Puyol, el retiro de un kamikaze

Por Facundo Benza / Fotos AFP
Luego de 19 años defendiendo la camiseta del Barcelona, Carles Puyol ha decidido hacer caso a sus maltrechas rodillas y despedirse del club que ama. Nunca un adiós fue tan sentido en Cataluña. Se va el purasangre, el líder que guío con el ejemplo al mejor Barza de la historia.
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Un pase largo ha cogido mal parada a la defensa del Barcelona. La pelota recorre cincuenta metros y cae a los pies del nigeriano James Obiorah, que ve cómo –en un acto desesperado– el arquero Roberto Bonano sale a cortar y se pasa de largo, y lo deja solo frente a la portería descubierta. Obiorah procura mantener la cabeza fría, y le da un pequeño toque al balón antes de chutar, mientras 76 mil catalanes contienen la respiración. El cronómetro marca el minuto 20 del segundo tiempo. Se juega el tercer partido de la fase de grupos de la Champions League 2002 en el New Camp y el Barza gana 1-0 al Lokomotiv de Moscú.

Entre Obiorah y el gol hay un solo nombre, dos sílabas, un kamikaze de melena desordenada que aparece enfrente, casi debajo de los tres palos, dispuesto a inmolarse por defender su portería. Sabe el zaguero que tiene todas las de perder, que el nigeriano golpeará el balón de forma violenta, y que luego de ello las posibilidades de impedir el gol serán mínimas. Aun así, el defensa –que a estas alturas luce desolado, como un náufrago– olvida que su propia integridad está en riesgo, se enfrenta al delantero, espera el disparo y se lanza a su encuentro.

La pelota nunca llegará a destino. El defensor logra poner el pecho y recibe el impacto de la pelota en el corazón, justo antes de caer al suelo. Inmediatamente, mientras el estadio explota de euforia, el catalán se reincorpora y va a pelear el rebote. Así, como si nada hubiera pasado. Entonces los locutores de radio gritan extasiados al micrófono, y las televisoras se apuran en repetir la jugada en cámara lenta como si de un gol magistral se tratara. El marcador no se movería, pero a la mañana siguiente la ‘parada’ del defensor –y no la victoria del Barza– sería la noticia del día.

Entonces el kamikaze no era todavía capitán del equipo. No había levantado tantas copas ni era considerado uno de los mejores defensas centrales de la historia. Todavía no le decían ‘Tarzán’, y aun no se lo creía indestructible, eterno. Y aunque ya por esos tiempos había sufrido el estrago de las lesiones, ni por asomo pensaba que algún día estas apurarían su retiro cuando todavía le quedaban fuerzas y ganas para continuar haciendo lo que mejor sabía: jugar al fútbol.

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La partida del guerrero

El futbolista más querido de Barcelona lleva por nombre Carles Puyol y acaba de anunciar su retiro del club que lo vio nacer. No ha descartado seguir su futuro en otro club, aunque en un alarde de honestidad ha dejado entrever que el final se acerca. «Mi idea es recuperarme de la rodilla, pero si este año he podido jugar tan pocos partidos y ayudar tan poco al equipo, difícilmente podré jugar en otro sitio. Me quiero recuperar para tener una vida activa, hacer deporte y jugar pádel. No quiero engañar a nadie, tengo que ser honesto con el club que me podría fichar. Se me ha pasado el arroz», dijo el día de su despedida, poco antes que los cerca de trescientos periodistas presentes en la sala de conferencias del New Camp se levantaran a aplaudirlo.

El anuncio dio la vuelta al mundo, y sirvió para que leyendas del deporte se rindieran ante la impecable carrera del ‘Tiburón’ de Cataluña. Fue el momento propicio para recordarlo como el defensa recio e incansable que nunca dio una jugada por perdida, y también como la persona leal y noble que supo liderar un camerín superpoblado de estrellas magnánimas y convertirlo en, acaso, el mejor equipo de la historia. Quizá por ello el mundo-fútbol todavía no está listo para la partida definitiva del máximo referente de la mejor versión del Barza. Muy a pesar de que el estigma de las lesiones había mermado su rendimiento, que su ausencia en el mundial de Brasil era un hecho, y que hasta se hablaba de la incesante búsqueda de un reemplazo para él en la zaga blaugrana, a Puyol le quedaban todavía dos años de contrato con el Barcelona, y nadie quiso creer que el central solicitaría por cuenta propia la rescisión de su vínculo laboral.

En enero del 2013, el día de su renovación, el defensa catalán ya había advertido que «si no puedo seguir el ritmo que exige el Barcelona, no cumpliré mi contrato». Pero nadie tomó en serio una sentencia como esa, sobre todo viniendo de quien venía: un coloso de melena larga acostumbrado a resistir el dolor y a reponerse a los más terribles escollos.

Pero una vez más, Puyol fue sabio. Acorde con su vida, no habría soportado que lo jubilaran o se insinuara que sobraba, así que tomó –como siempre– el toro por las astas, y decidió irse cuando todavía sabe que lo extrañarán. Cuando acaba de ser padre, ha perdido influencia en un vestuario disperso y no se siente con fuerzas para defender honestamente el escudo a la altura que merece el club.

Fueron 36 las lesiones que sufrió Puyol a lo largo de 19 temporadas defendiendo la camiseta del Barza. En principio no eran más que cicatrices de guerra muestras de la vehemencia de un zaguero que ponía el corazón y la vida en cada pelota dividida. Pero los años pasan, y con ellos el cuerpo del incansable ‘Tarzán’ comenzó a resentirse. Las lesiones parecían perseguirlo. Su historial comprende contracturas, contusiones, roturas de fibras, esguinces y lesiones algo más graves. Alguna vez se rompió el tabique, la base orbital del ojo, y el pómulo, dos veces. Sufrió artritis en el hombro, y hace poco tuvo una dramática luxación en el codo izquierdo. Pero han sido las rodillas las que no han podido aguantar más los quilates del número cinco del Barcelona. Fueron ellas las que lo llevaron al quirófano cuatro veces y las culpables de que hoy medio mundo lamente la partida del kamikaze de la eterna melena larga.


Puyol se lleva consigo el recuerdo imborrable de la gloria. Ganó todo lo que un ser humano puede pretender en este deporte. Seis títulos de liga, tres Champions League, dos Copas del Rey, dos Supercopas de Europa, seis Supercopas de España, dos Mundiales de Clubes, dos Eurocopas y un Campeonato Mundial. Veinticuatro títulos para su historia particular, y un legado de integridad que quedará para generaciones futuras. Porque algún día alguien le contará a su hijo de aquel hombre que parece esconderse en esa melena que le cubre el rostro, un día en el 2011, luego de que el Barcelona ganara la Champions League en el mismísimo Wembley, decidió ceder los honores de capitán a la hora de levantar la copa a su compañero y amigo Éric Abidal, quien esa temporada había superado en tiempo récord un tumor en el hígado. O de aquel día en el 2010, cuando recriminó a Thiago y a Alves que realizaran un baile después de que el primero anotara el 0-5, exigiendo respeto para el rival.

La partida del kamikaze blaugrana marca el principio del fin de una época dorada en el Barcelona y en el fútbol español. ‘Tarzán’ ya no estará para batirse sobre la línea de gol y salvar a su equipo una vez más. Ya no se le verá gritando a su defensa, arengando al grupo y proyectando esa mística que los llevó a la gloria. Solo quedará el recuerdo del capitán eterno, el indestructible que se enfrentaba a delanteros temibles y desviaba los disparos más potentes con el corazón.