Una colección de guerra busca hogar

Escribe: César Ochoa / Fotos de Marco Garro
Óscar Ferreyra guarda en el sótano de su casa más de doscientas armas de la Guerra con Chile y unas cinco mil piezas pequeñas de ese conflicto, entre monedas, estampillas, balas y botones. Su colección ya no cabe en su refugio y está empeñado en buscarles un museo.
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El hombre es alto, de pelo cano, gafas de carey y voz gruesa. Vive en una apacible casa de La Planicie junto a su esposa, y no pasaría de ser un hombre feliz de 69 años que a menudo saca a pasear a sus perros, si no fuera porque en el sótano de su casa guarda la mayor colección de objetos de la Guerra del Pacífico que ningún otro hombre jamás ha logrado reunir.

Todo empezó a inicios de los noventa, cuando él y sus dos hijos exploraban el Morro Solar de Chorrillos, escenario de la Batalla de San Juan de 1881. Un amigo les había aconsejado probar allí un viejo detector de metales que tenían. Estaban revisando el terreno, cuando de pronto la alarma del aparato sonó. De entre la arena, desenterraron dos viejos cartuchos, pequeños trozos de plomo que eran parte de historia de aquel enfrentamiento donde los peruanos defendieron Lima hasta sucumbir a manos del ejército chileno.

Al investigar sobre las piezas, Ferreyra advirtió que había un gran vacío en los libros de historia, pues las referencias a ese conflicto eran pobres e imprecisas. Gracias a una curiosidad indesmayable por ese periodo, lo que comenzó con dos cartuchos hoy consta de una colección tan amplia como increíble, pues entre sus rarezas se encuentra hasta el pie momificado de un soldado peruano.

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Un cañón Krupp chileno de dos toneladas da la bienvenida a todo aquel que ingresa a los dominios de Óscar Ferreyra, un ex ingeniero pesquero convertido en arqueólogo autodidacta. Sobre su jardín reposan varias bombas de embarcaciones peruanas como si fueran balas gigantescas, la antesala de lo que espera más abajo. Ferreyra no se considera un coleccionista en el sentido estricto, pues no solo ha dedicado casi los últimos treinta años de su vida a comprar, desenterrar y recibir piezas como donación, sino que ha fundado, junto a su esposa, Marie Von Oven, el Instituto de Estudios Históricos del Pacífico [INEHPA], una ONG que reúne a arqueólogos e investigadores en torno a la Guerra del Guano y el Salitre, como prefieren llamar a ese conflicto. Con ellos ha investigado campos de batalla, publicado libros y descubierto más de una reliquia, como los restos del famoso ‘soldado desconocido’ que hoy reposa en una cripta de la Plaza Bolívar como homenaje a los caídos nacionales.

A juzgar por el arsenal subterráneo de Ferreyra –un concierto de sables, rifles, espadas, balas y demás piezas que no dejan espacio libre en las paredes–, alguien podría imaginarse que se trata de un hombre obsesionado con un ánimo de revancha o poseído por un desbordado espíritu nacionalista. Pero no. Ferreyra y su esposa han desarrollado a lo largo de los años métodos profesionales de excavación y de estudios que los han convertido, quizá, en las personas que pueden hablar con mayor objetividad de la guerra que enfrentó a Perú, Bolivia y Chile entre 1879 y 1883.

No importa qué objeto se señale, este coleccionista sabrá recitar casi de memoria todos los datos que se han podido recopilar de la pieza: en qué batalla se usó, a quién le pertenecía, qué tecnología empleaba. Aquí destaca un platillo del menaje del monitor Huáscar, así como un reloj de su tripulación y los cubiertos que podría haber usado Miguel Grau. Su esposa, en tanto, es la especialista en los temas más humanos de la guerra: qué pensaban los soldados, qué sentían, como se vivían las batallas, los días previos, el patriotismo, qué papel jugaban las mujeres. Sumados ambos conocimientos han logrado develar grandes conclusiones. «Sí, perdimos la guerra. Pero una cosa es perder y otra es cómo pierdes. Los peruanos lo dieron todo. No hay por qué agachar la cabeza», dice Óscar Ferreyra mientras coge un fusil peruano, hace el ademán de cargarlo por el cañon, apunta y aprieta el gatillo. Explica que el alcance de esta arma del ejército peruano disparaba tres tiros por minuto y tenía un alcance de cuatrocientos metros. «Ahora compáralo con esta», dice Óscar, sujetando un fusil retrocarga chileno, un Remington Rolling Block de más de 1200 metros de alcance y de doce tiros por minuto. De eso se trata su trabajo, de decir verdades gracias a los descubrimientos que le permiten realizar sus piezas. Ahora sabemos que los soldados peruanos que pelearon en esa guerra, necesitaban hasta cuatro fusiles para neutralizar uno chileno.

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«Todas las guerras son incomprensibles, caras y muy malas», dijo Benjamin Franklin. La colección de Óscar Ferreyra es tan extensa, que es posible investigar cada aspecto de la guerra. Una colilla de cigarrillo, un juego de naipes, uniformes o incluso un botón pueden decir mucho. Ferreyra tiene prendas de los chinos coolies [inmigrantes que llegaron al país para trabajar en islas guaneras] con típicos botones del país sureño, «lo cual confirma que parte de los chinos se plegaron, o los obligaron a plegarse, al ejército enemigo», apunta Ferreyra.

Su esposa Marie, irónicamente, es chilena de nacimiento, pero toda su vida vivió en Perú, y defiende la tesis de su esposo: que fue la guerra de conquista de Chile, un país quebrado que buscaba recursos a como dé lugar.

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Desde hace unos años, están habilitando la sala de exposición permanente de la colección, y han reconstruido la casa que la familia tenía en San Isidro. Pero el proyecto está en stand by porque se les ha acabado el dinero y no pueden comprar las vitrinas. Con el lema, Un museo busca casa, la familia se encuentra buscando apoyo hacer realidad un museo capaz de exponer para todo el mundo la colección. Una vez, un millonario chileno envió a un emisario con un cheque en blanco, dispuesto a comprar toda la colección. Pero Óscar Ferreyra rechazó la oferta. «¿Qué haga con dinero y sin mi colección? ¿Para qué querría yo plata», le dijo encogiendose de hombros. Bajo unos metros del suelo limeño, en tanto, miles de piezas de una época oscura esperan ver la luz.