Amigo exprés

Por Gonzalo Coloma
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Para regresar de Quebec a Montreal mi socio y yo contratamos un servicio de car-pool llamado AmigoExpress. El chofer llega unos minutos después junto con Gibrutch, un tercer pasajero que, después de presentarse con total cortesía, nos anuncia que no conversará mucho durante el viaje: está muy cansado por no haber dormido toda la noche.

Gibrutch debe de tener unos 45 años. Tiene pinta de inmigrante y no parece haber estado de juerga la noche anterior. Más bien parece un sacrificado empleado que trabaja fuerte para mantener a su familia. Intrigado, le pregunto por el motivo de su desvelo y él nos cuenta que efectivamente se quedó trabajando hasta las seis de la mañana en su segunda ‘chambaʼ.

En Canadá es raro encontrarse con gente que tenga dos trabajos [sobre todo uno que ocupe toda la noche]. Gibrutch, a sabiendas de que seguimos intrigados, empieza a contarnos detalles sobre su vida.

—Hago taxi -nos dice-. Pero también tengo un muy buen trabajo en el Gobierno. La ciudad de Quebec es la capital de la provincia de Quebec; allá la mayoría de la gente trabaja para el Gobierno. Mi familia vive en Montreal, pero yo decidí quedarme en Quebec para trabajar por la noche. Ayer terminé mi empleo regular en la Agencia de Ingresos de Canadá [algo parecido a la SUNAT]; fui a casa; despedí a mi familia, que partió a Montreal; dormí tres horas, y me fui a taxear. Los fines de semana son muy buenos; trato de trabajarlos siempre -finaliza.

—Si tienes un buen trabajo, ¿por qué taxeas? -le pregunto.

—Pues porque me gusta hacerlo -responde, decidido-. Esa plata extra me sirve para engreír a mi familia.

Luego nos cuenta que viene del Congo, pero su familia se mudó a Quebec cuando él tenía diez años; que tiene cinco hijos y su esposa no trabaja; que comenzó a hacer taxi cuando perdió un empleo durante la crisis económica de 2008, y que cuando la situación mejoró consiguió su actual trabajo en el Gobierno.

En la Agencia de Ingresos de Canadá aconseja a los jubilados sobre el estilo de vida que deben llevar para poder terminar sus días con buena salud económica. Allí, asegura, le pagan muy bien y siente que ayuda a la gente, pero no por eso deja de hacer taxi.

—En la oficina la gente se ríe de mí por eso -confiesa-. Y los pasajeros del taxi tampoco me tienen mucho respeto: me ven y piensan que taxeo por necesidad, que pertenezco a la escoria de la sociedad y que no he logrado tener éxito en mi vida.

Le digo que a mí me pasa lo mismo. Que desde hace cuatro años tengo un espectáculo de circo y lo llevo alrededor del mundo; que actúo en las calles, pasando el gorro al final de cada show; que cuando la gente nos ve, suele ubicarnos en el último escalón de la sociedad, como si fuera imposible que hayamos elegido este tipo de vida por decisión propia. Le cuento que he trabajado para el Cirque du Soleil, pero prefiero el circo callejero por una razón: me permite ser libre. No tengo jefes, manejo mis horarios, yo mismo decido a dónde ir y cómo comportarme cada día de mi vida.

—Eso es lo que me encanta de hacer taxi -dice Gibrutch-: la libertad. Me abre puertas a nuevas experiencias.

Durante el viaje tuve mucho tiempo para preguntarle sobre sus experiencias con la gente y compartirle algunas de las mías acerca de cómo nos tratan en nuestro día a día como artistas [ya se las contaré en otra columna]. Instantáneamente aprendí que uno nunca sabe qué hay detrás de cada persona, qué historia trae y por qué está donde está. Todos los trabajos del mundo, así como quien los lleva a cabo, merecen nuestro respeto; quién sabe si allí donde vemos el retrato de alguien sin futuro se esconde la historia de alguien especial.

La historia de Gibrutch es la mejor que he encontrado en mis viajes. Suelo ser yo quien tiene que probar ante la gente que me dedico a lo que hago porque realmente lo disfruto, pero esta vez fui yo el cuestionador. De alguna manera, Gibrutch me permitió lo que siempre vivo, solo que al revés.