Vik Muniz no quiere aburrirse

Por Pablo Panizo / Fotos de Alonso Molina
El famoso artista brasileño ha llegado ansioso al Perú. Con sus exhibiciones le sucede lo mismo que con su trabajo: le cansa lo predecible y le apasiona la exploración de nuevos caminos. No conoce a los limeños, y, de primera mano, los limeños no lo conocen: esas incertidumbres le permiten sentirse vivo.
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Si dependiese únicamente de él, Vik Muniz cambiaría la decoración de su casa todo el tiempo. Así lo hacía hasta que su esposa, la artista visual Janaina Tschäpe, le pidió parar con los rediseños. Sí ha logrado, en cambio, que en las paredes del hogar de la pareja no cuelgue ninguna de las obras del artista brasileño mejor cotizado: las suyas. «Las he visto muchas, muchas, muchas veces», explica Muniz. Con más de dos décadas de trabajo, a sus 52 años algunos de sus trabajos ya no le saben igual. «El efecto se hace cada vez más pequeño. Mis obras se van sedimentado».

En un primer momento fue él mismo quien organizaba la disposición de las piezas en sus exposiciones, pero se aburrió de saber qué le esperaría cruzando la puerta. Durante quince años delegó ese trabajo a su asistente, aunque hoy vuelve a sentir que ya sabe qué encontrará. «Le digo que estamos haciendo las cosas muy parecidas, y la idea de sorprenderte con tu obra se hace muy difícil».

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Frente a la prensa que ha llegado al Museo de Arte Contemporáneo [MAC] para conversar con él, sin embargo, no parece desanimado. No lo está. Vik Muniz cree que el arte existe en ese momento en el que un sujeto se acerca a un trabajo artístico, y sabe que en Lima son nuevos los ojos que ven su retrospectiva, Más acá de la imagen, una exposición que ha visitado Estados Unidos, Brasil, Canadá, México y Colombia, y que el MAC ha considerado como la más importante exposición de su primer año de funcionamiento. La sensación de no saber cómo reaccionará un nuevo público es –confiesa– una emoción que le permite «sentirse vivo».

Vik Muniz, el muchacho que nació en Sao Paulo en 1961, que fue pobre; que fue baleado en la pierna por defender a un desconocido; que despertó del coma tres días más tarde y vio a su agresor junto a él, pidiéndole perdón; que recibió una jugosa compensación económica por los daños y cruzó el Atlántico en un avión; que limpió depósitos de carne y empujó carritos en un supermercado de Nueva York; que se hizo artista en medio de la precariedad; el hombre influenciado por la corriente artística americana y europea de la década de los sesenta y de los setenta, pero que se reconoce como un hombre brasileño con la percepción de un hombre brasileño; el artista que tiene 158 exhibiciones individuales, pero que quiere alejarse de «las bellas artes y sus restricciones»; que cree que los mayores críticos son los niños; que desconfía de quienes miran el arte con seriedad y confía en quienes logran, como él, divertirse con el arte; ese hombre, la eminencia del arte brasileño contemporáneo, ha llegado a Lima ansioso por conocer al público que desconoce.

Vik Muniz concibe el arte como una forma de corromper los métodos. Los caminos seguros le incomodan, le aburren. «Si sabes hacia dónde vas, ya has estado ahí. Todo el arte relevante se basa en una práctica de empirismo, de algo que no sabes en qué va a acabar»

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La rueda de prensa ha terminado y Vik Muniz tiene solo unos minutos para hablar a solas con cada periodista. El vuelo lo ha dejado cansado, pero el café que acaba de tomar le ha sentado bien. Habla sin parar y gesticula mucho, e intenta expresar con las manos lo que mastica en castellano. «Imágenes como las de la serie Magazines son más complejas. Con una de ellas sí podría vivir, porque siempre tienen una cosa nueva», dice, y señala con la palma extendida el gran salón donde se exhiben sus fotografías. A lo largo de toda su carrera, el artista brasileño ha jugado a demostrar que toda imagen –pinturas, collages, fotografías, en fin, toda imagen– es una ilusión. Si se levanta la mirada hacia donde marca su mano, a lo lejos se ve una tosca y potente reproducción de Verano en la ciudad, la famosa pintura de Edward Hopper. De cerca, una explosión de información escapa al camuflaje: la pintura, como todas las fotografías de la serie MAGAZINES, ha sido recreada a partir de miles de recortes de revistas. No importa cuántas horas se las mire, siempre habrá algo por descubrir. Incluso para él. Vik sonríe y mueve la cabeza hacia adelante, espera un momento y la mueve hacia atrás, e imita al espectador de una obra de arte. «Se apartan y ven la imagen, la idea. Se acercan y ven el material».

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Alguna vez le preguntaron por qué retrató al Che Guevara con frejoles. «¡Porque tenía…! –dice entre risas–. ¡Porque tenía una lata de frijoles!». El brasileño concibe el arte como una forma de corromper los métodos, como una negociación entre necesidad y posibilidad. Tenía una lata de frejoles y tenía la necesidad de crear. No necesitó más para comenzar a trabajar. Muniz es un amante de lo nuevo, un explorador suelto en tierras vírgenes. Lima es una incógnita para él, y eso lo atrapa. Los caminos seguros le incomodan, le causan letargo, le aburren. Antes, el fracaso y volver a empezar. Intenta dejarlo claro, pero no le es fácil en un idioma ajeno. Mira al suelo y cierra el puño, mientras busca en su cabeza las palabras correctas. No las encuentra y, a riesgo de no decirlo con propiedad, lo dice en inglés. «Si sabes hacia dónde vas, ya has estado ahí. Todo el arte relevante se basa en una práctica de empirismo, de algo que no sabes en qué va a acabar».