Javier Corcuera

Viajar escuchar contar

Escribe: Piero Peirano / Fotos Fernando Criollo
El director Javier Corcuera, ganador de un premio Goya, viajó por el Perú para conocer las historias de sus músicos y sus cantos populares. Lo que encontró en ese recorrido fue las piezas musicales de Sigo siendo, un nuevo documental que acaba de presentar en el Festival de Cine de Lima, pero también la historia de un país oculto y sus tradiciones. ¿Puede reconocerse un país por sus canciones?
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Roni Wano es una mujer shipiba, cuyo nombre se traduce como ‘la madre del agua’. Vive en la selva peruana y canta. Le canta a las aves y a un lago en el bosque. Su voz es intensa y resuena como una plegaria que nunca se apaga. Es un canto que proviene del alma de la naturaleza y que Roni y sus ancestros solo conocen: un lugar en que los sonidos conviven con los hombres y donde la vida puede ocultarse detrás de un silbido.

Ese lugar misterioso que Roni recorre desde niña fue visitado por Javier Corcuera, el reconocido documentalista peruano que vive en Madrid, ganador de múltiples premios en festivales de España; un hombre de voz calmada que creó un festival cinematográfico en los campos de refugiados saharauis, en medio del desierto del Sahara, y luego una escuela de cine –que funciona ya hace dos años– para que ellos contaran sus historias, porque era importante conocerlas.

Ahora, en esta tarde invernal de agosto, Corcuera está en Lima y luce tranquilo, con jeans y un polo que dice «somos música», que lo hacen ver relajado; aunque esconde algo: le preocupa un poco la calidad con la que apareció el tráiler de su nuevo documental SIGO SIENDO [KACHKARINAQMI] en un programa de televisión.

Estamos en un pequeño set de grabación de La mula producciones, uno de los productores del filme, y le pregunta a un muchacho por el tráiler, sin darle demasiada importancia a su respuesta. Corcuera sigue tranquilo. Y está así por varias razones: por su nuevo filme, porque volvió a rodar con parte del staff con el que trabaja desde hace más de diez años [que contó con más peruanos en esta ocasión], porque el proceso de conocer las historias detrás de los personajes de SIGO SIENDO ha sido enriquecedor, dice.

Pero su tranquilidad quizá se deba también a una razón extra. Al inicio de la conversación, Javier Corcuera recuerda su premiado documental LA ESPALDA DEL MUNDO [2000] y pronto habla de cómo el futuro de algunos de sus personajes puede cambiar y ser mejor. Como el de Thomas Miller, ese hombre que estaba condenado a muerte, en Texas, y que después de la película, gracias a una campaña internacional, logró anular su sentencia y tener un nuevo juicio.

–¿Cómo encuentras un personaje para lo que quieres contar?

–Tienes que ser muy paciente y buscar mucho –explica Corcuera, quizá tratando de hallar en este instante a alguno de sus personajes, entre recuerdos–. Deben ser buenos narradores y funcionar con la cámara.

Deben tener una voz. A ello se debe que en la etapa de preproducción de sus trabajos haya un proceso de investigación durante algunas semanas o meses para seleccionar a los personajes. «Una película que se sostiene con los personajes no se puede equivocar en su elección», comenta. Y eso se nota en sus documentales, donde todo surge con naturalidad y los personajes no se intimidan ante la cámara, hablando con libertad. Le hablan a Corcuera. Le dicen que tienen una historia para contar.

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SIGO SIENDO tomó tres años y medio desde el primer día que comenzó a trabajarse. Al verla podría pensarse que su realización duró más tiempo, pues sus escenas están cargadas de imágenes hermosas, que nos cuentan los múltiples viajes y paisajes por los que transitan los personajes, y también de una fotografía cuidada que transmite buenas sensaciones.

En el documental, Corcuera consigue un retrato coral de las historias de los viejos maestros de la música peruana y hace, junto a ellos, un viaje musical por el Perú. Como dice: «Es una película de historias de vida y coinciden en que todos son músicos». Pero también es una película de lugares: de la belleza cotidiana de una ciudad de sombras como Lima, de las tradiciones de El Carmen –ese pueblito alegre a las afueras de la capital–, o de los matices naturales de la sierra y la selva.

Pero no todo en la película es tan hermoso. No todos sonríen, porque la vida no siempre es sonreír. Al ayacuchano Andrés Chimango Lares, uno de los personajes del documental, su abuela lo crió desde que tenía un año, cuando su madre murió. Él regresa a la casa familiar a buscar sus recuerdos, casi todos guardados en una pequeña cajita que conservó su abuela. Los únicos que quedan de su infancia.

Ahora, su vieja casa en Ayacucho está vacía. Su abuela, en el cielo. Y Andrés vive en Lima, trabajando de heladero, tocándole a veces al mar. Le toca melodías que le gustan y son hermosas como las voces de Susana Baca y Magali Solier, que también aparecen en el documental con canciones que parecen un refugio o una voz familiar que yacía oculta, y que ahora regresa. Porque de eso se trata SIGO SIENDO, de un viaje de retorno, de reconocerse, de volver.

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Las emociones surgen naturalmente en SIGO SIENDO. La película toca y Corcuera siente que su trabajo merece la pena. Ha hecho la película que quería hacer y, más que tranquilidad, lo que siente es satisfacción. El documental ha sido también una forma de viaje para él, un viaje de regreso para ese país que dejó atrás. Un buen reencuentro. Y después de haber presentado la cinta en el Festival de Cine de Lima, en agosto, partirá hacia España, al Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde será su estreno mundial.

Sus recuerdos de aquel festival europeo son buenos. Allí ganó el Premio de la Crítica Internacional con LA ESPALDA DEL MUNDO [que produjo el español Elías Querejeta], que coescribió con el director Fernando León de Aranoa, con quien estudió en la Universidad Complutense de Madrid y conversa de cine desde 1986, tiempo en que se volvieron amigos.

Entonces Corcuera tenía apenas dieciocho años, había llegado a España y soñaba con hacer películas de ficción. Sin embargo, la vida le mostró otro camino y él lo siguió. «Yo caí en el mundo del documental sin pretenderlo. Ahora estoy fascinado y enamorado del género».
Por esa razón, al hablar de sus documentales piensa no solo en las historias que guarda, sino en las que descubrirá. Y dice que tal vez ruede su siguiente película en los campos de refugiados saharauis. Quiere hacer la película que llegó para filmar y nunca filmó. Pero, quién sabe, las historias son como un llamado para Javier Corcuera, como un impulso. Son pura intuición. Y solo llegan.