Todo árbol tiene una historia que contar

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Santiago Barco
Desde hace dos años, el programa Árbol Guardián rescata árboles antes de que sean talados a causa del boom inmobiliario. Un equipo joven, liderado por Antonio Cilloníz y Ana Rosa Benavides, han encontrado un nuevo hogar para una veintena de árboles rescatados en Surco. El objetivo no solo es preservarlos, sino conservar las historias detrás de ellos: amores, días de niñez y juegos.
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Cuando Antonio Cilloníz era un niño, solía pasar sus vacaciones de verano en Chincha. Allí, su familia tenía una chacra extensa y repleta de árboles que habían sido plantados por sus abuelos décadas atrás. Cada vez que el pequeño llegaba, quedaba impresionado con los cedros de más de cuatro metros de altura que se erguían en la entrada y que parecían darle la bienvenida. Hasta que un día, el niño escuchó de algo llamado proceso de Reforma Agraria, y al poco tiempo tuvo que ver cómo esos colosos árboles eran cortados para construirse nidos de gallinas y jabas para sus huevos. «Sentí que me arranchaban un pedazo de mi historia», dice Antonio.

Esta mañana de fines de enero, Antonio Cilloníz ha llegado a lo que queda de la casa de la familia De la Piedra, a pocos metros del Óvalo Monitor de Surco. Viste una camisa blanca y una gorrita que lo protege del sol. Camina sobre trozos de paredes y maderas, los restos de la casa demolida a inicios de año. «Este molle es el árbol en que uno de los propietarios de esta casa jugaba de niño con su abuela», dice Antonio señalándolo con el dedo, antes de moverse rápidamente a ver otro de los más de veinte árboles que hay en el terreno.

Dentro de unos meses más, la casa de la familia De la Piedra se convertirá en un moderno complejo de oficinas con vista al Golf Los Inkas. Los árboles tienen los días contados. Por eso Antonio y un grupo de personas del equipo de Árbol Guardián, una organización sin fines de lucro del que es uno de sus directores, han llegado hasta aquí para rescatar esos árboles antes de que empiecen las obras.

En la vida de Antonio Cilloníz, la profesión de ser un héroe de los árboles empezó hace más de veinte años, cuando trabajaba como paisajista en obras de construcción y mantenimientos de casas. «Veía que varios ingenieros y arquitectos no construían en función a la naturaleza o los árboles, y preferían sacarlos en vez de integrarlos», recuerda. Un día, Antonio se cansó de ver que los árboles que eran talados se desecharan como basura en cada proyecto y, con la ayuda de un camión contratado, empezó a llevárselos hasta una casa que tenía en Lurín. Casi sin darse cuenta, llegó a acumular cuarenta árboles en su hogar. Entonces, se le ocurrió una idea. «En cada nuevo proyecto que tenía —dice Cilloníz— empecé a preguntarle a los clientes ‘¿te interesaría tener un árbol en casa?’. Algunos no querían, otros aceptaban felices». Así fundó Árbol Guardián, que pertenece a la Asociación Peruana de Permacultura, una ONG que vela por el medio ambiente.

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Cuando la inmobiliaria tocó la puerta de la familia De la Piedra el año pasado, interesados en su gran terreno, la condición que pusieron los propietarios fue tajante: no podrían comenzar a construir nada hasta que no saliera vivo el último árbol de la casa. La familia, que conocía el trabajo de Árbol Guardián, los contactó a inicios de enero.

«Cada árbol, además de ser una vida, tiene algo qué contar, algo qué decir. Siempre que acudimos a un rescate le pido a los propietarios que me relaten una historia que tengan con sus árboles», dice Antonio.

A Anna Frank, por ejemplo, le gustaba asomarse por su ventana y contemplar un viejo castaño durantes los días que estuvo escondida en una casa en Ámsterdam, a salvo de las cuadrillas nazis que exterminaban judíos. A Sebastián de la Piedra, el propietario de la casa derruida, su abuela le enseñó a trepar el molle para llegar hasta el techo de la casa, hace poco más de treinta años.

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«Ella tenía casi sesenta años pero trepaba el árbol más rápido que yo», recuerda Sebastián, y se ríe.

Replantar árboles con más de cincuenta años de edad, que miden más de cuatro metros y sobrepasan las dos toneladas de peso, no es fácil. Se necesita, primero, preparar sus raíces y cortar una por semana. Jamás todas en un mismo día. Luego se poda el follaje para que los árboles no se deshidraten mientras están sin raíces. Y el día del rescate, recién se corta la última raíz. Finalmente, con una grúa se carga el árbol en un camión para que sea llevado hasta el hoyo de tierra donde se plantará. «Cinco meses después, ese árbol botará sus primeras hojas en señal de que ha vuelto a la vida», dice Antonio.

El año pasado, Árbol Guardián rescató entre cuarenta y cincuenta árboles en Lima. Cada rescate demanda una inversión de cuatro mil a diez mil soles, pero una cadena de solidaridad se ha armado alrededor del programa. Mientras algunas personas apadrinan y corren con los gastos completos de un rescate, también están los que donan cincuenta soles o prestan sus palas y herramientas de excavación para el trabajo. Aquí toda ayuda es igual de importante. Hará falta un día más para terminar de trasladar todos los árboles a su último destino. Algunos árboles rescatados irán a la zona de Las Casuarinas a embellecer diferentes casas, otros a un parque en el balneario de Santa Rosa, y así la lista se vuelve interminable.

«Siempre será mejor que los árboles vayan a un sitio donde continúen con vida, para que sigan intactos todos los recuerdos que nos han dado», dice Sebastián de la Piedra con una sonrisa cómplice debajo de su sombrero de paja y de ala ancha. Entonces señala el molle de sus recuerdos. «Cuando lo vuelva a ver —dice Sebastián— podré decir con alegría ‘ese es el árbol de mi abuela que hoy está más vivo que nunca’».