Soledad en las alturas

Por Rebeca Vaisman / Fotos de Santiago Barco
Cuando era niña, Soledad Ortiz de Zevallos descubrió que suspendida en el aire, a algunos metros sobre el suelo, podía encontrarse con sus mejores pensamientos. Hoy la trapecista es parte del elenco de una compañía belga con la que recorre Europa. Pero no pasa un año sin que regrese a Perú. Porque la distancia le ha enseñado sobre la necesidad de permanecer siempre cerca.
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¿Qué pensaba Soledad, allá arriba? Abajo, su hermano Adrián, que se quedó jugando en la calle; sus amigos del Franco Peruano, sus padres. Ella, sola, estaba un poquito más cerca del cielo. El día que cumplió nueve años, Soledad Ortiz de Zevallos recibió como regalo el trapecio que se instaló en el jardín de su casa. Para entonces, ella ya llevaba dos años tomando talleres en La Tarumba, compartiendo la clase con otros niños. Pero desde ese cumpleaños, siempre llegaba el momento del día en que podía dejarlo todo y subirse a su propio trapecio. ¿Qué pensaba, allá arriba? Las posibilidades eran muchas. Podía imaginarlo todo porque sus pies, literalmente, dejaban de tocar el suelo. Era su segunda casa, era una nube. Era un momento solo para ella.
«Mi papá me ha dicho siempre que eligieron mi nombre pensando en la posibilidad de estar bien con uno mismo», dice Soledad. «Yo trabajo en eso porque sigo sintiendo que necesito estar con gente todo el tiempo. Me cuesta estar sola, pero es verdad que el trapecio es uno de los pocos momentos en los que estoy conmigo y soy feliz. Puedo pasarme horas allá, arriba. En mi mundo».

Mi soledad y yo

A los adultos, totalmente inmersos en sus vidas construidas en base a responsabilidades, sacrificios y metas, les encanta preguntar a los niños «qué van a ser de grandes». La pequeña Soledad, desde los tres años, respondía a tal impertinencia con una temprana certeza: ella trabajaría en un circo. Entonces los adultos se reían con mayor o menor disimulo, dependiendo del grado de cinismo. Soledad seguramente no se daba cuenta.

Tuvo suerte, dice hoy con veinticinco años: sus padres siempre la han apoyado. Su papá, el arquitecto Augusto Ortiz de Zevallos, en algún momento quiso ser pintor, y desde el diseño y la posibilidad de crear nuevos paisajes urbanos, pudo compartir la necesidad de su hija mayor. Bernadette Brouyaux, su madre, acaba de ingresar al Conservatorio de Teatro: el arte ha sido una búsqueda compartida en su familia. Adrián, su hermano, también llevó algunos talleres en La Tarumba, y aunque finalmente decidió estudiar Medicina, siempre ha disfrutado ser espectador de los shows de su hermana. Así que nadie se sorprendió cuando Soledad decidió que el circo iba a ser su profesión. Y la carpa, su nueva casa. «Pero mis papás también me han dado la posibilidad de dudar», explica Soledad. «Yo seguía diciendo que quería ser trapecista y ellos me decían que eso estaba bien, pero que si luego se me ocurría ser otra cosa, también estaría bien». Soledad no debía dejarse presionar por su propio sueño. Solo tenía que seguirlo.

Cuando llegó a Bruselas tenía dieciocho años. La especialidad de Trapecio de Vuelo en la Ecole Supérieure des Arts du Cirque, la ESAC de Bélgica, dura tres años; en ese periodo, la joven peruana compartió salón y escenario con sus pares latinos, europeos, asiáticos y africanos. La ESAC se caracteriza por ser una escuela muy internacional. «Me ha abierto las puertas al mundo», dice Soledad sobre su experiencia estudiantil. «También me ha dado que cuando uno vive lejos de su país descubre más amor por este», reflexiona. «Hoy me siento más peruana que cuando vivía en Lima».

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26 pies sobre la tierra

Soledad afirma que fue aprovechando las facilidades que le ofrecía el hecho de tener una madre belga, y también la ilusión de «ver otros horizontes». Pero no ha pasado un año de los ocho que ha vivido fuera sin que regrese a Lima. «Aquí camino por todo lado, hago trayectos largos en bus y en el metropolitano, e incluso meterme en un mototaxi también me nutre como artista», explica la trapecista. «A diferencia de un deportista, un artista no solo debe entrenar su cuerpo, también tiene que ver espectáculos, leer libros, caminar por la calle y ver lo que está pasando en el mundo».

Su plan inicial era regresar a Perú una vez graduada de Trapecio de Vuelo, una especialidad en la que el artista maniobra a ocho metros sobre el suelo. Sin embargo, el último año en la escuela creó un espectáculo para niños con dos amigos franceses: «El baúl de circasia», como lo nombraron, fue tan exitoso que consiguió hacer una gira por todo Bélgica, y luego por Francia. Naturalmente, eso extendió la estadía europea de Soledad. Hace dos años pudo montar ese mismo espectáculo en Arequipa y Lima. Desde el año pasado integra la compañía belga Carotte Vapeur, con la que está de gira ocho meses del año. Los otros cuatro, Soledad los pasa en Perú.

«Tienes que estar muy concentrado porque el trapecio es un aparato peligroso. Pero a diferencia de un deportista, un artista no solo debe entrenar su cuerpo, también tiene que ver espectáculos, leer libros, caminar por la calle y ver lo que está pasando en el mundo»

A los quince años pasó a formar parte del elenco de La Tarumba y sus entrañables temporadas de circo. La primera obra en la que participó fue Itó del 2003. La última antes de irse a Bélgica, fue Zuácate en el 2006. «Si tuviese que elegir ahora, me quedaría en el Perú», asegura Soledad. «Pero cuando yo empecé, La Tarumba tenía una escuela profesional que aún no tenía una pedagogía fuerte que me iba a poder llevar adonde yo quería», continúa Ortiz de Zevallos. «Hoy en día La Tarumba está muy bien: lo único que le falta es tener un diploma reconocido por el estado, porque su formación es reconocida en el mundo».

Soledad está aprovechando estos meses de estadía en Lima para dar clases de trapecio de vuelo en la Facultad de Artes Escénicas de la Pontificia Universidad Católica, y para dictar talleres de telas, trapecio y equilibrio en alambre en la Asociación Cultural Puckllay, de Carabayllo.

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Cuestión de perspectiva

El día a día no deja mucho tiempo para la introspección. Incluso los niños –que deben iniciarse en el sistema educativo desde muy temprano, y hacerse a las exigencias del mismo – ya poco tiempo tienen para imaginar algo por su cuenta. Pero son esos momentos personales que le permiten a Soledad ser una buena artista. Momentos como los que pasaba subida en el trapecio que le regalaron en el jardín de la casa paterna. «Tienes que estar muy concentrado porque es un aparato peligroso. Tienes que desconectar», explica la trapecista peruana. «Además, tienes que confiar en ti mismo. Porque tú eres el único que puede evitar que te lastimes». Y esa es una lección que se aplica también a quienes van con los pies sobre la tierra.