Nuria Zapata traza un poema con su nostalgia

Por Pablo Panizo / Fotos de Augusto Escribens
El trabajo más personal de Nuria Zapata está dentro de una caja de cartón forrada con tela. Podría llamársele libro, pero no sería exacto. Nada tiene tiempo de hundirse es una colección de piezas experimentales que hablan de Nuria y de la nostalgia que la ha acompañado durante veinticinco años.
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Lo primero que hay que decir sobre NADA TIENE TIEMPO DE HUNDIRSE, el último proyecto de Nuria Zapata, es que ni ella sabe bien cómo definirlo. ¿Es un libro objeto, como sugiere? ¿Un recopilatorio de obras, como piensan sus amigos? ¿Un libro de artista? Definitivamente no es un poemario común, en el mismo sentido en que Nuria no es una lectora tradicional. Sintió por primera vez el peso real del lenguaje poético cuando leyó en voz alta los versos de Blanca Varela, y se enganchó a la palabra como a un canto. «La poesía muda no me gusta tanto», reconoce esta tarde. Ha puesto un pie bajo su muslo y el otro pie cuelga de la silla sin tocar el piso. Nunca deja de mirar a los ojos. Nuria apenas se mueve, y en su cara hay una expresión estática, pero sonríe y junta las manos entrecruzando los dedos cuando habla sobre cómo se conecta a la poesía. «Prefiero interpretarla. Es como la diferencia entre leer la letra de una canción o escucharla».

Más tarde se obsesionó por la dimensión visual de la poesía, cuando descubrió los cuadernos del poeta Luis Hernández, escritos y dibujados en infantiles trazos de plumón Faber-Castell, y luego –en el 2010, lo recuerda bien– quedó hipnotizada por la poesía experimental de Jorge Eduardo Eielson y sus enigmáticos nudos, esos nudos que son sombras / de infinitos nudos / celestes. En adelante, en la mochila que carga cada vez que toma el ascensor para salir de su departamento no faltarán lápices ni cuadernos de los que echar mano cuando alguna idea llegase a su cabeza.

Para poder nombrarlo lo llamaremos libro, por más que Nuria tenga razón al decir que formalmente no lo es. Sus hojas no están encuadernadas y se almacenan dentro de una caja de cartón forrado con tela. Entre sus páginas hay un sobre abierto de donde escapa el extremo de una tira roja de hilo; sobre la tira penden pequeños trozos de fotografías, camuflados bajo el papel. Hay una página pintada por completo con agresivos trazos de tinta china y, al centro, una inscripción hecha en máquina de escribir: Miedo. Hay también una pequeña tarjeta con la inscripción esto es un recuerdo, encerrada entre dos hojas de papel pergamino. Cada pieza es independiente del resto, pero cada una refleja a Nuria y, sobre todo, a su nostalgia, un sentimiento que la ha acompañado por siempre. La obra, de hecho, se habría llamado María Nostalgia, si no se hubiese cruzado con Marguerite Duras y su novela El Amante. Nada tiene tiempo de hundirse, todo es arrastrado por la tempestad profunda y vertiginosa de la corriente interior, leyó, y la sentencia quedó grabada en ella.

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Valentín está solo en su habitación, frente a la extraña piel de zapa, el áspero pellejo de algún pez de afilada dentadura. Ha entendido que cada vez que tiene algún deseo, cualquiera que este sea, la piel se hace un poco más pequeña. Al desaparecer él también morirá. Quiere con toda su fuerza dejar de desear, pero no puede. Sola por primera vez en un país ajeno, en su pequeña habitación en Buenos Aires, Nuria leía las páginas de La piel de zapa [Honoré de Balzac, 1831] y se sentía parte de aquella historia. Había abandonado sus estudios de pintura en la Universidad Católica por el deseo impostergable de hacer teatro, pero la diferencia entre vivir en la casa de su madre y estar completamente sola en el extranjero resultó ser, los primeros meses, «una estrellada bastante grotesca». Los dos años que vivió en Argentina fueron un tiempo para descubrirse, enfrentarse a la soledad, vivir excesos y conectarse genuinamente con la lectura. Un cambio de piel.

«Solo me tenía a mí», recuerda Nuria. El firme tono de su voz no deja espacio a confusión: Buenos Aires realmente marcó un antes y un después en la vida de esta artista; fue quizá cruzar la línea entre querer ser mujer y hacerse mujer a la fuerza. «Fue un tiempo de sentirme bastante vulnerable, pero persistí». Mucha fuerza de voluntad y más de dos años de terapia psicológica necesitó para comenzar a construir su ‘casita’: «es como la llamo yo un espacio donde así esté casada y con hijos, será mi casita, solo mía. Me faltan ventanas, por partes no tiene techo, pero por lo menos hay sombra por lugares. Recién estoy sentada en la terraza, disfrutando del esfuerzo». Nuria ha logrado tomarse las cosas con más calma, juzgarse con menor severidad. No finalizó los estudios de teatro, ni los de pintura, ni los que tomó en escultura a su regreso a Lima, pero no se mortifica. Ha aceptado que sus intereses son multidireccionales, que así serán siempre y que un cartón universitario no hace ninguna diferencia en su camino. Lo que subyace a ese recorrido de veinticinco años de vida se plasma en NADA TIENE TIEMPO DE HUNDIRSE, una colección de piezas donde Nuria buscó ser «asquerosamente honesta», un libro que siente como su paleta de colores: nostalgia, amor, pena, ira, recuerdo.

Mientras termina las últimas copias, solo hay una razón por la que tiene miedo: teme haber puesto tanto esfuerzo en la estética que la palabra pierda en sus lectores el peso que en ella mantiene. Por mantener la pureza original rechazó la impresión en serie y se embarcó en un duro trabajo por hacer a mano las únicas cincuenta ediciones que saldrán a la venta; no puede tolerar la idea de que termine como un objeto de decoración bajo una mesa de vidrio; no es un buen paradero para tanta intimidad. En las semanas previas a la presentación del libro, el miércoles 5 de marzo, tiene una ilusión: «solo espero personas conmovidas por el libro, cincuenta personas que se lo lleven de verdad».