Nacido para pintar

Por Orrnella Palumbo
Su propia obra le advirtió lo que le sucedería. Estaba ahí, plasmado en su Obra reciente, que a sus 88 años tendría que parar. Jorge Piqueras Sánchez-Concha, pionero de la pintura abstracta en el Perú, aprovecha la pausa para recordar su predestinado camino por el arte. Piqueras ha vuelto a Lima para contar que jamás tuvo miedo de dedicarse a las artes plásticas, y que ha vivido siempre como su pulso se lo ha dictado.
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Cuando Jorge Piqueras dio su primer grito de vida estaba rodeado de las esculturas y pinturas más bellas de Lima. Minutos antes su madre estuvo tendida alumbrándolo en una habitación de la Escuela de Bellas Artes donde su padre dictaba la cátedra en Escultura por encargo del entonces presidente, Augusto B. Leguía. Era el invierno de 1925.

—¿Cuándo decidió dedicarse al arte por completo?
—Cuando nací. Nunca tuve duda —dirá Piqueras más adelante, sumergido en los detalles de sus casi nueve décadas de vida.
Ahora es él quien está recostado en otra cama. El artista habla desde la habitación de una clínica a la que llegó por culpa de una puerta igual de angulosa que muchos de los trazos de sus pinturas.

Lo que siguió fue una educación primaria y secundaria entre jesuitas y sagrados corazones, y una infancia feliz en Malambito 718, esquina con el jirón Moquegua, «a dos cuadras de Dos de Mayo, pleno corazón de Lima», recuerda Piqueras. Fue en el patio de aquella inmensa residencia donde el futuro pintor vio a su padre trabajar esculturas en barro y yeso y, por fortuna, decidió imitarlo. Cuando tenía doce años, su padre, el reconocido arquitecto español Manuel Piqueras Cotolí, falleció dejando a su esposa viuda y a cargo de siete hijos. Para ese momento, Jorge ya había aprendido lo suficiente para esculpir a su antojo.

A los diecisiete años reprodujo la cabeza de Beethoven, quizás influido por aquella madre suya, doña Zoila Sánchez-Concha Aramburú, una mujer cultivada en la guitarra, el piano y el acordeón. Más tarde recorrió las aulas de la Academia de Arte de la Universidad Católica, destacándose como campeón de salto con garrocha. A los veintidós, ganó el Premio Nacional de Fomento a la Cultura en el área de Escultura, pero Jorge Piqueras tenía hambre de mundo y lo que hacía lo obligaba a quedarse en un solo sitio. Entonces eligió la pintura. En Europa vio lo que aquí no había y se encauzó en pintar rigurosas figuras de líneas rectas envueltas en una genial armonía.

—¿Por qué eligió el arte geométrico?
—Es como si me preguntaras por qué me caí en el hueco tras la puerta —ríe Piqueras—. Es el camino que uno tiene que seguir. Es lo contrario a la razón, es el instinto. Es como cuando te enamoras.

Su instinto lo ha llevado a exponer en el Museo de Arte Contemporáneo de París, en decenas de galerías europeas y a ser considerado como el iniciador del arte abstracto en su tierra, aunque apenas escucha el título recuerda que los diseños precolombinos existieron, con sus esquinas y redondeces, mucho antes. Piqueras creció con una generación de luminarias de las artes plásticas. Entre ellos Fernando de Szyszlo, Jorge Eduardo Eielson, Emilio Rodríguez Larraín y su buen amigo el escultor Alberto Guzmán, con quien comparte las tardes parisinas a la luz del sol que se cuela por el techo de vidrio de su espacioso taller, al que el pintor ansía volver.

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A la mitad del camino

Pero hubo un tiempo en el que Jorge Piqueras se peleó con la pintura. O más bien, con todo lo que había detrás de ella. Cuenta que se cansó de las relaciones con las galerías, de las discusiones de precios, de las intrigas y de la mala fama que tienen los pintores de siempre andar pidiendo. Hizo una pausa de catorce años en los que únicamente se dedicó a la fotografía. «Como fotógrafo era bien recibido –recuerda Piqueras–, como pintor no». A mediados de los ochenta se montaba en su auto y paraba donde le daba la gana para fotografiar solo aquello que lo complacía. Incluso pasó una temporada retratando al polifacético artista estadounidense Man Ray, conocido como promotor del surrealismo y del dadaísmo a través de la fotografía.

Cuando el lienzo lo llamó de vuelta los contornos de sus figuras geométricas habían empezado a desdibujarse y su obra incluyó formas más complejas que las anteriores. Evolucionó. Cuando escucha la pregunta que intenta descubrir los orígenes de esa evolución, revolotea una mano delante de su barba cana y responde: «Mi profesión es hacer, no tanto filosofar. Hago lo que está en el momento y después la gente empieza a interpretar».

El arte de amar

«Yo me enamoré primero de su obra y después de él», dirá luego Christine Graves, su esposa, recordando cómo se conocieron en una Bienal de Trujillo. Jorge Piqueras asistió como invitado especial para exponer por primera vez sus pinturas en su país. Christine, que ya tenía décadas en el Perú trabajando en actividades culturales, llegó con los poetas y después de admirar sus cuadros lo invitó a una fiesta en su casa en Lima. Dice el artista que nunca más se fue de allí. «Ahí tienes a la californiana –sonríe el pintor, mientras acaricia la cintura de la mujer que está de pie al lado de su cama–. Me está cuidando ahora».

Piqueras reconoce que los estudios en Literatura y Antropología, y la experiencia de trabajo en organismos internacionales de su esposa les permitió vivir holgadamente mientras él se dedicaba a lo suyo. Se casaron por civil hace veinticinco años, pero la celebración religiosa fue hace dos. Y fue precisamente después de cenar con su esposa el 28 de diciembre pasado, apenas llegados de París, que se topó con ‘la puerta al infierno’. Así ha llamado Piqueras al paso en falso que dio esa madrugada y que en medio de la oscuridad lo hizo rodar escaleras abajo partiéndole dos vértebras cervicales. «Acá me están parchando», dice risueño. Lleva un mes en la clínica y no ha podido ver su muestra OBRA RECIENTE, expuesta en la galería barranquina Lucía de la Puente. Los cuarenta cuadros de sus últimos dos años están desplegados sobre las paredes bajo nombres como Titiriteando, Pareja…ja…ja, Pene-lope, y David y Goliat.

Para Jorge Piqueras su última etapa artística ha sido premonitoria del accidente. «Un alto del azar. Caerte en un hueco oscuro y romperte la crisma y no saber por qué».

El artista que nació para pintar se ha precipitado sobre su propio destino, como tantas veces lo hizo su pincel sobre el lienzo vacío.