Un hombre de palabra

Luis Lama

Escribe: Rebeca Vaisman / Foto: Marco Garro
Creció en República Dominicana pero forjó su identidad en el Perú. Estudió Economía y Cine, pero se convirtió en el principal crítico de arte del medio local. Ha sido el director de la Bienal de Lima, y el fundador de la Escuela Corriente Alterna. A lo largo de su vida, Luis Lama ha ganado tantos espacios, como los ha perdido. Y nunca ha dejado de decir lo que piensa.
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Es un día de finales de noviembre. Hacia las once de la mañana, un sol que es casi de verano calienta Surco. Es un día que empezó, para Luis Lama, frente a la computadora, en que comparte en su cuenta de Facebook su más reciente columna de arte en la revista Caretas, sobre la estatua de José Tola y los vecinos que no la quieren. Es también el día en que cumple 72 años. Él, sin embargo, no ha dicho nada al respecto. Y no lo hará hasta el final de la entrevista. «Es que quería que nadie se enterara», explicará, mientras se ríe. Y ese día, Alicia Cabieses abre la puerta de su casa. Artista plástica y curadora, esposa del crítico de arte, nos conduce con una sonrisa a la sala. Luis Lama aparece casi al instante: camina con cierta dificultad, pero no lleva el bastón que lo ha acompañado desde que se rompió la rótula hace más de un año. Está de buen humor, como corresponde al día soleado. Y tiene ganas de hablar.

Comenta lo que ocurre en Miraflores con Tola. La coordinación para montar la gran estatua en el parque del Malecón Cisneros la hizo Lama, cuando aún era director de la sala Luis Miró Quesada Garland. «Me parece positivo que el arte tenga la capacidad de despertar indignación», dice Lama, mientras se acomoda en uno de los sillones de su sala. «Lo que no entiendo es por qué nadie protestó cuando inauguraron el Parque del Amor, que es horroroso. O cuando pusieron ese torito de Pucará en el Parque Kennedy. Te aseguro que si se montaba un porongo gigante la gente hubiera estado feliz. Cuando se trata de una obra de arte se queja porque no está acostumbrada. ¿Por qué los vecinos de Miraflores no protestan por la avenida Larco que está malograda? ¿Por qué no se ocupan de lo que realmente afecta sus vidas». A Lucho Lama le gusta hablar. Y le gusta decir lo que piensa, aunque haya quienes lo juzgan por eso.

Iras santas

«Indeseable es una palabra curiosa», reflexiona J. M. Coetzee en su libro CONTRA LA CENSURA. «Desde luego no significa ‘que no se puede desear’. Al contrario, lo que el censor trata de refrenar es el entusiasmo por los libros, las imágenes, o las ideas sometidas a escrutinio. En su vocabulario, indeseable significa ‘que no se debería desear’ o incluso ‘que no está permitido desear’». Luis Lama conoce la indignación que una imagen, que una idea pueden ocasionar en la gente. Sobre todo, a su alrededor.

A fines del 2012, la muestra de la artista Cristina Planas despertó la ira de un fragmento de la comunidad católica local, debido a sus esculturas de santos y de Cristo desnudo. La exposición tuvo lugar en la Sala Luis Miro Quesada Garland, de la que Lama era director. «Soy muy respetuoso de las creencias ajenas, y cuando vi la escultura de Jesús desnudo, ni se me ocurrió que podía ser ofensiva», afirma Luis, mientras recuerda aquel incidente que terminó con su destitución. «¡Pero venían viejas a tomar fotos al pene de Cristo para luego hacer la denuncia!».

Está acostumbrado a la controversia. Desde 1980 Lama escribe una columna de crítica de arte en Caretas que le ha ganado, hasta hoy, más de un encontrón. «Tengo un grave problema: mi falta de noción de lo que es el pecado», reflexiona Lama. «Hay cosas que mucha gente en esta sociedad considera mal que yo no, y tiendo a meterme en problemas». Sin embargo, Lama sigue creyendo que fueron las ambiciones reeleccionistas de Jorge Muñoz, el alcalde de Miraflores, lo que alejaron de la galería de ese distrito. Pero reconoce que su relación con Muñoz no estaba en las mejores condiciones desde la muestra anterior, VIGILAR Y CASTIGAR, un recorrido por las censuras en el arte peruano. «Pero te digo una cosa: estoy orgulloso de haber puesto esa muestra. La censura siempre ha sido una de mis obsesiones. Es de lo más terrible que puede haber», sentencia. Para él siempre valdrá la pena hablar en voz alta.

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Libertad expresiva

Hoy, día de su cumpleaños, es también un aniversario más de la muerte de las Mirabal, aquellas hermanas asesinadas por el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Las Mirabal, que nunca se callaron, que nunca se escondieron, son las heroínas del crítico peruano.

Luis Lama nació en la República Dominicana. Su padre tenía una finca de café en la frontera con Haití. «Las empleadas de la finca eran haitianas: yo me escapaba con ellas a los rituales y veía cómo se les metía el diablo en el cuerpo. Lo recuerdo todo; es inolvidable», cuenta. Su padre pertenecía a un grupo de oposición al feroz régimen de Trujillo, y se convirtió en objetivo de una dictadura acostumbrada a silenciar por las malas. De este modo, a los trece años, Luis Lama llegó a Perú, donde la familia tenía parientes, descendientes de árabes que habían emigrado hacía décadas. Lima, a mediados de los cincuenta, era una ciudad europea. Así la recuerda Lama: el orden, las flores, la arquitectura señorial. Pero cuando mataron a Trujillo, toda la familia volvió a República Dominicana. Lama tenía veintitrés años, y ya estaba estudiando en la Universidad de Lima, Economía primero y Cine después. La gente en República Dominicana le preguntaba si era la primera vez que visitaba el país. Avanzaba entre los bosques centroamericanos, y no hacía más que pensar en el desierto peruano. Se regresó a Lima solo, se hizo peruano, y se quedó.

Entonces llegó Juan Velasco Alvarado. Y luego, el golpe de Estado de Morales Bermúdez. «Pensé: no puedo vivir en una dictadura, y menos militar», explica Lama. Por ese entonces ya estaba casado con Alicia Cabieses, y ya habían nacido sus tres hijos. «No quería que mis hijos pasen por lo que yo pasé en mi infancia. Así que nos fuimos todos a República Dominicana, una vez más». Sería la última.

Durante los años que permanecieron allá, entre 1977 y 1980, Lama viajaba tres veces al año a Perú. Finalmente, Alicia decidió volver definitivamente a Lima. «Es que yo no me adaptaba. Soy peruano porque quiero», dice Lama.

Los adioses

Lama fue director de la Bienal de Arte de Lima. Durante sus tres ediciones internacionales y tres nacionales, casi cinco millones de personas se pasearon entre las obras de cientos de artistas, y las casonas del centro de Lima. «Y entonces vino Castañeda y la eliminó, solo porque la había impulsado Alberto Andrade. Y ya está. La voz de los artistas no tiene fuerza, pesa más la voz de los que tienen el poder económico», sostiene Lama. No es la única vez que ha debido despedirse de un espacio ganado.

El sueño de su vida —cuenta— fue fundar una escuela de arte. Lama diseñó el proyecto e invitó a George Gruenberg y a Carlos Llosa a participar como socios. Corriente Alterna se fundó en 1992. Giancarlo Vítor, Jaime Higa, Jorge Cabieses, Alice Wagner y Patricia Villanueva son solo algunos de los artistas egresados de la institución. «Viví intensamente ese periodo», dice Lama. En el 2010, el directorio consideró necesario dar una nueva visión a la escuela. Lucho Lama se vio en la obligación de retirarse. «Me dolió en el alma porque Corriente Alterna era mi vida. Pero yo tengo la costumbre de no lamentar lo pasado. ¿Qué guardo de la escuela? Los alumnos que me tocó educar. No era el espacio lo que me importaba, sino la gente. Mis alumnos ya se fueron. Ya nada me ata a Corriente Alterna».

Hoy, Luis Lama ha vuelto a la enseñanza. Dicta un curso de Arte en la Facultad de Arquitectura de la UPC. «A mis alumnos los quiero como a mis hijos», afirma. «Al final creo que yo recibo más de ellos que lo que les doy».

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Los afectos

Luis Lama y Alicia Cabieses se casaron en 1967. «Cuando yo era joven no creía en el amor; creía en el sexo y la atracción», explica Lama. «Y hoy no concibo mi vida sin Alicia. Hoy sé que el amor se construye, que es dependencia y entrega. Los años me han dado la convicción de la existencia del amor». Y si Alicia es el centro de su vida, Diego, su hijo menor, el artista, es su debilidad. Luis Lama lamenta que quizás el medio fue más duro con él por ser su hijo. Pero Diego Lama no quiere pensar en esas dificultades. Quiere pensar en las tardes de su infancia en que su padre le llevaba a museos, a galerías. Fue gracias a su padre que descubrió el arte. Y aunque prefiere que Luis mantenga distancia durante el proceso de creación de una nueva obra, luego agradece su presencia. «La opinión de mi padre me interesa muchísimo», dice Diego. Él llegará más tarde a la celebración del cumpleaños de su padre.

Luis Lama ha tenido que aprender a ser paciente. «Alicia siempre me mantuvo fuera de su taller», recuerda. «De ella aprendí a esperar que me pregunten por mi opinión». Aunque, pensándolo bien, agrega: «Excepto en mi columna. Ahí escribo lo que quiero».