Paren el mundo que aquí me beso

Por César Ochoa / Fotos de Ignacio Lehmann
Hay un fotógrafo que viaja por el mundo cazando besos en las calles. Ha visitado once países de tres continentes. No es su trabajo, tampoco su hobbie. Para él congelar el cariño ajeno se ha convertido en su estilo de vida y no quiere parar jamás. Estuvo de paso por el Perú. Esta es su historia.
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Ignacio Lehmann viaja ligero: zapatillas, jeans, polo o chaquetilla, quepí, gafas de sol, mochila con botella de agua y cámara fotográfica profesional. Es argentino, delgado, de barba rizada, y quiere enviarte mil besos.

Sí, eso: mil besos. Y la cifra aumenta cada día.

Sucede que este actor de teatro de treinta años hace casi dos años renunció a todo para embarcarse en una romántica aventura: fotografiar besos callejeros alrededor del mundo. Ya lleva once países de tres continentes. Tras llegar del Cusco estuvo de paso por Lima a inicios de enero. Su página de Facebook 100 World Kisses, donde cuelga todas sus fotos, tiene más de 150 mil seguidores. «Es bárbaro», dice sentado en un café de Miraflores. «No sabes lo difícil que es». Ha visitado urbes, como Nueva York, Roma, París, Ámsterdam, D.F. o el Cusco, y solo se despide de una ciudad cien besos después. No importa si conseguirlos le toma tres semanas o dos meses, por eso viaja ligero. Dice que la mejor manera de conocer una ciudad es perdiéndose en ella. No planifica los besos, se los encuentra. Camina mucho, suda, convence. «Si hay un beso, hay una historia», dice mientras muestra desde la pantalla de su cámara la foto de una pareja de ancianos japoneses. Le gusta conocer a los protagonistas. Los que ahora muestra, por ejemplo, sobrevivieron a la bomba de Hiroshima. Él de 82 años, ella de 74, se besan frente al mítico edificio que logró sobrevivir a la explosión.

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Cada vez que pisa un nuevo destino, se convierte en una explosión mediática. Todos quieren saber por qué lo hace. Sus más de un millar de instantáneas de amor tienen su origen en Nueva York, ciudad a la que había llegado de vacaciones. Como buen aficionado a la fotografía, comenzó a retratar a gente de esa ciudad cosmopolita. Hasta que un día se le ocurrió hacer cien fotos de besos callejeros, aprovechando que los neoyorquinos, según dice, aman la cámara. Lo que siguió fue una avalancha: decidió hacer lo mismo en otras ciudades y publicar todo en su página de Facebook recién creada. Miles de likes después viaja gracias a las donaciones que recibe y a los hospedajes que le brindan los amigos que conoce en cada ciudad.

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«Al ver tu trabajo me haces volver a creer en el amor», le escribe Nashibet Pesantes, una seguidora trujillana. Comentarios así abundan en su página. Para él esto no es un trabajo, sino su misión en la vida. «No quiero dejar de hacerlo nunca. Eso ya está decidido», dice mientras recuerda a sus abuelos, que solían besarse tomados de la mano, muy apasionados. «¿Por qué lo hago? Para rescatar ese acto tan humano en tiempos en los que todo es virtual. Es volver a la piel, al tacto, al beso. Así de simple». Lo dice alguien que suele caminar escuchando canciones como Imagine, de John Lennon, o All you need is love, de The Beatles.

Ignacio Lehmann, que esta noche viajará a Trujillo, no solo fotografía parejas de enamorados, sino también de un padre y su nieta, de niños, de gays, y hasta de personas con sus mascotas. Tiene un buen olfato. Frecuenta parques, museos, estaciones de tren, bares, y casi siempre una parte icónica de la ciudad aparece de fondo. «Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción», dijo el cantante Joaquín Sabina. Ignacio Lehmann lo sabe bien.

—Y tú, ¿cuántos besos has dado en todo este tiempo?
—Algunos ¿viste? —dice mientras ríe—. Viajo solo, estoy soltero. Tú sabes.

No quiere ahondar en el tema, pero se apresura en contar la vez que se besó con una chica en Tokio, imagen que forma parte de su colección. Se llamaba Maki, estaba con su amiga, y le dijo que así quería formar parte del proyecto. Accedió al instante. No siempre sus abordajes a parejas son tan afortunados. Los rechazos son frecuentes. Hay muchas formas de conocer las ciudades, y él puede hablar de ellas a través de sus besos urbanos. «En Nueva York están más acostumbrados a la fotografía callejera, en cambio en México no tanto; ahí la gente se besa muchísimo en la calle, pero le da mucha vergüenza la cámara, como aquí, en Lima», dice este fotógrafo que se ha convertido en embajador de la marca país de Argentina. Y agrega: «En París es muy difícil abordar a la gente. Londres es más fría y distante. Y en Japón nunca se besan en la calle. ¿Te imaginas el esfuerzo que costó?».

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Ignacio Lehmann ha hecho videos de recuentos de sus besos en YouTube, en que Love is in the air, la famosa canción de John Paul Young, suena de fondo. No podía ser más preciso. «Uno nunca sabe lo que pueda pasar después de un beso», dice este cazador que ha fotografiado un beso masivo de trescientas personas en el Parque de la Condesa en el D.F., y quien proyectó sus fotografías en los conciertos de León Gieco en el legendario Luna Park, ese famoso anfiteatro de Buenos Aires. En sus cientos de abordajes a parejas ha fotografiado primeros besos, besos de compromiso y hasta besos apasionados que luego descubría que no eran de pareja, sino de simples amigos. «¿Qué sigue? Seguir viajando. Me voy a Colombia. Pero lo más importante que viene ahora es la publicación de mi libro. Será el álbum de besos más variopinto del mundo», dice Lehmann, antes de partir.

—¿Sabes que chapar en el Perú significa besar?
—Claro. En Argentina también —dice el fotógrafo—. El beso es universal, loco: kisses are the solution.