Stefano el Tatuador

Por Diego Salazar / Fotos de Alonso Mollina
Aprendió a tatuar él solo, ensayo y error, sobre la piel de sus amigos mientras estudiaba diseño gráfico. Hoy Stefano Alcántara es uno de los artistas más cotizados del mundo del tatuaje norteamericano. Tras seis años fuera del Perú, regresa para inaugurar su nuevo y exclusivo estudio en Lima.
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Cuando era niño, Stefano Alcántara quería ser ortodoncista. Llevó brackets durante buena parte de su vida escolar, y, sentado en la silla del dentista, miraba fascinado al tipo que ajustaba un cablecito aquí, un muelle diminuto allá, el tipo que con esa pequeña maquinaria tenía la capacidad de cambiar su aspecto de manera definitiva. Pero el pequeño Stefano se pasaba el día dibujando, odiaba estudiar y solo sacaba buenas notas en Arte, Educación Física y conducta. Así que una carrera larga de Odontología estaba descartada. En lugar de eso ingresó al Instituto Peruano de Publicidad a estudiar Diseño Gráfico. No era el primero en su familia con una vocación artística: su abuelo José Alcántara La Torre había sido un importante ilustrador y pintor en la Lima de principios del siglo XX. De adolescente Stefano soñaba con ser pintor, pero eligió el camino sensato de los estudios publicitarios. Sería la última vez que hacía una concesión al realismo laboral.

Un día, en su primer año de estudios, un compañero de la escuela llevó una revista Tattoo comprada en La Cachina, y la vida de Stefano Alcántara cambió para siempre. Quedó fascinado por los colores, las sombras, la fuerza de la tinta sobre la piel. Como con la ortodoncia que lo fascinó de niño, descubrió otra forma de intervenir el cuerpo de manera permanente. En la revista anunciaban un kit de tatuaje para principiantes. Costaba quinientos dólares. Alcántara convenció a su padre para que le prestara el dinero, con la condición de que no se tatuara. Quebró el trato de inmediato. Antes incluso de que llegara el envío, se tatuó un Jesucristo ‘dark’ que había visto en el brazo del cantante de Sepultura, Max Cavalera. Ese tatuaje ya no existe, lo tapó años después con el dibujo de una máscara de demonio oriental.

Ni bien llegó el kit, Alcántara empezó a tatuar sobre la piel de quien lo dejara. Varios amigos se convirtieron en sus conejillos de Indias. El primer tatuaje que hizo fue una pirañita que la marca Hot Tuna tenía por logo. «Tardé dos horas; hoy no me llevaría más de un minuto», dice sentado en su nuevo estudio frente a la Universidad de Lima, una casa amplia que es a la vez galería, taller y lounge con una barra clásica de bar. Estuvo tres años tatuando amigos mientras terminaba sus estudios de Diseño Gráfico. No cobraba porque el resultado no le satisfacía del todo. «No quedaban feos, pero yo no sabía cuán profundo debía entrar la aguja, a qué velocidad, cuánto tiempo. Así que no me cicatrizaban perfecto». Había aprendido solo, guiándose por los dibujos del manual que acompañaba al kit.

Cuando terminó la carrera, trabajó un tiempo haciendo diseño comercial hasta que se decidió a montar su propio estudio de tatuaje: Stefano’s Tattoo. «Era un lugar chiquito, en La Fontana de Camacho; había una recepción y el cubículo para tatuar. Le puse ese nombre porque era yo y nada más». Por entonces corría el 97, Stefano tenía veinte y cobraba unos cien dólares por tatuaje; hoy no desenfunda la aguja por menos de mil. El negocio fue bien, creció, se mudó a un local mayor, e incluso tuvo otro estudio pequeño dentro del local de una peluquería en San Isidro. En el 2007, un primo que vivía en Florida y también había empezado a tatuar, le propuso abrir una sucursal en Estados Unidos. Alcántara, que desde sus inicios viajaba con frecuencia a ferias y convenciones en territorio norteamericano, se emocionó con la idea, juntó sus ahorros y se fue a buscar locales. Pensó que tardaría tres meses. No regresó al Perú en seis años.

La búsqueda de locales se prolongó más de lo que había pensado, así que solicitó una extensión de visado. Hecho esto pensó que si iba a tener un negocio ahí lo mejor era solicitar la residencia como artista. Y eso hizo. Se la denegaron. Así que volvió a solicitarla. Mientras tanto, encontró el local que quería y montó la tienda en Fort Lauderdale. Llevaba una semana funcionando cuando el ayuntamiento le dijo que había cometido un error y que esa zona no permitía la apertura de un taller de tatuajes. «Justo enfrente había otro, así que supongo que fue una jugada de los dueños que conocían a alguien». El tatuador perdió los treinta mil dólares que había invertido, todos sus ahorros, y, sin más que doscientos en el bolsillo, tenía que decidir si volver al Perú con el rabo entre las piernas o seguir en Estados Unidos. «Decidí quedarme porque aquí era más fácil recuperar el dinero y no quería regresar con la cabeza gacha». Empezó a viajar a convenciones y concursos de tatuadores. En la primera a la que fue, en Filadelfia, se llevó el premio al Mejor Tatuaje del Show. Era una imagen del Doc Brown de VOLVER AL FUTURO.

Siguió ganando concursos y construyendo un nombre gracias a una página web llamada Ink Nation, donde tatuadores de todas partes sometían su trabajo al voto de los visitantes. Mientras ganaba concursos por todo el país y subía sus bonos en los rankings de Ink Nation, Stefano Alcántara tenía un plan. «Si me iba a quedar en Estados Unidos, me quedaría para trabajar con Paul Booth». Booth es la mayor estrella del mundo del tatuaje. En el 2002, la revista Rolling Stone le dedicó un perfil y lo llamó el Rey de los Tatuajes en el Rock. En su estudio de Nueva York, Last Rites, famoso por su ambiente de casa embrujada y la galería de arte dark que alberga, solo trabajan Booth y unos pocos tatuadores fijos, aparte de artistas invitados por temporadas. «Gente de Last Rites había puesto comentarios a mi trabajo en Ink Nation, así que yo sabía que iba por el camino adecuado. Pero eran felicitaciones, ninguna oferta de trabajo». En Halloween el taller de Booth celebra una de las fiestas más conocidas de Nueva York. Stefano Alcántara sabía que tenía que estar ahí.

Era octubre del 2009, el tatuador viajó desde Florida, durmió en el sofá de un amigo y se presentó con un grupo en la fiesta. En la cola del baño alguien se interesó por su trabajo, le pidió una tarjeta y le dijo que hablaría con la directora de la galería de Paul Booth. Para su suerte, la directora salía también del baño, así que se estrecharon la mano, intercambiaron tarjetas y se despidieron. Dos horas después, la directora de la galería se le acercó junto con la manager del estudio. Se presentaron, ambas felicitaron a Alcántara por su trabajo, que habían visto en Ink Nation, y, esa noche, el tatuador peruano se marchó con la oferta de pasar una semana como artista invitado en Last Rites. «Luego de eso, ya puedo volverme al Perú», se dijo.

En su primer día, Paul Booth le dio la bienvenida y le pidió que pasara por su oficina al terminar su turno. «No podía creer que estaba con él. Cuando era chico y empezaba a tatuar en mi casa del Sol de La Molina tenía revistas donde salía él junto a Sepultura, Pantera o Slayer». Booth, un tipo imponente, alto y gordo, con la cabeza rapada y la cara tatuada, una anilla en la nariz y una coleta hasta la cintura, le preguntó si estaba interesado en mudarse a Nueva York y trabajar para él. Alcántara no tuvo mucho que pensar. Cuando terminaron sus cinco días como invitado, volvió a Florida, gastó mil dólares en un coche de segunda, montó sus cosas y embarcó de vuelta a la capital del mundo.

Pasó tres años en Last Rites, cobrando 250 dólares la hora e inscribiendo su nombre entre los tatuadores más reconocidos de Norteamérica. Cuando dejó el trabajo, se embarcó en un tour de seis meses por Estados Unidos al que llamó Se Habla Español y para el que hacía reservas y vendía tickets por adelantado. Ahora, seis años después, ha vuelto al Perú para abrir un estudio exclusivo, que funciona además como galería de arte y residencia para artistas invitados. Convertido en uno de los tatuadores más solicitados de la escena norteamericana, Stefano Alcántara planea ahora dividir su tiempo entre Estados Unidos y el Perú. «Este es mi estudio soñado, el lugar donde tatuaremos yo y los amigos que traiga, a los clientes de aquí y los extranjeros. Lo que quiero ahora es enseñar mi país. Que el estudio sea también una puerta de entrada al Perú». El tatuador que dejó Lima para escribir su nombre en las grandes ligas ha decidido que es hora de traerlas aquí.