Sube salta vuela

Por Raúl Lescano / Fotos de Luciano Mazzetti
La élite de paracaidistas de Lima se enfrenta a uno de sus mayores retos: aprovechar al máximo las cuatro horas que tendrán en un avión después de un año. Los riesgos de alcanzar 200 kilómetros por hora en una caída de 4 mil metros de altura quedan en segundo plano. ¿Cómo ves el mundo desde el cielo cuando vas en caida libre?
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Ica, 292 kilómetros al sur de Lima. En el Aeródromo de las Dunas, Fernando Gallegos – bigotes y traje negro ceñido al cuerpo– suda ajetreado tratando de organizar al siguiente grupo de paracaidistas que saltará. Un toldo convierte el lugar en un hervidero y las ráfagas de viento son calientes. «Perdón si no te hago caso», advierte al que se le acerca. Nada parece coincidir con lo planeado. El avión se retrasa en alzar vuelo por el peso del combustible, y se ha visto obligado a reducir el número de integrantes de cada grupo. Como presidente de la Asociación Aerodeportiva de Paracaidistas de Lima [Aapal] tiene que tomar en cuenta quiénes ya han saltado, cuántas veces y cómo hacer para que todos tengan la oportunidad de hacerlo. No llegar a lanzarse hoy, cuando han conseguido un avión después de cerca de un año, significa no saber cuándo será la siguiente ocasión.

La actitud de los veinte paracaidistas que han viajado cerca de cinco horas hasta aquí es una mezcla de niños extasiados en Navidad y soldados dispuestos a salir a combate. Todos saben cuánto trabajo significa organizar un día de saltos, y por eso no aceptan que Gallegos se vuelva a quedar en tierra. A él parece perturbarle más que lo estén esperando pero sabe que puede ser la última oportunidad del día para volver a hacerlo. Serán siete. Cinco están forrados con sus trajes ajustados al cuerpo, y dos de ellos, de la vieja guardia, en short, polo y casco. Cuando Juan Ortiz escucha que formará parte del grupo, grita ¡wuju! y salta como un niño emocionado.

En el paracaidismo importa el número de saltos, no el tiempo que lo lleves haciendo. Luciano Mazzetti, modelo, chef, conductor de televisión y el más joven de este grupo de veinte paracaidistas, ha alcanzado los cien saltos viajando seis veces en dos años a Florida, donde pudo saltar hasta ocho veces al día. Alcanzar esa cifra en el Perú le tomaría más de una vida.

Hacer paracaidismo en el país se ha transformado en una burocracia que pocos están dispuestos a soportar. La mayoría de los miembros de la Aapal se formaron durante la primera mitad de los setenta, cuando el gobierno militar subvencionaba los gastos para que los paracaidistas se mantuvieran entrenados. Todo miembro de la asociación es parte también de la reserva de la Fuerza Aérea, y por eso mantenerlos en línea era una inversión coherente. Hoy todos están emocionados porque han conseguido que una empresa privada les alquile una avioneta durante cuatro horas. Cada minuto, cada salida del avión, debe ser aprovechado al máximo. El grupo del primer turno, incluso, salió con la avioneta de Pisco a las ocho de la mañana para así aprovechar el viaje a las Dunas y hacer el primer salto del día.

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«A mí me dan miedo las películas de terror, pero la primera vez que salté me enamoré por completo. Es un miedo rico», dice Luciano con un traje negro ceñido al cuerpo que le permite coger velocidad en la caída a pesar de su delgadez. Luciano aún necesita ayuda para envolver su paracaídas, y su estadística es nimia comparada con los miles de saltos de los más veteranos que lo acompañan, pero todos están seguros de que él es uno de ellos. Como si se tratara de una secta secreta, los paracaidistas dicen reconocerse a primera vista.

Luciano sabe que gente como la que lo rodea hoy es única: Fernando Gallegos, seis récords mundiales, incluido el último récord de formación en caída libre de cuatrocientos paracaidistas; el ecuatoriano Jorge Miclos, el primer iberoamericano que saltó desde el Everest; Juan Ortiz, conocido como el Periodista Aéreo después de haber transmitido para un canal nacional el incendio de una fábrica de llantas desde un parapente; o Edgar Fernández, uno de los pocos hombres en el país con licencia para doblar paracaídas de reserva, y el encargado de probar los equipos de paracaidismo que compra el ejército.

«Son como una élite distinta», dice César Mercado, un fotógrafo que acompaña al grupo en cada una de sus aventuras. César ha saltado solo dos veces como pasajero, y confiesa no tener el coraje para hacerlo solo. «Es como si un gigante te empujara», dice.

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Foto: Augusto Escribens

«En el paracaidismo no hay superhumanos, sino procedimientos», dice Jorge Chavarri, vicepresidente de la asociación, mientras observa cómo el siguiente grupo prepara las maniobras del salto. Después de que los siete suban al avión, solo queda esperar a que las turbinas del Caravan empiecen a retumbar desde los 4 mil metros de altura. El cielo de Ica está cubierto de nubes por el norte y, en degradé, se van desplazando hacia el sur. Durante la caída sentirán diez segundos de vacío. Cuando alcancen unos 200 kilómetros por hora, el cuerpo se adaptará a la velocidad y dejarán de sentir que caen. Ese es el momento más peligroso. Dejar de sentir que caes te da la sensación de tener todo controlado. «No se trata de tener los huevos para salir, sino la tranquilidad para saber qué está pasando», dice uno de ellos, mientras espera su turno a un lado de la pista de aterrizaje. De ahí tendrán entre treinta y cuarenta segundos para realizar las maniobras que han preparado, y cuando cerca de los setecientos metros del suelo abran los paracaídas, en tierra el resto de la asociación y familiares empezarán a relacionar los colores para identificar quién es quién. Ese es el minuto para el que todos han viajado cerca de cinco horas.

Otro grupo que esperaba su turno a un lado de la pista se pone de pie cuando el avión llega nuevamente a la pista. Pero no podrán saltar. Son la una y diez de la tarde. El permiso de vuelo ha caducado. Si pensaban hacer seis saltos cada uno, solo han logrado uno y medio por persona aproximadamente.

«Con esta primera vez ya podemos calcular algunos detalles para saber qué tenemos que mejorar. Desgraciadamente poseemos muchas cosas en contra en el Perú. Al menos hemos saltado», dice Fernando Gallegos delante de los veinte paracaidistas que ya se han desparramado en el suelo para relajarse y celebrar que el largo viaje tuvo segundos de una recompensa intensa.