en una escuela estatal y no aprovechó la educación que le ofrecieron. Yo tendría seis años cuando vi a mi hermana tan delgada declamar de un modo tan agresivo aquellas líneas. Ambos estudiábamos en un colegio nacional y por supuesto ninguno de los dos tenía idea de lo que aquello significaba. Los dos –y también mi otra hermana– debíamos ir a la escuela y aquella era la escuela. A diferencia del muchacho de la décima de Santa Cruz, mi hermana aprovechó bastante bien lo que el Estado le brindó. Acabó el colegio y estudió Medicina en la Universidad de San Marcos. Tras graduarse obtuvo su especialidad en el hospital Guillermo Almenara. Ahora ejerce su profesión en ese hospital y en un par de clínicas privadas. Viaja constantemente a participar de conferencias en Estados Unidos y Europa.

Quiero creer que algo parecido me habría ocurrido a mí si no hubiera dejado mi vacante en Historia en San Marcos para estudiar en la Universidad de Lima una carrera que mantuve gracias a una beca a la que tuve que aferrarme con uñas y dientes. Allí empecé a entender qué tipo de valoración se tenía del colegio del que provenía y de la educación que había recibido. Una vez, en una reunión de amigos, me quedé sonriendo en silencio cuando todos recordaron que de las muchas amenazas que les decían sus padres si no estudiaban, obedecían o comían su comida, la peor era mandarlos a estudiar en un colegio estatal. Muchos años después, una pareja me contó que sus amigas usaban un eufemismo muy particular para referirse a aquellas personas que pertenecían a otra condición social, económica e incluso racial: «chicos de otro colegio».

No escribiría esta columna si no hubiera quedado perturbado por el espléndido artículo del político Alberto Vergara, Los maleducados, que se publicó hace algunas semanas en la revista Poder. «En el Perú, la población vinculada a la escuela pública –tanto los maestros como las familias de los alumnos– es innegablemente la más paupérrima», ha escrito. «Un documento de trabajo de 2001 del Minedu revela que cuatro de cada cinco maestros peruanos han estudiado en un colegio nacional y provienen de los sectores sociales C, D o E. Así, la reproducción de las brechas está asegurada: los estudiantes que reciben hoy una pésima educación son los profesores de mañana. La escuela peruana no es ruinosa únicamente por su incapacidad para transmitir conocimientos, sino que, aún peor, al contribuir a las brechas sociales en el país, traiciona la promesa liberal y republicana de ser la herramienta principal para quebrar las desigualdades heredadas». De su texto se desprende que un desarrollo social real en el país pasa por detener ese círculo vicioso, y también por desactivar la etiqueta de «lastre» que pende sobre la educación pública peruana.

Hace poco, leyendo Cambios, el relato autobiográfico del novelista chino Mo Yan, entendí lo determinante que fue la escuela pública para la fragua del futuro Premio Nobel de Literatura 2012. En uno de los primeros pasajes de ese libro, Mo cuenta la manera en que se aferraba a la escuela a pesar de que, por un malentendido, había sido expulsado de ella. Se colaba en el local del colegio y esperaba los empujones y golpes de sus compañeros con la esperanza de que se cansaran de hostigarlo y le dejaran permanecer en él. A mí, leer ese testimonio me hizo pensar en el discurso del Nobel de Vargas Llosa, aquel en que recordaba con nostalgia y cariño las clases del hermano Justiniano, y las declaraciones que, tras el premio, apuró Martha Hildebrandt, que señaló que el novelista cometía errores gramaticales debido al lastre de una «formación mediocre» en «escuelitas de Cochabamba y Piura». Había en ese juicio algo claramente despectivo y también revelador de todo lo que Vergara condena.

Habría que recordarle a la lingüista que tanto Vargas Llosa como José María Arguedas y César Vallejo, acaso las tres más poderosas cristalizaciones de la lengua castellana en el Perú del último siglo [ese idioma que se estudia], definieron su visión desde la base de esa educación, y fraguaron con ella, y con otros estímulos, algunas de las formas más persuasivas para mirarnos e imaginarnos como país. Es preciso no perderlo de vista al momento de recuperar o proyectar una manera de devolverle a la escuela pública el papel que nunca debió perder, y también al intentar cambiar la mente de quienes aún la estigmatizan sin plantearse nada para sacarla del hoyo. Aunque sea a cocachos.