Víctor quiere irse a Marte

Por Pablo Panizo / Fotos de Santiago Barco
El proyecto Mars One descartó al 99,5% de sus postulantes para una expedición a Marte. El cohete solo hará el trayecto de ida: la organización asegura que es posible llegar, pero no regresar. El peruano Víctor Román está entre los preclasificados y quiere ser el primer ser humano en colonizar otro planeta.
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Si logra viajar a Marte en abril del 2022, la cuarentena que se impone a los astronautas impedirá a Víctor Román despedirse de su familia. Para ese entonces tendría 39 años. La nave partiría envuelta en fuego desde algún gran descampado del planeta Tierra, trazaría una gran estela en el cielo y se haría cada vez más pequeña, hasta desaparecer de la vista. En la calle la gente aplaudiría amontonada en los escaparates de cada tienda, emocionada con la transmisión en vivo del reality que promete colonizar Marte con mártires de la humanidad. Hasta diciembre del año pasado, Román peleaba su boleto de viaje junto con otras 200 mil personas, pero ahora son él y 1.057 más quienes se mantienen en competencia por ser uno de los cuatro elegidos para un proyecto que ha dividido a los hombres de ciencia entre los que lo creen posible y los que descartan sus chances. Su padre es escéptico, su hermana intenta bromear con el tema, pero a su madre, pensar en esa posibilidad, la hace sufrir.

—Es como si te fueras a morir —le dijo.
—No es así. Voy a estar allá, que es distinto.
—Pero no vas a regresar, que es lo mismo.
—Hay cosas mucho más importantes que la vida personal, y esta es una de ellas.

Lo mismo pensó el holandés Bas Lansdorp, director de Mars One, cuando cayó en la cuenta de que no existía tecnología suficiente para regresar de Marte. «Tengo una solución muy simple: ¿por qué no olvidar la misión de regreso, quedarse, explorar este planeta y, en lugar de traer gente de regreso, enviar a más gente allá y crear una verdadera comunidad humana?» El auditorio estalló en carcajadas. ¿Quién querría viajar a Marte sin regreso? Víctor Román quiere. El viaje lo mantendría en una cápsula espacial durante siete meses, en gravedad cero. Una vez en el Planeta Rojo, la fuerza de gravedad sería la tercera parte de la que soportamos en la Tierra. Para ese entonces habría perdido tanta masa ósea y muscular que reingresar a la atmósfera terrestre lo mataría. «O, al menos, me dejaría discapacitado», explica con una sonrisa. Le causa gracia ver las reacciones de la gente cada vez que dice que se va para no volver, que quiere ser parte del primer grupo de humanos colonizadores de ese lejano planeta, un lugar donde la temperatura promedio es de 50 grados bajo cero, el agua debe obtenerse calentando tierra del suelo, el aire debe procesarse para ser respirable y la Tierra es apenas un punto brillante en el horizonte.

De niño Víctor devoraba las enciclopedias de su abuelo. Leía sobre los planetas, la Vía Láctea y otras galaxias, y soñaba con conocer el espacio. Con los años, su afición por el universo creció hasta convertirse en una obsesión que hoy bien vale la pena el viaje sin retorno. «Obviamente es un sacrificio, pero también tiene lo otro: vamos, voy a conocer otro planeta, ¿qué tan seguido se da?» De un tiempo a esta parte, Víctor corre y nada con regularidad, no fuma, bebe solo ocasionalmente y controla sus comidas. La siguiente etapa son los exámenes médicos y psicológicos, pruebas que este traductor piurano radicado en Lima confía en superar sin problemas. Tiene visión perfecta y no sufre problemas cardíacos. Su única preocupación es un ligero dolor en el tobillo, que, bien tratado, debería superar sin problemas.

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El viaje es tecnológicamente posible, según Lansdorp y científicos como el Nobel de Física teórica Gerard’t Hooft, quien ha advertido los peligros a que se enfrentarán los viajeros –el mayor de los cuales será la exposición a una radiación que supera los márgenes a que han sido expuestos los humanos—, pero cree en la viabilidad del proyecto. Obsesionado por estudiar cada detalle del plan de viaje, Víctor Román está convencido de que el hombre está listo para llegar a Marte. «Es el momento para esta misión. La tecnología existe, el problema es la plata», dice. El programa pretende enviar un segundo grupo en el 2024, y luego un nuevo grupo cada año; pero solo para el primer viaje se necesitan seis mil millones de dólares. La idea es conseguirlos mediante el más grande show televisivo de la historia, un reality a cargo del productor de Big Brother, Paul Römer, que registre el proyecto desde los entrenamientos, que empezarán en el 2015. Para llegar a esta etapa, donde realmente comienza la acción, Víctor deberá superar la entrevista posterior a los exámenes médicos. De hacerlo, convivirá con un hombre y dos mujeres en un desierto que simule las extremas condiciones marcianas, sembrando plantas para alimentarse, procesando su propio aire y habitando unas pequeñas cápsulas que, en Marte, lo protegerían de la extrema radiación.

Su vida en el desierto podría extenderse hasta por siete años, un lapso que es corto si se lo compara con las largas décadas que pasará en el solitario Planeta Rojo. Para muchos de sus amigos, lo que pretende es una locura, pero escucharlo hablar permite suponer que anda bien de la cabeza. Lo de Víctor Román con Marte es una obsesión por renovar la fe en la humanidad. «La civilización necesita algo positivo con qué entusiasmarse», afirma Lansdorp, y él opina igual. Mientras la generación de sus padres vio al hombre llegar a la Luna, la suya vio dos aviones estrellarse contra dos torres. Se siente responsable por su tiempo, y cree que un viaje como este cambiaría los paradigmas de una civilización que no logra acabar con sus peores taras. «Vivimos en una roca chiquita. El universo es tan inmenso que las diferencias de ideología, de raza o de sexo no tienen sentido».

Paradójicamente, Víctor Román quiere irse de este mundo para cambiarlo, y está dispuesto a vivir en la mayor de las soledades, acompañado únicamente por tres compañeros y exponiendo su vida a millones de personas. Víctor estaría privado incluso del sexo: el desarrollo de un feto en un ambiente como el marciano es una incógnita absoluta para la ciencia, y el nacimiento de un bebé pondría a la tripulación frente a uno de los más grandes dilemas éticos de nuestra civilización, una situación que el piurano no piensa vivir. «No puedes traer a un ser humano a un ambiente para el que no está diseñado. Él no lo eligió. Yo sí lo elegí». Obligar a un bebé a crecer en Marte sería una crueldad, una vida que nadie merecería, un destino que, a pesar del miedo, Víctor Román ansía.