Una peleadora sin cuentas pendientes

Por Abraham Taipe / Foto de Augusto Escribens
A sus veintiséis años, Linda Lecca es la campeona de boxeo más joven de la historia del Perú. No tuvo una infancia marcada por los problemas económicos ni familiares; ni tampoco un novio que la haya maltratado y exacerbado sus ánimos. Se inició en este deporte por simple placer adolescente. Los expertos dicen que tiene mínimo cinco años más de carrera y que podría obtener los títulos que quiera. ¿Por qué quiere golpear una mujer sin demonios sobre la espalda?
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Cuando recibió el cinturón de campeona, Linda Lecca no se derrumbó en el piso; tampoco lloró. Mientras recibía el título mundial en la categoría supermosca de la Asociación Mundial de Boxeo [AMB], el pasado 31 de mayo, Linda sonreía nerviosamente cuando las cámaras de televisión quisieron formar parte de la escenografía. «Estoy nerviosa», dijo a los reporteros. Luego tomó una bandera peruana y la enseñó a todo el público que fue a verla. Recibió decenas de abrazos y se marchó.

«No soy muy expresiva, me cuesta serlo», dirá unos meses más tarde en La Bombonera del Estadio Nacional, donde toda aspirante nacional entrena para imitarla. Y no miente.

En abril del 2012 obtuvo el campeonato sudamericano de boxeo en la categoría supergallo frente a la argentina Mayra Gómez. El trámite de la pelea quedará para la anécdota, pero no el final. En el momento cumbre, cuando alzan su brazo para decirle que es la ganadora, Linda no hace ningún gesto. Cero sonrisas. Como si hubiera acabado de entrenar. «Qué iba a hacer. Le gané a la boxeadora local. Estaba solo con mi entrenador y mi papá», se defiende.

Hay quienes dicen que no parece una boxeadora. Si uno la ve por la calle con sus lentes de monturas rosadas, blue jeans, zapatillas y una mochila en la espalda, creerá que es una jovencita que sale de clases. Un periodista que la entrevistó le dijo: «no tienes cara de mala; no das miedo». Ella le respondió con su mejor sonrisa.

—¿Por qué peleas? —le pregunto.
—Porque me gusta —responde mientras sonríe de nuevo.

La sinceridad de Linda es brutal. Hay boxeadores peruanos que luchan contra su pasado cargado de tristeza, como Kina Malpartida, quien quedó devastada y vulnerable tras la muerte de su padre; y otros para escapar del sombrío presente, como Jonathan Maicelo, un chalaco que tuvo que usar los puños para no caer en los vicios tan frecuentes de su barrio. La historia de Linda es diametralmente opuesta. «Tuve una infancia feliz. Mi familia es humilde, pero nunca nos faltó nada», aclara.

¿Entonces por qué se sube a un ring una chica de cara bonita que puede salir desfigurada? Una jovencita sin deudas con el pasado, sin cuentas que saldar. Una chica sentimental en su círculo más cerrado, capaz de llorar si ve la película TITANIC y que intenta responder a todas las personas que le escriben en su cuenta de Facebook.

Hay una imagen que la boxeadora no suele olvidar: su padre y abuelo trenzándose a golpes en la sala de su casa en la ciudad de Cartavio, en La Libertad. Ella tenía siete años, pero entendió rápidamente de qué se trataba. Sucedía que padre y abuelo eran aficionados al boxeo, incluso el segundo había hecho peleas amateurs cuando era joven. «Los dos se ponían los guantes y los cabezales, y yo los veía. Me divertía». Así, la pequeña Linda se dio cuenta de que no era una riña familiar, sino un pasatiempo, un deporte.

Luego, cuando se mudaron a la ciudad argentina de Buenos Aires a inicios de los noventa, la pequeña empezó a conocer a otros peleadores gracias a la magia de la televisión. Junto con su papá vio los combates de Óscar de la Hoya y Laila Alí, la hija del mítico Cassius Clay. Con todos esos antecedentes, a los doce años pidió a su padre un regalo inusual: unos guantes de boxeo. A pesar de la queja de su madre, el deseo se cumplió. No solo le obsequiaron los guantes, sino también el saco para que tirara los puñetazos.

Cuando tenía quince años, decidió experimentar más en este deporte. Fue a un gimnasio del barrio La Once a probarse, y dada su buena pegada le dijeron que mejor se dirija a la Federación Argentina de Boxeo.

Linda dice que, a diferencia del Perú, en Argentina el boxeo femenino tiene mucho más público. «Allá hay 16 campeonas mundiales. La exigencia es muy alta, pero siempre quise obtener el campeonato en mi país».

LECCA

Lo cierto es que tras obtener el campeonato sudamericano visitó nuestro país en el 2012. Aquí ya había dos campeones mundiales: Kina Malpartida y Alberto ‘Chiquito’ Rossel. Ella tenía la seguridad de que se uniría a ese selecto grupo. «Kina me ganó por unos añitos», dice, y ríe por tercera vez.

Mientras estaba con sus padres en Trujillo, consiguió el número de Jorge Bartra, un conocido mánager de boxeadores locales, y le pidió que la observe y, de ser posible, que le organice una pelea. Fue un amigo del mánager quien la recomendó. «Decidí darle la oportunidad y no me equivoqué», explica. «Es una ganadora, es disciplinada, humilde y, sobre todo, no escoge a sus rivales».

El periodista deportivo Juan Carlos Ortecho dice que por su tamaño [mide 1.56 cm] la estrategia de Linda es ir al cuerpo a cuerpo. «No tiene el tamaño de Kina ni sus brazos largos, pero va bien al ataque. Lo mejor de todo es que ha peleado en otras categorías, y eso puede servirle para más adelante».

Ambos coinciden en que la carrera de la Princesa Inca, como la han bautizado los periodistas deportivos, tiene para rato: entre cinco y diez años. Con una Kina Malpartida al borde del retiro, Linda Lecca parece ser la única carta del boxeo nacional femenino, y ella también lo sabe.

El próximo treinta de agosto defenderá su título mundial en el Perú. ¿Qué vendrá después? La búsqueda de más títulos. Por ejemplo, el del Consejo Mundial de Boxeo [CMB] o aspirar a otras categorías: gallo, supergallo.

Linda Lecca no tiene la necesidad de golpear. Su deseo es estudiar una carrera universitaria, como la Administración de Empresas, y alejarse lentamente del boxeo; ese pasatiempo que rebalsó su existencia y que hoy la mantiene ocupada.