Castillos en la arena

O cómo asumirnos constructores o destructores en la orilla de una playa

Escribe: Jeremías Gamboa

Clemente es administrador y tiene ideas sobre casi todo. Casi todo lo que plantea, además, nos coloca ante problemas difíciles de resolver. En uno de los últimos días de 2012, entre las decenas de paradojas que sumen en la desesperación a sus amigos, lanza una idea que al principio me parece divertida y que termina organizando mucho de lo que percibo: en el mundo de la playa, dice Clemente, los niños se pueden diferenciar entre quienes, sobre la arena, construyen «rodabolas» y aquellos que se inclinan por las «rompebolas». Unos edifican complejas construcciones destinadas a permitir el tránsito de los balones de arena, su desplazamiento seguro de un lado al otro de una estructura; los otros, más bien, prefieren desarrollar una arquitectura destinada a convertirse en un espectáculo de destrucción sistemática. Lo escucho y recuerdo cuánto me contrariaba ver a otros chicos destruir voluntariamente sus castillos de arena. O cómo sufría al ver el mío desaparecer tragado por la crecida del mar.

Mariana y yo llegamos a fines de 2012 bastante agotados: ella luego de varios estrenos y reestrenos de las obras de teatro que escribe y yo tras la adrenalina de un libro inmenso que en cierto momento pensé que jamás terminaría. Atravesamos los días finales del año encarando esas horas imprecisas que se suceden al final de un ciclo creativo bajo la certeza de que para ambos resulta más agradable encontrarse en medio de la construcción de algo que en el centro de la nada. Si hay un reto en el horizonte, algo por qué moverse bajo el sopor del verano que inicia, es colocarse una vez más en esa posición –de alguna manera una extensión de los juegos de playa– y que en esa edificación que nos toque hacer, como en la fantasía de ciertos niños, suceda algo que no termine en la colisión y la desaparición, sino en la circulación, el tránsito y la posible permanencia.

Caminando por la playa me doy cuenta de cómo, cuando era pequeño, me era difícil compartir los juegos sádicos de los chiquillos que mataban bichos, torturaban animalitos o medían su fuerza física a golpes. En toda mi vida jamás me he ido a los puños con alguien, y las pocas veces que he sido provocado he reaccionado desde una total impasibilidad. Supongo que tiene que ver con una manera específica de canalizar la rabia que todos llevamos dentro. Es posible. Uno de los pasajes que más me emocionaron de Patrimonio, el espléndido libro testimonial de Philip Roth, es aquel en el cual el autor reconoce en sí una total negación para la lucha física. Lo curioso es que realiza esa confesión al momento de contar cómo, por teléfono, le dice las peores cosas imaginables a un vecino antisemita que hostiga a su padre tras la muerte de su madre. Se trata, sin duda, de un momento que revela la capacidad agresiva de cualquier hombre que jamás ha peleado y que se tomaría por pacífico. La diferencia estriba en que en lugar de materializar sus amenazas más temibles, Roth se dispuso a construir una de las casi treinta novelas que han terminado componiendo una vasta obra, del tamaño de toda su violencia. Ocurre simplemente que el escritor norteamericano ha preferido mantenerse construyendo castillos de arena.

Este fin de año, unas horas antes de que dieran las doce, le contaba a Mariana de la actualización en el muro de Facebook de nuestra amiga Alina. Ella contaba que durante las celebraciones de Navidad, alguien en un malecón de Lima había decidido recibir las doce prendiendo unas linternas que enviaba al cielo como una forma de decir en el espacio lo mismo que los demás gritaban quemando cohetones y aterrando a perros y gatos. Ella se preguntaba si no podríamos hacer algo para revertir nuestra tendencia a destruir cosas en el aire, y más bien empezar a realizar algo que además de pacífico y económico fuera ecológico y ciertamente más bello. A nosotros nos pareció una idea magnífica. Y nos ilusionamos imaginando que algún día sería posible. ¿No teníamos bastante ya quemando muñecos con los rostros de personajes conocidos? A casi nada de las doce, mientras caminábamos a saludar a unos familiares en el malecón de la playa en la que estábamos, vimos que un grupo de personas lanzaba uno, dos, diez y más globos de luz al firmamento aún limpio del casi extinto 2012: la silenciosa coreografía, interrumpida por ocasionales bombardas y petardos, era a su manera espléndida: los puntos de luz recorrían el cielo de un modo sutil y armónico, y terminaban instalándose, pequeñísimos, en el firmamento. Quizá algo empezaba a cambiar.

Nadie podría negar ahora que el espectáculo de luces y estruendo que acribilló el cielo de Totoritas y que nos recordó el nacimiento del universo fuera espectacular, pero cuando todo se extinguió violentamente y sobre todos los presentes cayó un aire pesado de pólvora y neblina, las luces de los globos perduraban sobre nuestras cabezas, desafiando la oscuridad. Entonces nosotros dos volteamos hacia el cielo a ver de nuevo aquellas luces. Sentimos que ellas reflejaban otra manera de relacionarse con el mundo; una en la quizá fuera posible que nada se aniquilara del todo.