Nadie sabe quién es Blek Le Rat

Por Pablo Panizo / Fotos de Santiago Barco
El esténcil, la técnica de grafiti con plantillas, está presente desde hace más de una década en el centro del arte callejero. Su primer exponente, el injustamente poco conocido Blek Le Rat, lleva 33 años pintando en las calles, y ha llegado a Lima para estampar en nuestras paredes sus personajes marginales.
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El oficial de policía se acercó y le preguntó qué hacía. Con las manos enguantadas, el dedo índice sobre la válvula del aerosol y una plantilla con forma de rata pegada en la pared, Xavier Prou respondió de la forma más sencilla que se le vino a la cabeza: «es arte». El policía hizo una expresión de extrañeza y siguió caminando. En el París de 1981, los policías adoptaban frente a los escasos grafiteros una actitud como de árbitro de fútbol: ante la duda dejaban seguir; más aún frente a Xavier, el primer grafitero en pintar utilizando plantillas, una técnica cuyo antecedente más reciente era el de la propaganda fascista que había invadido Francia cuarenta años atrás, durante la guerra.

Hijo de una familia de artistas encabezada por su padre, un pintor alcohólico y destruido por el trauma de soportar cinco años como prisionero de guerra en Alemania, Xavier pasó su infancia entre museos e iglesias llenas de refinadas piezas de arte, pero cuando le brotó la vena artística prefirió la calle. Sus primeros intentos pintando con aerosol lo decepcionaron hasta entender que no tenía el talento para dibujar a mano alzada, como cualquier grafitero. Cuando comenzó con las plantillas, sin embargo, encontró un estilo que nadie había explorado y que podía ser solo suyo. Bajo el seudónimo de Blek Le Rat, en los siguientes años las ratas de Xavier invadieron la capital francesa como una plaga.

Treinta y tres años más tarde, Xavier Prou ha llegado a Lima para el Puma Urban Art. A los 61 años, Blek Le Rat es reconocido como el padre del esténcil grafiti, pero su nombre es apenas conocido pese al boom mundial de esta técnica. Si uno ingresa su seudónimo en Google obtendrá apenas 300 mil menciones. Por cada mención suya, hay catorce de Banksy, el inglés que se ha convertido en la indiscutible estrella del esténcil. Mientras este debe recurrir al anonimato para alejarse de la vida de rockstar, Blek Le Rat puede caminar por su natal París sin que siquiera se le reconozca. En el aeropuerto Jorge Chávez, nadie sabe quién es el tímido francés que mira hacia todos lados. Con una enorme sonrisa, alzando las manos, avanza hacia la cartulina donde con letras de aerosol rosado puede leerse Blek!

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En casa de los Prou –una típica edificación de la campiña francesa, a las afueras de París– quien ponía el dinero era su mujer, Sybille. Para inicios de los noventa, Blek Le Rat había pasado de la estabilidad económica [fruto de su relativo éxito como grafitero y sus apariciones en galerías] a la completa invisibilidad. La crisis económica que envolvió a Francia tras la guerra del Golfo Pérsico había reducido la inversión en arte –más aún en arte callejero– y, además, el esténcil había perdido su capacidad de atracción a las nuevas generaciones. Nunca, sin embargo, Xavier se alejó de las calles; ni siquiera después de ser llevado a la corte, acusado por daños a la propiedad privada, y ser amenazado con dos años de prisión en caso de reincidencia. Durante diez años, entre 1991 y el 2001, Blek Le Rat trabajó nada más que por placer. Mientras Sybille enseñaba alemán e inglés en escuelas, Xavier llevaba a su pequeño hijo al colegio, preparaba la comida y entremedio salía a pintar las calles con sus figuras de ratas, soldados y mendigos.

La etapa más underground del trabajo de Blek Le Rat se cerró con una llamada telefónica desde Brighton, Inglaterra. El ilustrador Tristan Manco planeaba editar un libro sobre esténcil y quería su participación como el padre de la técnica. «¿Por qué lo haces, si a nadie le interesa?», preguntó sorprendido. Manco lo puso al día: en Brighton el esténcil estaba en su apogeo, de la mano de un amigo suyo, un tal Banksy. Esa fue la primera vez que Xavier oyó hablar de Banksy. El inglés, sin embargo, ya lo conocía bastante bien. De hecho muchas de sus más populares pinturas son sospechosamente parecidas a las del francés, al punto que es una discusión si son o no una copia. «Cada vez que pienso que he pintado algo ligeramente original, me entero de que Blek Le Rat también lo ha hecho, pero veinte años antes», diría Banksy en el 2008.

Sentado frente a la plazuela Santo Domingo, a orillas del río Rímac, Xavier toma un descanso antes de terminar con el autorretrato que pinta sobre una pared a la sombra de un árbol. Destapa una botella de agua, toma un buen sorbo y me invita otro. Saca su cajetilla de cigarros: le quedan dos, prende uno y me invita el último. Está interesado en saber más sobre nuestra política, en conocer si también somos un país discriminador, en entender por qué el centro de Lima parece un pedazo de Madrid. De divo, nada de nada. Mide sus palabras al hablar de Banksy, pero tira sus dardos. Hace seis años dijo que la gente decía que lo copiaba, pero que él no lo creía así. Dijo también que lo que el inglés hacía en Londres era una revolución artística similar a la del movimiento rockero de los sesenta, y que las referencias que el inglés brindaba sobre Blek, su inspiración, lo habían hecho nuevamente visible para el mercado del esténcil. Hoy no, hoy habla distinto. «¿Qué pienso de Banksy? Tiene mucho gusto, porque tomó mucho de mí. Es muy gracioso y a veces profundo. Sabe cómo tocar a la gente, sabe que cuando habla de Guantánamo todos aplaudirán, porque es algo normal. Yo soy distinto, no me gusta ir en el buen camino, donde todos aceptarán mi trabajo».

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Después de dedicar 15 años de su juventud al comunismo, se decepcionó de los políticos al punto de sentir repulsión. Xavier entiende su trabajo no como manifestación política –un campo en el que ya no tiene ninguna esperanza–, sino como una expresión poética que se desarrolla en la calle. Existe en él una necesidad de acercar eso que hace a los más pobres, a aquellos que no tuvieron la oportunidad de conocer las bellas artes como las conoció él de pequeño. Entre mansiones o prisiones, prefiere las segundas. En Lima pintó en la galería del Centro Cultural Ricardo Palma y en la plazuela Santo Domingo, pero fue en una vieja y deteriorada quinta del jirón Conde de Superunda, en el centro de Lima, donde sintió que realmente pintaba como le gusta hacerlo. Con autorización de las familias que ocupan el patio interior, un amplio canchón que sirve de tendal y lavandería, Blek Le Rat pegó sus plantillas y dejó grabado su autorretrato, sin duda su obra más popular a lo largo del globo. Los niños dejaron los juegos y lo rodearon, inquietos por su trabajo, mientras Xavier les explicaba qué hacía y cómo lo hacía.

De vuelta en la camioneta que lo llevaría a Miraflores, emocionado por lo que encontró en esa quinta, tuvo palabras para el equipo de productores, camarógrafos y fotógrafos que Puma había congregado: «gracias a todos, gracias de verdad; esta es exactamente la forma como me gusta trabajar». Xavier es feliz pensando que su autorretrato descansará escondido en un espacio íntimo, donde solo un pequeño grupo de vecinos lo apreciará. «Esta es la vida real, la ciudad de verdad. Quizá uno de esos niños recordará que alguien hizo esa cosa y se interesará por el arte callejero. Ese es mi verdadero trabajo, esa es mi poesía».