Un mecenas para el peor director

Por Pablo Panizo / Fotografías de Augusto Escribens
Huanchaco prepara una película que dirigirá quien para muchos es el peor cineasta del país: Leonidas Zegarra. ¿Por qué el director más vapuleado del Perú se ha convertido en el referente de uno de los artistas más talentosos de la escena limeña?
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En un cajón de Fernando Gutiérrez ‘Huanchaco’ están los muñecos de juguete que le regalaron sus padres: la princesa Leia, Aquaman, Robin… puro superhéroe segundón. Los de Superman, Batman y Han Solo fueron a parar a las manos de su mellizo, como consuelo por sus constantes enfermedades y premio por sus excelentes notas. En casa de los Gutiérrez hay una foto de fin de año escolar que recuerda la enfrentada fortuna de los hermanos: sobre su mellizo cuelga una medalla de excelencia académica; sobre la camisa de Huanchaco, un pin de los Thundercats.

En venganza, Huanchaco creó a Superchaco, su álter ego, un superhéroe chicha inmerso en un mundo barroco de productos bamba. En los cómics de Superchaco, todo era exageración y desorden; un universo parecido al de la Lima que conoció de niño, cuando llegó de Trujillo: bullicioso, caótico, extremo. Las ventanas estaban forradas con X de tape, para prevenir las bombas senderistas, y la calle sonaba al rugido de miles de carros Volkswagen. «Era como un condensado. Había tanto detalle que no podías ver nada», recuerda el artista. En ese condensado de detalles creció, y en medio de ese laberinto estaba el centro de Lima, donde iba para tomarse unas cervezas y comprar materiales de trabajo [estudió arte en la PUCP y, para reivindicar su pasado académico, se graduó como el primero de su promoción].

En esas idas y vueltas conoció las películas de Leonidas Zegarra, considerado el peor director que ha dado a luz este país. Sus películas –algunos han sugerido llamarlas simplemente videos– quedan en el recuerdo de sus espectadores no solo por lo precario de su producción [si ‘precario’ no es un eufemismo], sino también por sus tramas extremadamente bizarras. Huanchaco recuerda escenas como la de un hombre al que le disparan y en la toma siguiente bebe un jarabe para la tos, o la de una puerta que se abre, y, súbitamente, se pasa de la noche al día.

En la primera película de Zegarra que vio, Una chica buena de la vida mala, Susy Díaz se llama Estrella hasta que se encuentra con Melcochita, quien extrañamente la llama Susy, y en adelante su personaje responde al nombre de Susan. Huanchaco salió maravillado del cine porno en el que Zegarra había logrado proyectarla. «Era delirante», recuerda. El artista descubrió en el cineasta a un director propio de la Lima desbordada por la migración, del mundo chicha que tanto lo había estimulado en su trabajo.

Eso fue en 1999. En adelante Huanchaco intentó hablar con él más de una vez.

Zegarra siempre se negó.

Horas de lucha

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Leonidas Zegarra no creía que un estudiante de la PUCP pudiese estar interesado en un director que los críticos calificaban como el ‘Ed Wood peruano’, por decir lo menos. «A Zegarra no lo salva ni el esnobismo compasivo de quienes quieran bautizarlo como el Ed Wood nacional, o sea, nuestro mediocre emblemático», escribió la revista Caretas en el 2001. Para algunos es malísimo sin atenuantes; para otros es tan malo que resulta interesante. Pero para Huanchaco, Leonidas Zegarra se convirtió en un «gran mentor». «Tiene escenas tan faltas de presupuesto que terminan reflejando a Lima mejor que una película producida», asegura. Estaba realmente interesado en su trabajo, y se lo demostró hace cuatro años, cuando presentó un homenaje al director en la sede de la Cancillería, con una exposición que incluyó una retrospectiva de su cine y una estatua en fibra de vidrio con acabados de color bronce.

La estatua de Zegarra recorrió las calles a modo de procesión, rodeada por humo de palosanto. Si en una sala de la Cancillería se homenajeaba a Vargas Llosa, al lado se hacía lo mismo con el cineasta más discutido del país. «Fue paja porque se convirtió en una cosa oficial», dice Huanchaco.

El creador de Superchaco, literalmente, enterró el traje de su superhéroe un año atrás, en la frontera entre el Perú y Chile, y desde entonces vive obsesionado con Zegarra. Trabaja en la creación de su casa museo en Trujillo, donde ambos nacieron, y tiene otro proyecto en ciernes: le ha propuesto rodar una película basada en Horas de lucha, el libro que recopila discursos de Manuel González Prada. Para lograr el financiamiento, Huanchaco trabaja una serie de cuadros a manera de storyboard para la película, e incluye en ellos a los personajes del libro. Pinta cada uno en base a las fotografías que él mismo arma, por lo que al hacerlo también define la utilería de cada personaje, y con ello alivia un problema más en cuanto al siempre limitado presupuesto de las producciones de Zegarra.

Huanchaco recuerda una escena de 300 Millas en busca de mamá [Zegarra, 2008], en la que en una comisaría se encuentran tres policías. Uno lleva la gorra del uniforme, otro la camisa y el último, solo el pantalón. «Es la falta de presupuesto», sospecha Huanchaco. No en vano el ‘peor cineasta peruano’ ha tenido que vender llantas usadas en la frontera entre el Perú y Bolivia para financiar sus películas [exiliado del circuito cinematográfico nacional, incluso ha optado por exhibir sus cintas en Bolivia].

Hay en el extraño espíritu combativo de Zegarra algo que atrapa a Huanchaco al margen de su cine, y con este proyecto espera explorar más allá. En el plató, el artista se ha planteado registrar al detalle su trabajo. Qué hará con lo que encuentre es algo que probablemente nadie sabe, ni siquiera él. Lo que sí está claro es que, para suerte o desgracia de los espectadores, Huanchaco ha logrado dar cierta visibilidad a Leonidas Zegarra, y si todo sale bien (¿o mal?) el ‘Ed Wood peruano’ rodará una nueva película. ¿Qué podemos esperar de ella? Por mucho tiempo no hubo una pregunta más difícil.
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