Vírgenes, aliens y rock & roll

Kenny Ayon

Por María Jesús Zevallos / Fotos de Santiago Barco
Solía ser un artista suicida, hasta que se dio cuenta de todo lo que existía fuera de él. Kenny Ayon acaba de presentar God In Colours, la exposición con la que abre Underground International Gallery. Desea que el público disfrute el proceso de crear arte tanto como lo hace él. ¿Qué busca un artista que quiere conocerlo todo?
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Un recogedor rojo sostiene un poster arrugado de la Mona Lisa en una de las esquinas del taller del artista plástico Kenny Ayon. Es un salón amplio, de paredes altas y blancas, dentro de una casona roja antigua de Barranco, con paredes cubiertas de pinturas gigantescas. Lo que más resalta, sin embargo, es aquel recogedor, posado sobre un pequeño banco blanco que sirve de altar. Para el artista de veintiocho años, esa pieza es la obra más increíble que ha hecho en su vida. No es un acto de rebeldía hacia el arte, es más bien un llamado a la curiosidad. «Saqué los posters de la pared. Lo arrugué y lo boté. Fue tal cual. Y cuando lo recogí dije ‘¡Mierda!’. Lo pegué con una cinta y lo dejé ahí», explica. «Me parecía increíble, como eliminando el arte clásico por completo, a la basura, surgía otra cosa». Su máxima obra conceptual, como lo describe él mismo.

Ayon acaba de inaugurar Underground Gallery, una galería itinerante que busca desafiar las expectativas del público que consume arte, y del que no también. La inauguración se dio con la muestra GOD IN COLOURS, y aquel recogedor sosteniendo el poster arrugado de la Mona Lisa debía ser una de las piezas. Pero no estuvo. Ayon pensó que alguien se la había robado. Al día siguiente, la encontró en el almacén de limpieza, junto a las escobas y bolsas de basura. El artista rescató su obra y la regresó a su estudio, esta vez sobre aquel pequeño banquito blanco, para que la gente no se vuelva a confundir. «Después de eso, la gente comenzó a decir uy, qué más será arte, y comenzaron a ver todo, ya no solo los cuadros, sino todos los detallitos», explica entre risas. Esa curiosidad que incentivó aquella pieza que Ayon muestra con tanto orgullo parece ser en lo que se basa la vida del artista.

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Al costado del recogedor, Ayon –vestido enteramente de negro y con un entusiasmo infantil que contrasta con sus ojos cansados y los tatuajes en sus brazos y cuello– descubre algunos cuadros que pintó hace algunos años, en su mayoría retratos pintados sobre fondos oscuros y enfocados en un solo personaje, usualmente perturbado. Pero hoy, dice Ayon, su visión ha dado un giro.

La pintura más grande del artista está colgada exactamente frente a la puerta de su estudio. Es lo primero que cualquier visitante ve. Un cuadro que cubre casi toda la pared y que contiene una composición distinta a la que Ayon estaba acostumbrado a hacer. «Con esta pieza aprendí a pintar de nuevo», explica el artista mientras termina su tercer cigarro del día. «Fue una evolución». Al principio, explica, la pieza solo era un centauro con unos cuerpos muertos alrededor. Pero Ayon estaba cansándose de que todos sus cuadros reflejen muerte, y decidió ir por otro camino, agregando extraterrestres y a Marilyn Manson como uno de los personajes. Los fondos, los balances de colores, la interacción entre personajes, las manchas en el piso, las luces en la pistola. «Era todo un cuadro real».

El cuadro, que no tiene nombre, le tomó cuatro meses de trabajo. Es el cuadro que más tiempo le ha costado, pero para Ayon ese no es problema. Él disfruta y valora el proceso de hacer arte tanto como el resultado final. Es por esto que ahora busca compartir ese proceso en el Cuarto del Rescate del Café La Máquina, del cual Ayon es actual curador: «Quiero que la gente interactúe con cómo el cuadro llegó ahí. Por medios tecnológicos o viendo los bocetos, que se vea el proceso de la obra, no solo un cuadro colgado».

Para Ayon, parir un cuadro es como parir gelatina. «No duele», dice. «No siento nada y el sabor es buenazo». Él acepta que el mundo de la pintura es conflictivo, pero también espera sacar la etiqueta sufrida y suicida del artista infeliz. Pero entiende por qué existe. «Yo era un poco así», dice Ayon, mientras sonríe recordando una entrevista en la que dijo que moriría a los veintisiete. «Pero ahora que lo veo ¿Para qué? Si tengo tantas cosas que hacer. Vivir es mejor».

Desde chico, Kenny Ayon fue un rebelde. Prueba de ello es uno de sus tatuajes en el brazo derecho, que tiene desde que tenía trece años. «Mi viejo es ultra hippie y mi mamá todo el día escucha rock», dice Ayon. «Entonces siempre he tenido esa onda de poder expresarme como he querido». Pero el artista buscaba poder martirizarse de alguna forma. «No tenía castigos de padres. No había algo que me haga sentir estúpido. Entonces grafitteaba las galerías. Me hice una etiqueta de rebelde pero luego me di cuenta que nada que ver».

Hoy, Kenny Ayon ya no se ensimisma como antes. Se ha abierto a que todo puede pasar y existir. «He sido demasiado cerrado por mucho tiempo. Por eso me creía que todo era conflictivo y que todo era triste y el suicidio… y luego lo vi de afuera y dije oye, qué floro te estás creyendo». Ayon es un artista que no es de ningún bando. Que quiere verlo todo, sentirlo todo.

Kenny Ayon espera seguir asombrándose. Parece haber recobrado una inocencia que tal vez nunca tuvo. Lee la Biblia, el Corán, y otros libros antiguos porque ama el lenguaje pomposo con el que fueron escritos, y siente que un cambio importante se acerca. «Todo eso del apocalipsis, no creo que sea así con flamas y terremotos. Creo que va a ser más bien algo divertido. Como si de pronto nos diéramos cuenta que todo lo que conocemos ya no se va a necesitar», dice, mientras le da otra calada al cigarrillo. «Me atrevo a aceptar el cambio porque quiero ver el futuro, ver qué va a pasar con todo eso. No quiero perdérmelo».