Cásate conmigo

Por Juliana Oxenford

julianaNo te estoy suplicando que vivas atado a mí. Tampoco me voy a morir si un día quieres dejarme. Es más, existe la posibilidad de que después del casamiento sea yo la que quiera asesinarte.

Solo quiero estar contigo.

Si no tienes ganas, avísame nomás y no me hagas perder tiempo. Ya me cansé de tanto hueveo. Las cosas son o no son. Y sí, te lo repito para que lo analices mientras termino de escribir esta columna: ¿Quieres casarte conmigo?

No te asustes. Según las estadísticas, lo que te digo lo pensamos y sentimos el 99.9% de féminas. La diferencia entre unas y otras pasa por una cuestión de forma, no de fondo. Están quienes esperan a que sea el enamoradito eterno el que les ‘chante’ una roca en el dedo finamente decorado con manicure francesa, y están las que no queremos mayor parafernalia para un rito que tiene como única finalidad celebrar lo que sentimos.

¿Ves que no soy tan ‘achori’ como pensabas? Soy una fanática del amor, una especie de presidenta del hasta ahora inexistente sindicato de mujeres capaces a comprometernos de corazón.

Dicho esto, solo quiero que sepas que no haré [ni tampoco pretendo que tú lo hagas], ningún esfuerzo sobrehumano para endeudarme con un crédito para organizar una majestuosa fiesta. He visto casos en los que todavía faltaban varios años para saldar la deuda y la parejita ya no podía siquiera dormir en la misma cama. Celebremos con lo que tenemos e invitemos a quienes nos quieran. Desde ya te apuesto que muchos, al enterarse de la simplicidad de nuestra boda, inventarán cualquier excusa para no ir a un tono donde no habrá ‘hora loca’.

Qué importa. La hora loca la pondré yo y nos saldrá gratis.

Solo quiero casarme contigo.

No me interesa tener un gran buffet ni un bar equipado de etiquetas azules, ni llegar en limusina o bailar las ridículas coreografías que se han puesto de moda. Si quieres tampoco hacemos lo de la liga; lo dejamos para después, para cuando estemos bien borrachos y solos.

Tampoco te propongo entrar a una iglesia [no creo en ninguna de ellas], ni que me persiga un grupo de niñas disfrazadas de damitas para tirarme arroz. Y desde el punto de vista legal, no me gusta mucho la idea tener a un alcalde frente a nosotros haciéndose el simpático para evitar alguna futura denuncia en mi programa.

Busquemos un espacio con flores, pongamos velas por todas partes, pidamos a un amigo que haga una parrillada o contratemos a una buena anticuchera. Lleguemos juntos y en mototaxi. Hagamos lo que nos dé la gana. Que suene algo de rock, salsa, cumbia y reguetón.

Quiero compartir con el mundo mi felicidad. Quiero que me veas hermosa; que me abraces de la cintura y sientas que vale la pena bailar conmigo. Quiero pedir al pata de la música que me preste un micrófono para cantarte sin roche alguna canción de Rocío Dúrcal. Quiero que sepas que lo que te ofrezco es todo lo que tengo y que estoy dispuesta a jugármela por ti. Que hay días en los que te llenaré de besos y otros en los que no te querré ver la cara. Quiero reírme contigo hasta que nos arda la garganta y luego no podamos hablar por una semana. Somos humanos, esas cosas pasan. De esos altibajos está hecha la vida, y de los reencuentros y de la voluntad de seguir se trata el verdadero amor. Quiero que mi hija me recuerde no solo como su mamá, sino también como la mujer más amada y feliz del mundo.

Podría seguir con los detalles de la boda pero prefiero guardarme algunas cosas para cuando te conozca. Lo peor que podría pasar es que termine casándome conmigo. Como diría mi gran amiga Meche, tampoco suena tan mal: es una buena manera de celebrar el gran amor que una puede sentir por sí misma.