Amor y control

¿En qué momentos somos realmente una familia?

Hace seis años, cuando mi padre sufrió una intervención quirúrgica en la que le extrajeron la próstata por un cáncer que se había instalado en su cuerpo, yo no estuve a su lado porque me encontraba en Estados Unidos haciendo una maestría. Mi hermana médico nos había informado de la enfermedad a mi hermana mayor y a mí cuando regresé a Lima para mi primera Navidad. Luego pasamos un fin de semana en una playa del sur junto a él, que ignoraba la dimensión de su mal. Cuando en enero llegué a Boulder, en Colorado, y vi las montañas rocosas desde el bus que me sacó del aeropuerto, me sentí feliz porque de pronto supe en las tripas que finalmente iba a terminar de escribir mi primer libro. Con los años, entendí que fue la certeza de que algún día mi padre no estaría entre nosotros, y con ella el conocimiento de mi propia finitud, lo que me permitió cerrar algo que había aplazado tanto tiempo. Escribir es un acto contra la muerte. Había terminado mi trabajo cuando mi hermana mayor me despertó una madrugada para informarme que habían operado a papá y que todo había salido bien. Cuando meses después volví a Lima con el libro bajo el brazo, lo vi como si nada hubiera pasado.

Escribo esto en medio de una situación que pareciera devolverme a aquel escenario que no viví aquella vez y que me sirve para cobrar consciencia real de los momentos que ellos pasaron aquel verano de 2006 mientras yo estuve ausente. Había escuchado varias veces la racha de problemas que enfrentaron –la hospitalización de mi papá, el episodio crítico de fibromialgia que atacó a mi hermana médico y la obligó a internarse también, las dificultades de mi madre con su hipertensión y la lucha solitaria de mi hermana mayor por los pasillos del hospital–, pero no había entendido cabalmente el tipo de sentimiento que movilizó a todos a hacer lo que hicieron conmigo. Si decidieron ocultarme la fecha verdadera de la operación y todo lo que esta desencadenó fue porque, en un acto de amor que entonces desconocía, no habían querido interrumpir mi atención sobre mi libro y mis estudios.

Este verano luminoso de 2012, me parece por momentos el marco impreciso y hasta irónico de lo que nos toca vivir a mí y a mi familia. Y a veces, cuando voy camino al hospital, hasta el sol se me antoja absurdo. A ratos siento pesadumbre, sí, pero también que experimento algo nuevo y a la vez maravilloso. Hacía mucho tiempo que los cinco no nos reuníamos todos los días de la semana y pasábamos tantas horas reconstruyendo nuestra memoria familiar. Hacía mucho que no conversábamos así. Y pese a que a veces hay dolor y me sobrevienen ataques de miedo, sé que estoy donde debo estar y que sumo. Esta vez estamos completos, mi hermana médico ha actuado brillante y oportunamente, mi madre ha manejado bien su presión, mi hermana mayor ha sido un ejemplo de calma y eficiencia y yo, a mi modo, tuve la oportunidad de llevarle a mi padre una versión casi total de la novela que estoy terminando y que él devoró como un náufrago, días antes de su operación. Me doy cuenta de que todo lo que hemos hecho ha ido dirigido a reponerle a papá el lugar que nunca dejó de tener, pero que en cierto momento perdimos de vista: es el hombre más importante de nuestras vidas.

Esta columna lleva el título de un tema que Rubén Blades compuso a inicios de los años noventa, cuando a la salida del hospital en que su madre luchaba contra un cáncer irascible, se encontró con una familia desconocida que caminaba entristecida por la calle ante la tragedia que suponía la criminalidad y la adición de uno de sus miembros, un hombre mayor que va de la mano de su padre. He escuchado mucho ese tema estos días y me parece reconocer una verdad en la imagen que sobrecoge al músico y lo hace pensar en los suyos. Más allá de lo que pase con la salud de mi padre, he podido comprobar estos días que tengo una familia de verdad y que es un privilegio ser hijo y hermano de quienes soy hijo y hermano. Él lo sabe, también. Me lo dijo antes de su operación, una noche en la que ambos nos dijimos cosas inmensas mirándonos a los ojos. Algo se reveló. Cuando lo dejé solo en su cama, lloré, como muchas veces durante estos días, pero en cierto momento el llanto era también de felicidad. Esa vez, estaba en mi país y al lado de él y de la gente que quiero.