ABAJO LA CULTURA

Por Gonzalo Coloma
Coloma

Soy artista e ingeniero. Desde que decidí dedicarme íntegramente a mi arte, el circo, he visto algo recurrente entre mis pares: estamos listos para trabajar «por amor al arte».

El arte es una profesión increíble. Hacemos feliz a la gente. Hacemos reflexionar a sociedades, ponemos un tono de belleza en los días comunes de mucha gente. Sin embargo, veo en Facebook que artistas reciben proposiciones risueñas de trabajo. «Ven a hacer magia a mi restaurante y te dejo entregar tarjetas». Veo padres que pagan mucho dinero para que sus hijos aprendan diferentes tipos de arte, como la danza, pintura, música; pero después ellos mismos piden a profesionales que actúen gratis.

Veo teatros y plazas públicas que cierran cuando se cambia de alcalde, y este no apoya la cultura porque es un gasto. Pensamos en la plata que se invierte y no vemos lo que recibimos a cambio. Por eso, en lugar de intentar convencerlos de lo que el arte hace por todos, prefiero citar a Carole Fréchette, una premiada y reconocida dramaturga de Montreal. Comencemos.

«Si yo fuera ministra de la Cultura… decretaría los días sin cultura. Un día en el que toda actividad artística, toda manifestación de vida cultural estuviese prohibida. Días sin música –ni clásica, ni jazz, ni pop, ni rock–, todas las salas de concierto cerradas, nada de música en la televisión, en la radio, ningún ‘jingle’ que introduzca el noticiero, todos los iPods bloqueados, todos los clips de YouTube revueltos. Días sin espectáculos, sin representaciones, sin ninguna forma de ficción. Nada de cine, ni en la sala de tu casa. Nada de teleseries, webseries, telenovelas. Ningún programa para niños.Nada de teatro, de danza, ningún tipo de performance, nada de circo, ningún espectáculo en la calle. Prohibición de abrir una novela, una colección de historias, un libro de poesía, un ensayo o una historieta. Un día sin arte visual. Todos los museos y todas las galerías atrincheradas. También decretaría la obligación de esconder todas las obras de arte públicas, sábanas puestas sobre las estatuas, las esculturas, los cuadros que decoran los edificios y las casas, todas las casas. Ordenaría una enorme operación de enmascaramiento de cuadros, fotos, dibujos, reproducciones y litografías, objetos de arte que nos acompañan todos los días. También prohibiría admirar las bellezas arquitectónicas (¡Sí, claro que hay!), así sean patrimoniales o contemporáneas.

¿Cuánto tiempo durarían estos ‘días sin cultura’? No lo sé. El tiempo que se necesite para sentir bien el infierno sofocante que sería nuestra existencia en este universo de estricta eficiencia. Universo sin imágenes provocantes, intrigantes, perturbadoras, sin música tierna o enérgica, sin la posibilidad de reinterpretar el mundo con la imaginación, de reír y llorar de nuestras vidas a través del destino de personajes inventados. El tiempo que se necesite para sentir la falta, la sequía, la depresión profunda, los primeros signos de disfuncionalidad. El tiempo necesario para que a mis colegas, ellos mismos, les empiece a faltar el aire y reclamen su película favorita, su libro de cabecera, su canción preferida, la belleza en sus muros, el temblor de emoción artística en sus pechos. El tiempo que dejen de considerarme una ministra superflua y me inviten a la mesa de lo esencial, ministra del equilibrio de las almas, de los latidos del corazón, de la respiración, ministra del oxígeno».