Aprenda a reírse del poder con Nicolás Yerovi

Es escritor, dramaturgo, poeta y director de la publicación de sátira política más importante del Perú. Nicolás Yerovi ríe para no llorar, y afirma ver con buenos ojos una nueva generación de artistas que, sin la presión de las dictaduras, apuntan a burlarse de aquellos que ostentan el poder. Hoy, a punto de comenzar su taller ‘Cómo escribir con humor’, Yerovi vuelve a preguntar: ¿de qué nos reímos cuando nos reímos de los poderosos?

Nicolás Yerovi acaba de terminar de revisar el fallo de un juez que ordena el regreso de comerciantes a La Parada, ese famoso mercado de Lima abarrotado por comerciantes informales y delincuentes. Como quien resuelve un Sudoku, Yerovi se ha tomado el tedioso trabajo de buena gana y ha contado los errores de sintaxis y ortografía del polémico fallo: 47 errores en 61 páginas de párrafos enrevesados y prosa barroca. Yerovi cuenta esto desde la sala de su departamento barranquino, y no puede sino reírse del abultado número de faltas al lenguaje. «Lo peor es que se cree un erudito, y ni siquiera puede distinguir las mayúsculas de las minúsculas. Dime sí acaso no es graciosa la política peruana. Es un chiste, pues. Aunque sea un mal chiste».

Las carcajadas de Nicolás Yerovi son escandalosas e inesperadas como una puerta que se cierra de pronto. También parece menor de lo que es. Acaba de cumplir sesenta años, pero sus cejas tupidas y peinado con raya al costado apenas exhiben algunas canas. Su rostro, en cambio, es el mismo rostro que el Perú recuerda: la cara ancha y redondeada, la nariz prominente y la sonrisa que contagia.

Sobre las paredes de la sala cuelgan afiches, cientos de retratos envejecidos por la humedad y el tiempo, y un sinfín de portadas de Monos y Monadas, esa revista de humor y sátira política que fundó su abuelo, Leónidas N. Yerovi, y que setenta años después fue resucitada por el mismo Nicolás. Sobre un estante empotrado sobre la esquina, una ruma de CDs y vinilos hacen de la guarida de Yerovi una especie de museo personal, donde se esconde buena parte de la obra de este escritor, poeta, dramaturgo y humorista limeño que lleva casi medio siglo intentando hacernos reír del absurdo y oscuro mundo de la política y el poder.

¿Qué tan importante ha sido el humor en la vida de un país como el Perú que ha pasado por cosas tan traumáticas como el terrorismo, crisis económica y golpes de Estado?
El humor nos ha salvado en general, y a mí en particular, de precipicios anímicos terribles, considerando las últimas décadas del siglo pasado. Si no fuera por la risa fácil del peruano promedio y su capacidad de reírse de lo que a cualquier otro haría llorar, yo estoy seguro que el país no hubiera resistido todo lo que hemos vivido.

Comenzaste en Monos y Monadas a fines de los setenta. ¿Qué tanto crees que ha cambiado el Perú y, en particular la política, en este tiempo?
El Perú que hoy vivimos es un país muy diferente del que vivimos entre los años setenta y el de fines del siglo XX. Hemos pasado por todo lo que pasa una joven república africana independizada de Gran Bretaña o de Francia. Hemos padecido la hiperinflación más prolongada de la historia del mundo, el terrorismo más sangriento, criminal y cobarde que se recuerde, hemos sufrido la primera dictadura disfrazada de la historia de occidente. Y a pesar de todo esto, aquí estamos.

El régimen de Fujimori te enjuició por el plagio de tu propio libro y hasta clausuró tu semanario. ¿Qué tan peligroso era Yerovi para el régimen de aquél entonces?
Yo soy el ser más inofensivo e inerme del mundo. Hasta hoy me gustaría saber porqué esa paranoia y ganas de agarrársela conmigo. Durante el fujimorato tuve que irme del Perú varias veces para poder sobrevivir, acosado por la maquinaria de persecución del Poder Judicial en mi contra. Mil veces buscaron impedir que publicara mis novelas, me requisaron las ediciones y demás. Con decirte que hasta ahora tengo juicios de los tiempos de Montesinos. Imagínate, es hasta gracioso.

monoymonadas
¿La política peruana es para reírse?
¿Has escuchado tú algo más absurdo que un juez de primera instancia amenace con destituir a una alcaldesa que acaba de ser ratificada, y cuya vacancia acaba de fracasar ante el Jurado Nacional de Elecciones? ¿Cómo no reírnos de un juez que no distingue las mayúsculas de las minúsculas? Busca los casos más ridículos, estúpidos y absurdos, y los encontrarás en el Perú. Yo, que soy una persona bien pensada [Yerovi esboza una expresión maléfica, que denota al mismo tiempo sorna y picardía] no puedo creer que se trate de un caso de corrupción, porque eso en el Perú no ha habido jamás. Se trata de oligofrenia o analfabetismo. Si alguna vez hubiera ocurrido que en el Perú se probara la corrupción, bueno. Pero no es así.

¿Hay que sospechar siempre de los políticos?
Para los peruanos la sospecha es parte fundamental de nuestra educación. Porque a todos alguna vez nos la han hecho. Un peruano que no ha sido estafado se convierte en un peruano que no merece la nacionalidad. Eso te identifica más que un DNI. Tienen que estafar tu buena fe, burlarse de la palabra empeñada, sino pasas como extranjero. Simplemente no eres peruano.

De joven querías ser un poeta serio. Escribías sobre el amor y la desesperanza, y de pronto viras y te dedicas al humor político, algo a lo que tu padre y tu abuelo habían dedicado buena parte de su vida. ¿En qué momento decides cambiar?
En principio, habrá que decir que yo nunca tuve problemas vocacionales. Siempre supe que iba a ser escritor. Y con los años he entendido que algo similar debió ocurrirle a mi padre y a mi abuelo. Pero cuando yo era chico, sabiendo que iba a ser escritor, lo único que esperaba de la escritura era enamorar a las muchachas. Lo demás carecía de interés. ¿Qué más podía importar en el mundo?

Yerovi recuerda que solo después de la muerte de su padre comprendió que el humor podía cambiar el mundo si se utilizaba con suficiente inteligencia. Entendió que había un legado que continuar, y que era él el llamado a hacerlo. Pero era 1975, y el Perú vivía en dictadura. Conseguir el permiso de un espacio radial era casi imposible para el hijo de Leónidas Yerovi, una utopía.
«No podía hacerlo por radio, como lo hacía mi padre, pero podía hacerlo por escrito, como mi abuelo», dice Yerovi antes de soltar una carcajada adelantada. 608 días después de iniciar los trámites [y después de cumplir con los 138 requisitos que le exigía la dictadura militar] Monos y Monadas volvió a imprimirse, y con ella una nueva generación de los Yerovi continuaba con la tradición de hacer reír del absurdo poder de los poderosos.

Durante el régimen fujimorista se habló mucho del papel que jugaba el humor gráfico en la sociedad, y cómo este hacía reflexionar a la gente. ¿Qué papel cumple hoy, en democracia, una publicación como Monos y Monadas?
En tiempos de dictadura, sea la formal o la encubierta, el público aprecia la valentía, el coraje de quien se atreve a reírse de quien se siente todopoderoso, y lo hace saber abierta o disfrazadamente. El ejercicio de tantos años de la ironía de manera pública me ha llevado a entender que esta tenacidad –además de cumplir un fin terapéutico y de ser una suerte de sanción cívica contra el abusivo– también crea consciencia. El simple hecho de celebrar con una sonrisa o una carcajada una ocurrencia, genera reflexión. Es un sentido del humor no solo liberador, sino también reflexivo. Uno termina diciendo: «¿de qué me estoy riendo?». Cuando vivimos en gobiernos democráticos, en cambio, se aprecia menos la bizarría pero más la gracia, el ingenio, la ocurrencia, y en el caso de los dibujantes, el arte y el talento.

Sin dejar de sonreír, Nicolás Yerovi, cavila ante cada pregunta, piensa con paciencia las palabras y se deshace en un discurso tan consistente como estructurado. Pero no pasa demasiado tiempo hasta que sale con alguna ocurrencia –mezcla de sarcasmo y pesimismo irónico– para que vuelva el jocoso personaje para el que la risa es el remedio infalible de todos los males.

¿Qué tan solitaria es la vida de un escritor que durante casi medio siglo se ha dedicado a hacer reír a los demás?
Desde hace algunos años me he vuelto, no un misántropo, pero sí una persona que socialmente aparece muy poco. Me he convertido en alguien más solitario de lo que era. Jamás he participado en un mitin ni en un partido político, ni he sido creyente de ninguna fe ni parte de ninguna multitud. Siempre he sido un solitario. Eso sí, cultivo y atesoro las amistades de muchos años. Compañeros de colegio, de universidad, amigos de barrio. A todos ellos los sigo viendo, pero muy ocasionalmente. Hoy soy más solitario que antes, y creo que soy más feliz, aun sin habérmelo propuesto. Quizá en la única cosa en que soy gregario, y debo serlo porque es una minoría, es en el hecho de ser hincha del Muni.