Un niño problema es el fenómeno del skate

Por Pablo Panizo / Fotos de Santiago Barco
Cuando era un bebé, a Gonzalo Morales le prescribieron anfetaminas para tratar su hiperactividad. Sus padres se negaron a medicar a su hijo y buscaron alguna alternativa en la que él pueda canalizar su energía. Y no tuvieron éxito hasta que le regalaron su primer skate. Ahora, con seis años, Gonzalo se desliza sobre el concreto como nunca vimos a un niño hacerlo.
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Para cuando llegaron al Hospital de la Solidaridad de Lince, Aldo Morales y Marcia Núñez ya estaban cansados de ver doctores. Hasta ese momento, habían consultado a cincuenta. De todas formas entraron al consultorio del pediatra y le explicaron el caso nuevamente. El niño solo se quedaba tranquilo cuando estaba fuera de la casa, chillaba mientras tomaba leche de su madre y no descansaba ni de día ni de noche; sumando sus pestañeadas quizá dormía una o dos horas. El pediatra les señaló la puerta frente a la suya. «Yo no tengo nada que hacer acá, vayan a donde mi colega», dijo, mientras cambiaba el papel de la consulta: Neurología. A Gonzalo Morales, de siete meses de nacido, le dieron doble dosis de medicina para que se durmiera, y le pegaron chupones a la cabeza. El diagnóstico: hiperactividad. Demasiado alta para un niño de su edad; se recomendaba medicarlo con anfetaminas. «No tuvimos mucho que conversar porque los dos estábamos de acuerdo en no dárselas. El problema no era que sea así, sino saber por qué era así», recuerda Aldo, su padre. Desde ese momento decidieron que no ganarían comodidad sacrificando la vitalidad de Gonzalo. Lo prometieron. «Si no va a afectar a su desarrollo no hay problema. No dormiremos, pues».

Han mantenido su palabra durante cinco años. Gonzalo Morales, Gonzo, es ahora un niño menudito, pequeño para sus seis años, heredero de un problema de estrabismo evidente en el efecto lupa de sus lentes, pero por todo lo demás sano y muy fuerte. «Siempre tiene moretones, pero nunca se queja. Yo le he contado hasta ocho en una pierna», dice Marcia, su madre. Aldo sale de casa antes que su hijo despierte y regresa al final de la tarde. Gonzalo lo espera listo, come algo y salen rumbo al skatepark. Puede ser a Mirones, a La Calera, al Converse de San Borja, al de San Miguel, al que Gonzalo tenga en la cabeza.

Sin saberlo, el día que le compraron su primer skate, el de su tercer cumpleaños, sus padres estaban comprando la medicina que nadie les había recetado para la hiperactividad, la única que resulta efectiva en Gonzalo. «¿Que qué pasa si no monta en tres días?», Aldo repite la pregunta mientras se ríe. Mira a Marcia y sonríen cómplices. «Eso no puede pasar. No puede pasar ni un día, pues sería un loquerío». La única vez que tuvo que permanecer en cama tenía dos años y le había picado una araña. Tenía el pie muy hinchado y los médicos lo internaron. Al día siguiente, Aldo tuvo que llevárselo; incluso con una pelota en el pie no paraba de molestar a los niños saltando en las camas vecinas. En casa puede ser incontrolable: salta encima de los muebles y las camas, corretea por todos lados contando hasta mil, monta skate en el cuarto. Así que Aldo llega y salen por unas horas. Muchas veces Aldo lleva su cámara de video y hace unas tomas. De esas recopilaciones han surgido los videos que han hecho de Gonzalo un fenómeno de YouTube, donde su último video tiene más de 300 mil vistas de todo el mundo, y en los 2 mil comentarios la gente se divide entre la absoluta admiración y la crítica a que le permitan montar sin protección.

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Los fines de semana puede montar ocho horas sin parar. Mientras sus amigos van abandonando el skatepark, Gonzo se queda, obsesionado con un tubo sobre el que quiere resbalar o una plataforma que quiere saltar con algún truco de nombre extraño. Hace pocas semanas saltó ocho escalones en Mirones y rompió su récord en escaleras. Gonzo compite contra niños de once años y gana siempre. Solo perdió un campeonato, contra chicos de hasta catorce, y se molestó tanto, que mientras lo premiaban como subcampeón renegaba. «Oye, tú no has debido meterte en esta categoría», reclamaba.

Gonzalo es tan talentoso como renegón. En el skatepark lo que más se escucha es su voz agudísima, dando órdenes a diestra y siniestra. No le gusta que nadie esté alrededor cuando va a lanzarse a la poza, y pobre del que se le cruce. Pero a pesar de que grite y persiga a los mayores para tirarles su skate, es el engreído de todos. Nadie ha visto nunca a alguien con tanta destreza y tanta audacia para montar. Marcia solo se ríe cuando desde la tribuna lo ve persiguiendo a chicos que le llevan cuatro cabezas. «A pesar de todo es un niño, lo fastidian y él les quiere pegar puñetazos. Gonzo monta con ellos como grande y ellos juegan con él como niños», dice ella.

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En el skatepark de Converse, donde Gonzalo monta hoy, nadie usa protección. Todos le doblan la edad, pero él parece no haberse enterado. Si pensase en ello no estaría parado al filo de la poza principal acomodándose los lentes y listo para lanzarse al vacío. Ya ha ganado campeonatos en este skatepark, pero hasta diciembre pasado no se había mandado los tres metros y medio de esta poza, la más grande del país. La gente escucha sus gritos y sale de en medio. Gonzalo pisa la lija a la altura de las llantas delanteras y por un momento está suspendido en el aire, de cabeza, hasta que las llantas tocan el cemento y él se desliza a toda velocidad. «Lo que me gusta es que vuelo un poquito antes de caer», dice emocionado. «Mira», grita al vuelo, camino a la poza. Puede caerse mil veces hasta que logre lo que se ha propuesto, pero una vez que lo logra es muy difícil que falle. Se lanza de nuevo, llega hasta el final de la poza y golpea los puños de quienes lo felicitan. Con una felicidad de oreja a oreja se dispone a recorrer de nuevo la poza, pero esta vez algo sale mal: bajando una de las paredes es atropellado por un skater mayor y cae de cabeza al piso.

«¡Mierda!», grita Aldo, mientras se desliza por la pared y corre hacia él. El golpe ha sido fuerte y seco. Tiene un poco de sangre en la cabeza, una hinchazón debajo del labio, y el pómulo y la frente raspados. Gonzo llora durante diez segundos, y cuando llega cargado hasta su mamá la abraza fuerte. A pesar de todo es un niño, es verdad, pero un niño que cinco minutos más tarde, cuando lo molestan con que se parece a Harry Potter, se olvida del golpe y coge su skate para volver a la rampa.