Amor eterno

O una clave posible para entender la pasión que perdura

Hace un mes, aproximadamente, mi hermana mayor y su esposo se casaron por la Iglesia Católica después de haber estado más de dieciocho años unidos por el matrimonio civil. Su primera boda ocurrió en 1994 y luego de ella corrió mucha agua bajo el puente: consiguieron una casa, la decoraron, ampliaron y modificaron, se pelearon y amistaron, tuvieron un hijo al que pusieron de nombre Daniel y lo vieron crecer hasta la edad de once años, cuando, una tarde, en la mesa familiar nos dijeron que se casarían de nuevo, esta vez ante los ojos de Dios. La verdad es que todos nos miramos algo incrédulos. Pensamos, ¿no es un poco tarde para eso? ¿No era suficiente haber durado tanto tiempo? Es decir, ¿no sonaba redundante? Mi hermana nos confesó, entonces, que en verdad durante muchos años había querido casarse debido a su fe y a la ilusión invencible de ver cómo nuestro padre la llevaba al altar. Lo discutía con su esposo, una y otra vez, y siempre posponían la realización del sueño por un imponderable: un imprevisto, un problema de salud, un nuevo proyecto juntos. El verano del año pasado, durante aquellos días desesperados que rodearon la delicada operación quirúrgica a la que sometieron a papá, le prometió a Dios que si lo sacaba de aquella, si lo mantenía entre nosotros, ella cumpliría su sueño de casarse por la Iglesia, dejándose llevar de la mano de él. Su esposo estuvo de acuerdo. Como mi padre salió bien de la operación, el día de la boda estrenó terno nuevo y lució espléndido llevando a su hija de la mano.

Era la segunda vez que mi padre llegaba al pie del altar desde la tarde algo remota de 1965 en que se casó con mi madre en una iglesia de Lince. En una foto de la ceremonia que todos recordamos, él aparece mirando el techo del recinto como preguntándose qué diablos está haciendo allí mientras mi madre, de veinticuatro años, firma el libro de la parroquia sellando la unión de ambos. Esa foto ha sido la broma familiar durante años. Supongo que en algún momento las preguntas se extinguieron o se transformaron. Lo único cierto es que desde entonces ambos se han acompañado a lo largo de casi medio siglo. Se han visto envejecer, han hablado infatigablemente de sus hijos y nietos, han tejido de un modo magistral el vínculo de lo que yo conozco por familia nuclear. Nadie sabe cómo han logrado andar juntos como pareja más de cincuenta años. Mi padre es hierático y algo huraño, vive apegado a los hechos objetivos y adora los libros; mi madre es desbordante y exaltada, su imaginación es temible y a veces delira, aunque jamás lee algo, salvo que lo haya escrito yo.

«El amor no consiste en mirarse el uno al otro –dice Antonio de Saint-Exupéry– sino en mirar hacia fuera en la misma dirección». Si eso es cierto, creo que allí radica la clave de lo que ocurrió con mis padres. En la época en que se conocieron, ambos vivían por igual la dificultad de una ciudad que no los incluía del todo y parecían estar marcados por un destino común –el de los migrantes andinos de una Lima todavía criolla– y por la misma necesidad de labrar un sueño crucial y urgente. Se trazaron hacerse de un sitio en la ciudad, de levantar una casa en ese lugar y de tener aquellos hijos a los que les darían la protección y la educación que no les dieron a ellos. Si algo los ha mantenido unidos ha sido ese objetivo común en sus vidas. Tengo la impresión de que una cosa similar ha marcado la manera en que mi hermana y su esposo se han relacionado estos casi veinte años y la forma en que han enfrentado lo que les ha salido al paso. Por eso se estaban casando después de dieciocho años de haber estar casados.

En un libro sobre pasión romántica y psicoanálisis escrito por Ethel S. Person, leo que todos ansiamos un amor eterno porque el amor es una creación del inconsciente y en el inconsciente no existe la temporalidad. Puede ser verdad. De lo que no tengo duda es que en la ceremonia que presenciamos había un sentido de verdad en las palabras que se pronunciaban, uno que yo no había visto jamás en ninguna ceremonia parecida. Algo que ponía la piel de gallina. Así, cuando Susana y Arturo se prometieron acompañarse en las buenas y en las malas, en la enfermedad y en la salud –esas cosas que normalmente se dicen en las bodas–, cada frase parecía tener el sello de algo familiar, de una oración que los dos se habrán dicho ya muchas veces y bajo muchas circunstancias a lo largo de las casi dos décadas que viven juntos. Y eso, a falta de mejor palabra, es amor. Porque solo un sentimiento así puede llevar a dos personas a cometer la locura de casarse dieciocho años después de haberse casado por primera vez, solo para compartir su dicha con los demás. Con sus padres.