Canciones del fin del mundo

¿Qué disco ponemos para recibir este 2012 que, todos temen, será el último?

Cuando era niño, me reunía con algunos de mis amigos de barrio antes de llegar el fin de año. A uno de ellos le encantaba poner un tema de Rubén Blades que se llama La canción del final del mundo. Es un tema que celebra los últimos minutos de la tierra con aire festivo y risueño, e imagina que ante la debacle todos se unían en una danza ecuménica, al mejor estilo de Che che colé, otro de los temas insignia de mis primeros años de vida. «Que en la tierra nadie quede sin bailar», canta Blades, y todos en el barrio nos reíamos de buena gana, aún niños, lejos de cualquier sentido de amenaza. Corría la Guerra Fría, pero no nos importaba. Eran los ochenta.

Quince años más tarde, el tema más tonero de mi generación, el que bailábamos como descosidos en los ambientes turbios del primer Dragón y en el canchón abierto del Sargento Pimienta, al final de los años noventa de dictadura y miedo, había sido compuesto cerca de un decenio atrás en los Estados Unidos, pero a nosotros nos encantaba. Escuchábamos los cuatro redobles de la batería de Bill Berry y casi antes de que la voz de Michael Stipe empezara la letra frenética de It’s the end of the world as we know it (and I feel fine) una turbamulta se lanzaba contra la pista, contra las paredes, contra lo que fuera (muchas veces me veo golpeándome en las espaldas de otros, conocidos o desconocidos, no importaba) y gritaba, sudorosa y enardecida, inmortal, en aquellas noches extraviadas de Lima. Por aquellos días frenéticos, yo sentía que aquello que nos movilizaba era la capacidad musical misma de R.E.M., y aún lo creo. Pero también me pregunto si acaso con el tema no exorcizábamos un temor de juventud ante lo que ya intuíamos era el paso del tiempo y una presencia cada vez más concreta de la idea de la muerte. Sí, en las noches barranquinas sabíamos de algún modo que la fiesta se tendría que acabar, pero de todos modos habíamos cruzado ya el año 2000 y estábamos ahí, de pie, borrachos y exaltados, pasados de vueltas, diciéndonos que con todo, con el fin del mundo encima, qué diablos, estábamos bien. And I feel fine!

Ahora el asunto parece cosa más seria, y así como nosotros estamos a mitad del camino de la vida, con la idea de la finitud plantada como un árbol en medio de nuestra casa, el mundo parece ser un lugar menos para la broma, mucho más difícil. No sé si el tema de R.E.M siga sonando en el Sargento, pero sé que el asunto ha cambiado de calibre y los juegos que antes tenían que ver con la imagen esperpéntica del poderío nuclear y la Guerra Fría –asuntos que desde nuestra generación parecieron risibles e imputables a la voluntad absurda del hombre– ahora se ciernen como una amenaza real –la deforestación mundial, la destrucción de la atmósfera­–, que además de ineludible parece escapar completamente de nuestro control. Y se ha vuelto complicado encontrar canciones tan lúdicas sobre el tema. Y si las hay, no sé si alguien tenga ánimos para bailarlas.

El mundo parece que se acaba simplemente porque es así, porque la cosa no da para más. Y ante esa certeza ya nada podemos hacer, salvo administrar nuestro temor. El año 2012, claro, aglutina todos nuestros pánicos y vulnerabilidades como antes lo hicieron los años 2000 y 2001. ¿Cómo responder? Para muchos de nosotros, la reacción está bastante lejos de echarse a poguear en la noche de Lima. Hemos envejecido un poco con el mundo y, ahora, con la certeza de que tenemos fecha de caducidad y de que este planeta la tiene con nosotros, solo nos queda adherirnos a nuestros deseos de vivir y valorar nuestra fugacidad y nuestro vitalismo lejos de cualquier drama. «No dejaremos huella», cantaba hace poco en la noche de Lima Jorge Drexler, «solo polvo de estrellas». Si uno escucha atentamente ese tema se dará cuenta de que a la certeza de una humanidad permanente no se le opone por ningún lado la valoración de la experiencia humana, así sea en los estrechos confines en que le ha tocado producirse. Por ahora, de cara a un nuevo año señalado como el último del planeta, al menos de eso se trata.