Un café para ayudar

Historias para un cambio

Por María Alejandra López / Fotos de Augusto Escribens
Vanessa Vásquez no es una comensal más cuando ingresa en un café. Es la directora de Café Pendiente Perú: una movida filantrópica en la que personas pagan anticipadamente un alimento o una bebida para alguien sin recursos económicos.
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El primer beneficiario de Café Pendiente fue Miguel Segovia, un hombre que vive en el Callao y trabaja limpiando carros en Barranco para mantener a sus sobrinos. Vanessa Vásquez, una publicista de 34 años, pagó ese primer vale. Buscaba a alguien a quien poder ayudar, y encontró a un señor limpiando carros fuera de un restaurante. «Le pregunté si quería un café y una hamburguesa. Me miró asustado, no me entendía», recuerda Vanessa. En ese momento le explicó en qué consistía la movida y lo acompañó al restaurante. Ambos conversaron con el aroma de un café de por medio. «Eso es lo que más me gusta, que las personas interactúen con otras y salgan de su burbuja», agrega. Para ella compartir con el beneficiario hace que el sistema sea aún más valioso.

Café Pendiente, un movimiento por el cual, en restaurantes afiliados a la causa, pueden comprar un vale por el monto del producto que desee y donarlo a otra persona, llegó a Lima luego de que Vanessa regresara a la ciudad después de un viaje que le cambiaría la vida. Fue durante un viaje a Tailandia. Una septicemia atacó a la publicista. Sola, al otro lado del mundo, se valió de la caridad de extraños, quienes consiguieron que Vanessa pudiese tratarse en cada destino que tuvo que cruzar hasta llegar a Lima: Tailandia, China, Nueva York y Miami. «No estaba acostumbrada a ese tipo de solidaridad», dice. «Ahí me di cuenta de que había personas que ayudaban de verdad».

Hoy Vanessa Vásquez dedica su tiempo a que Café Pendiente se popularice entre más establecimientos, colaboradores y beneficiarios. El café es relativo; se pueden pagar anticipadamente otros alimentos. «Vimos que la gente podía adquirir menús y también regalarlos. En realidad puede dar dulces, helados, tés, lo que prefieran», dice Vanessa. La movida que trajo el año pasado a nuestro país se originó en Nápoles, Italia, hace seis años. En Lima los cafés Las Vecinas Ecobar, La Matilda y La Pastelera fueron los puntos de partida de este movimiento. Ahora, más de cuarenta establecimientos, entre Lima y provincias, están afiliados al trabajo de Café Pendiente. «Lo importante es ayudar a personas que estén cerca del local», dice Vanessa. «Dar importancia a los limpiadores de carros, vendedores ambulantes, o barrenderos».

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Ha sido un año intenso. Vanessa –dice ella– está cansada, pero feliz. Desde el año pasado, ella también dirige Juguete Pendiente, un movimiento que busca ayudar a niños que se encuentran en albergues, construyendo bibliotecas y donando juguetes. Para Vanessa, lo más importante de ambos movimientos es crear un cambio en las futuras generaciones, y concientizarlas con las carencias sociales. Ella tiene una idea fija: haz algo por alguien. Esa es la simple idea detrás del movimiento y la manera que encuentra Vanessa para ayudar.