Un peluquero cambia de look al destino

Por César Becerra / Fotos de Santiago Barco
Francesco Giaquinta es un estilista italiano de veintiséis años que, junto con su padre, llegó al Perú para poner en marcha Senza Frontiera, un proyecto de desarrollo social que brinda educación a personas que no pueden pagarla.
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La historia de Francesco Giaquinta comienza en Florencia. En la ciudad donde el arte nació de nuevo y rebanó de un tijeretazo a la Edad Media, su papá Salvatore tuvo la idea de viajar a Sudamérica no solo para cortar cabello, sino también para realizar labores de responsabilidad social. Salvatore, estilista y mejor conocido como Sal, quería enseñar a otros lo que él sabía. En Florencia lo había hecho durante tres décadas en una escuela para estilistas. Uno de sus sueños era, y lo es todavía, capacitar a personas que no cuentan con los recursos suficientes para costear una carrera. Anhelaba darles herramientas intelectuales –las tijeras y las secadoras de pelo se consiguen luego– para que se valgan por sí mismos y crezcan como seres humanos. La vieja máxima «No te doy pescado, te enseño a pescar», pero con protagonistas que hacen arte con el cabello. Un educador nato. Francesco, que a los diecisiete años ya había decidido dedicarse a la misma profesión que su padre, no dudó en acompañarlo a la aventura. Viajaron durante un año. Visitaron Brasil, Bolivia y México, pero se sintieron más cómodos en Lima. Les pareció un buen lugar para vivir. «En verano es una ciudad linda. La gente es muy buena onda, se come bien, hay buen clima. Tiene mar, que para mí es básico», apunta Francesco. Pero lo más importante fue que era una ciudad ideal para arrancar con Senza Frontiera, el nombre del proyecto social que los hizo abandonar Italia. Papá Salvatore fue el primero en instalarse en el 2011. A los tres meses se unió Francesco. En marzo del 2012 abrieron una escuela en Nievería, Huachipa, localidad ubicada en el distrito de Lurigancho-Chosica. Se aliaron con una ONG y empezaron las clases con treinta estudiantes. «Se veían muy tímidos en las primeras clases, asustados creo. Entre ellos casi no hablaban», recuerda Francesco. Dice que no podían conversar normalmente. Por un momento le pareció un obstáculo normal, sobre todo porque ambos eran personas desconocidas, extranjeros y que aún no hablaban bien el castellano.

«Pero seguimos insistiendo», dice Francesco. La confianza, entonces, se fue ganando poco a poco. Durante meses él y su padre dedicaron tres días a la semana al proyecto. Se turnaban: uno dictaba en la mañana, otro en la tarde. Finalmente, ese mismo año, salió la primera promoción de estilistas. «Al final todos eran amigos. Esa fue la satisfacción más grande para mí; más que capacitarlos». Hoy tres chicas de ese grupo tienen sus propias peluquerías y colaboran con el proyecto de los Giaquinta.

Durante meses Francesco y su padre dedicaron tres días a la semana a su proyecto social en Huachipa. Uno dictaba en la mañana, otro en la tarde, preparando a la primera promoción de estilistas. Hoy tres chicas de ese grupo tienen sus propias peluquerías

Tiempo después dejaron de recibir el apoyo de la ONG. Sin embargo siguieron con el proyecto por sí mismos. Encontraron un lugar propicio para el proyecto: Jicamarca, una zona muy pobre ubicada al este de la ciudad de Lima. En este verano trabajarán dos veces por semana, seis horas cada día. El público objetivo se ha ajustado un poco en términos de edad. «En la primera experiencia tuvimos alumnos de 14 y 15 años hasta de 37 y 38. Ahora, en Jicamarca, la edad mínima es de 20 años».

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Salvatore y Francesco, padre e hijo, son dos estilistas con una manera de trabajar ligeramente underground. No están en el centro de belleza convencional, por ejemplo. No pagan por afiches ni comerciales de televisión. Atienden, previa cita, en un cómodo y colorido departamento ubicado en Barranco; a pocos minutos del mar si uno va a pie. «Mi papá y yo hemos salido en algunos medios últimamente, pero al principio nuestra mejor publicidad fue simplemente trabajar». Francesco precisa que la labor que hacen con cada cliente es altamente personalizada. Cada sesión dura una hora en promedio. En ese lapso, el estilista hace un diagnóstico en función de la morfología del cráneo, tipo de cabello, tono de piel, personalidad y otros factores. Ciencia e intuición. La propuesta obtenida tras el análisis se comenta al cliente con persuasión y retórica, con la intimidad de un buen amigo que te brinda el consejo más conveniente mediante la forma apropiada.

Francesco asegura atender a todo tipo de personas. Desde chicas de colegio hasta abuelas. A hombres, cómo no. «Me aburriría si tuviera un solo tipo de público. Me gusta que la gente que ve a nuestros clientes se pregunte «¿de dónde salió esto?» y que quiera un servicio así». No es casual que Francesco y su padre, con armas de marketing basadas en el marketing boca a boca, se estén volviendo cada vez más pedidos.