Perujazz

Los maestros de la fusión están de vuelta

Escribe: María Jesús Zevallos / Foto: Macarena Tabja
Hace casi tres décadas, cuatro músicos fascinados por los sonidos de su país, crearon un grupo que fusiona el jazz contemporáneo con instrumentos propios del folclor peruano, como el cajón y la zampoña. Hacer aquello, en medio de la crisis económica y el terrorismo de los años ochenta, no fue fácil. Pero lo consiguieron. Perujazz encontró un sonido propio y lo celebra hoy con dos discos nuevos.
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«No toques lo que existe. Toca lo que no existe», escribió alguna vez el trompetista Miles Davis. «Por eso amo a Miles Davis, porque es un músico que no tuvo miedo a romper los moldes y de ir más allá de lo que el público esperaba, y siempre se mantuvo», dice Manongo Mujica, percusionista y fundador del grupo Perujazz. En el jazz, explica, hay gente que se vuelve ortodoxa: se fija en patrones, en progresiones. «Pero si escuchas sus primeros discos y los últimos, es una transformación». Por la experimentación, dice Manongo. Por no tener miedo a probar. «Y sin embargo, siempre es Miles».

Hace veintinueve años, Mujica, junto a otros tres músicos peruanos –Jean Pierre Magnet, Enrique Luna y Julio Chocolate Algendones– comenzaron un proyecto que tenía la experimentación como premisa. Se encontraron en Lima, en 1984. Manongo, baterista, había vivido la Inglaterra de los años sesenta con la banda Los Mads, que solía abrir los conciertos de los Rolling Stones. Jean Pierre, saxofonista, tenía estudios en el Conservatorio de Argentina, en la universidad de Southern Mississippi y en el Berklee School of Music de Boston, en los Estados Unidos. Chocolate había pasado largas estadías en Haití y Cuba, donde se interesó en la sacralidad de los tambores africanos, y le daba al cajón peruano una estadía en el jazz. Enrique Luna venía de tocar su bajo en Nueva York y en Chile. Cada uno venía de un lugar distinto del mundo. Cada uno, también, se abrió a un sonido diferente.

Comenzaron con ensayos una vez por semana en el Satchmo, un local miraflorino del que Magnet era propietario. Él usaba un saxofón eléctrico, con un octavador que hacía posible tocar una octava arriba y una octava abajo. Ensayaban con un pianista externo. Un día, este pianista no llegó y los músicos escucharon por primera vez el sonido de su obra sin piano. «Ahí fue que dijimos ‘esto es’», explica Mujica, desde su casa de paredes rojas, en Chorrillos. «Ese sonido era absolutamente especial». Entonces comenzaron a trabajar en sus propios temas. Aunque no fue fácil.

En la Lima conservadora de comienzos de los ochenta, Perujazz era mal vista por los puristas de la música. «Hay gente que ve la música como si fuera una operación quirúrgica», dice Mujica, de cabellos blancos y voz grave. «A mí me daba gracia, porque sabía que nuestro sónido iba a devenir en algo clásico». Mujica, al igual que el resto del grupo, sabía lo que tenía en las manos. «Cuando sabes que estás abriendo una trocha nueva, tienes confianza en eso». Pero no era la fe en el proyecto lo que los mantuvo trabajando. Perujazz había mantenido una respuesta bastante positiva de sus presentaciones alrededor de Europa y los Estados Unidos.

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Manongo Mujica recuerda, en especial, una presentación en el Festival de Jazz de Umbria, en Italia, uno de los más importantes del mundo. Umbria Jazz es reconocido, además de la alta calidad de los músicos participantes, por las obras de caridad que realizan a través de los conciertos. Manongo no recuerda con exactitud el año en el que esto ocurrió, pero fue un suceso que le demostró una vez más lo poderosa que puede ser la música.

En Lima, a comienzos de los ochenta, Perujazz era mal vista por los puristas de la música. Al grupo le hacía gracia: sabían lo que tenía en las manos. Que casi tres décadas después, serían un referente para otros artistas

Algunas bandas irían a dar clases maestras a colegios, otras irían visitar asilos para ancianos y desauciados. Para Perujazz, la asignación fue un poco más complicada: ir a una cárcel de máxima seguridad a dar un concierto para los Brigate Rosse, el grupo terrorista más sangriento en la historia de Italia. Todos los reclusos estaban cumpliendo cadena perpetua. «La sensación de opresión, de tristeza que había en ese sitio…», exhala Mujica, y mira de frente, como si su sala, llena de retablos ayacuchanos y pinturas coloniales fuese ese patio repleto de los hombres más peligrosos de esa aquel país mediterráneo. Se preparaban para tocar El Tren, uno de los temas más emblemáticos de la banda. Mujica olvidó por un momento el lugar donde estaba y habló hacia el micrófono: «este es un tema que nos lleva a la libertad total. Siéntanse libres de expresar quienes son ustedes realmente». Las palabras salieron, recuerda Mujica, mientras los guardias de seguridad apuntaban con metralletas a la audiencia. Cuando comenzaron la canción, los presos se levantaron y comenzó un barullo sin prescedentes en esa cárcel. «Han gritado como yo nunca en mi vida he escuchado», cuenta Mujica. «Eran gritos que venían como desde el fondo del horror, hasta de éxtasis». Y mientras el público más sofisticado del Perú aún no llegaba a entender por completo a Perujazz, las sensaciones que su música producía alrededor del mundo era prueba de que estaban haciendo las cosas bien.

Han sido veintinueve años de altos y bajos. De superar la muerte de algunos de sus integrantes y de hacer que el público por fin vea la trascendencia de la agrupación que se atrevió a crear un nuevo género musical: el jazz peruano. Este mes, Perujazz lanza dos trabajos nuevos. Uno grabado con el bajista mexicano Abraham Laboriel –con quien se presentarán este 28 de setiembre en el teatro Municipal, junto al percusionista Luis Solar, actual miembro de la banda, y el guitarrista Andrés Prado como artista invitado– y otro disco inédito grabado en vivo hace veinte años. Perujazz se arriesgó a que el público peruano tenga un sonido contemporáno que puedan llamar suyo. Y se siguen arriesgando. Para la banda, la fiesta no se acaba hasta que ellos lo digan.