Una diseñadora que no ama los escotes

Escribe: Rebeca Vaisman / Fotos: Macarena Tabja
Después de una estadía de cuatro años estudiando diseño de modas en Milán, Nicole Niego regresa a Lima para lanzar una marca prêt-à-porter con nombre propio. No cree en las siluetas apretadas ni en los escotes, pero no teme estar overdressed. Está convencida de que la chicabuena y la chicamala pueden convivir con elegancia en un mismo vestido.
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Al teléfono su voz es grave, seria. Advierte que no hace fotos en biquini. «No queremos nada de eso, Nicole», le dicen para tranquilizarla. Ella se relaja: si es así, está dispuesta a hacer las fotos que se necesiten. Quizá su regreso a Lima, hace un año, continúe siendo un proceso emocionalmente largo. Quizá aún deba acostumbrarse a vivir nuevamente con sus padres, a la rutina, a la idiosincrasia limeña. Quizá aún reflexione sobre sus siguientes pasos. Pero Nicole Niego tiene ciertas cosas claras. Todo aquello que no le gusta.

Su voz, en persona, sigue siendo grave. Nicole –veintiséis años, un metro ochenta de estatura– lleva jeans de un rojo oscuro, una chompa de hilo y tacos que la alejan aún más. «A diferencia de la mayoría de chicas, yo no uso tacos cuando salgo a juerguear. Los uso en el día a día, hasta para un almuerzo familiar», dice mientras se arregla el pelo suelto, abundante, lindísimo. Nicole Niego regresó en el 2012 luego de pasar cuatro años en Milán: tres de ellos estudiando diseño de moda en el prestigioso Instituto Marangoni, y el último buscando trabajo y consiguiendo pasantías con Vivienne Westwood y Diane von Furstenberg, dos leyendas de la industria. Nicole dejó Lima al terminar la carrera de diseño en Ceam [Centro de Altos Estudios de la Moda], pero decidió empezar nuevamente.

Cuando llegó a Milán, en el otoño europeo de 2008, no conocía a nadie. La capital mundial de la moda no se caracteriza por su calidez ni su amabilidad: la Italia appassionata se encuentra de Roma hacia el sur. Mientras se acostumbraba a su nueva casa, al frío y a las caminatas para tomar el metro, Nicole se apareció muchas veces en buzo –«casi en pijama»– en sus clases. No entendía cómo podía toparse con gente «tan producida», tan temprano en la mañana. Poco a poco fue sintiéndose más cómoda. «Te provocaba vestirte linda, y aprendí más de los hombres que de las mujeres. Me decía: ¿cómo puede ser que este chico esté más lindo que yo?», admite, mientras ríe. «También aprendí de las chicas asiáticas: su nivel de atención al detalle era una locura. Al final, o te encanta ese mundo o no lo aguantas». Pero a Nicole le encantó. No era raro verla recorrer Milán llevando vestido y tacos montada en su bicicleta.

Cuestión de elegancia

No era la primera vez que se aventuraba sola en otro continente. A los diecisiete años y recién salida del colegio León Pinelo, viajó a Israel para hacer hajshará, programa que permite a hijos de la colonia judía de distintas partes del mundo experimentar aquello que en sus colegios o casas les enseñaron. Nicole se quedó seis meses viajando de ciudad en ciudad. Apenas volvió a Lima se matriculó en Ceam. Sus padres lograron retenerla los tres años que duró la carrera, luego se graduó en julio. En octubre ya estaba con las maletas listas para irse a Italia.

Las maletas. «Vacié mi clóset. Quería llevarme todo lo que en Lima no me podía poner», cuenta Nicole. ¿Cuán extravagante era aquello que no le era posible usar? «Un vestido de coctel que aquí se quedaba esperando al siguiente evento», pone como ejemplo. «En cambio yo sabía que en Milán me lo iba a poder poner un martes y sin ningún motivo porque sí».

Lima es una ciudad que limita. Nicole lo sabía al irse. Lo entiende aún más al regresar. Tiene ciertas reglas tácitas respecto a la apariencia, que responden a los círculos determinados en los que alguien se mueve. Tiene también cierta tendencia a querer uniformizar. «Aquí la mayoría de chicas que quieren algo de Valentino se compran un little black dress. O si se compran unas botas de Etro, van a ser las botas marrones», reflexiona la diseñadora. «Desde que me fui hay más tiendas en Lima, pero la gente es conservadora, y compra lo que piensa que podrá usar muchas veces». Ese freno mental, para Nicole, contradice el despliegue arrollador que ha encontrado en las calles: «En Lima hay un boom en moda y arte. En plásticas, en todo tipo de diseño, en música. Hay espacios que han cambiado, que tienen una nota relajada, de gente siendo quien quiere ser».

Un estilo propio

La tesis con la que Niego se graduó en Marangoni se llamó PACHAMANCA. Hacerla le tomó un año, y se valió de distintas formas, texturas y colores con el fin de crear algo que ella considerase nuevo. Al final del curso fue una de los pocos alumnos invitados, entre los cien que se graduaban, a mostrar sus trabajos en una pasarela. Tras un año en Lima, en el que trabajó durante unos meses con la diseñadora Ana María Guiulfo, Nicole siente que es el momento de lanzar su marca propia. Lo hará en el verano del 2014 y llevará su nombre.

Su estilo es difícil de definir: tiene algo de niña buena, dulce: ‘su lado Disney’ –dice–, pero tiene también algo de niña mala, y mucho interés en elementos étnicos. ¿Qué se puede esperar de Nicole Niego? «Te puedo decir lo que no vas a encontrar», dice Nicole, mientras se incorpora en el sofá frunciendo el ceño: «Odio la licra y esos vestiditos que están de moda con huecos por todos lados; no los quiero ver más. En verano aprovecha para estar todo el día en biquini, pero en las noches puedes estar igual de linda y sexi sin tener tantos escotes. Esto es algo que me molesta desde que regresé», dice seria, aunque luego se ríe. Recordó algo: «En la última Semana de la Moda de Lima, muchas chicas jóvenes se aparecieron con ese look. Yo pensaba: puede que te veas mamacita, pero ese vestido póntelo para ir a una discoteca».Cuando Nicole se ríe, su voz no suena tan grave.