Un humano más electrónico de lo normal

Por Carlos Marroquín
Electricidad como energía. Así es como se podría definir a Gustavo Cerati si lo analizamos detenidamente. Un artista que dentro de su cuerpo solo respiraba sonidos, como si realmente fuera hijo de una onda en movimiento. Como si hubiera fluido dentro de un mundo paralelo, en donde los sentidos se mezclaban con la ternura de sus poros.
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Era un artista distinto que tuvo la ventaja de ser muy curioso; de no descansar hasta llegar, de ser posible, a la última hoja del tallo más alto para encontrar un sonido perplejo, nuevo, único. Su vanguardismo no conoció límites. Siempre buscó estar un paso por delante del resto, a costa de conocer y enfrentar todos los riesgos que viven camuflados en el camino. A veces no fue comprendido y dejó más de una duda; incluso el más cercano de sus fanáticos se preguntó qué es lo que quería decir. ¿Metáfora? Ni él lo sabía, simplemente se disfrazó de un acertijo musical que cabalgaba por el universo de las emociones, de tus propias emociones. De las mías.

Los que supieron interiorizarlo dentro del alma, se pudieron dar cuenta de que su voz bailaba sensual y sistemáticamente con las descargas musicales que despedía su aura. Era como un puente: se podía conectar a la perfección con el sonido que despedía su guitarra. La misma Mercedes Sosa lo alabó en el 2010, mientras grababan juntos una versión del emblemático tema que el cantautor le compuso a su madre, Zona de Promesas. «Gustavo, vos tenés una voz particular; quiero decir con esto que es única, que brilla con luz propia», le dijo. Ese mismo año la cantante falleció y, meses después, Cerati entraría en un coma irreversible.

Admirarlo y vivir a su lado, sin que él lo supiera, ha sido el regalo más grande que todo fanático pudo haber recibido. Son años en los que tanto su obra con Soda Stereo como su etapa de solista se han acomodado a las necesidades que exigen las historias del día a día. Porque, eso sí, las letras de Cerati siempre tuvieron una respuesta para cualquier cuestionamiento. Como si realmente fueran un hervidero de palabras.

Nada más queda. Solo agradecer todo el esfuerzo voluntario que compartió con las personas que lo entendieron, y también con los que nunca lo hicieron. Sin pedírselo, él fue parte de uno mismo. Gracias, Gustavo, por esperar, por prepararnos cuatro años para entender que ya era hora de partir.

Gustavo Cerati no está más en la Tierra. Ahora es un ángel eléctrico, como a él le hubiera gustado. Un nuevo acorde, una nueva rima, un nuevo desafío… y quizás adivine miles de intenciones.

¿Qué nos queda? Solo decir adiós y crecer.

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