Moda más allá de las rejas

Escribe: Adriana Seminario / Foto: Marco Garro
Thomas Jacob es un diseñador francés que dejó a un lado su trabajo con la prestigiosa marca Chanel para poner en marcha un proyecto social en dos cárceles de Lima. Luego de un año de trabajo, Pietà –una marca que toma forma en casacas, chompas, gorros y calzado– está cambiando la vida a once presos que aprenden a confeccionar prendas de alta calidad, mientras cumplen condena por sus crímenes. La moda –dicen– les ha dado otra forma de libertad.
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Un año antes de llegar al Perú, Thomas Jacob era un joven diseñador que recorría buena parte de Latinoamérica con su mochila en busca de inspiración para un proyecto social que le ocupaba la mente desde hace mucho tiempo. A los veintitrés años finalizó sus estudios de marketing y diseño gráfico en París, y viajó al otro lado del mundo para aterrizar su tesis de graduación. Quería demostrar que diseñar una prenda puede ayudar a mejorar la vida de personas que tienen que ver poco con el mundo de los flashes y las pasarelas.

Moda ética, le dicen. Es una tendencia que consiste en prestar atención a lo que hay detrás de una prenda fabricada. ¿Quién hizo ese vestido?, ¿qué tipo de materiales se empleó?, ¿generó algún beneficio social? En la moda ética, y para Jacob, estas preguntas son vitales. No es lo mismo que un par de zapatos lo confeccionen obreros explotados que trabajadores bien remunerados y contentos. Marcas de mucho prestigio como Yves Saint Laurent, Proenza Schouler y Donna Karan tienen esa filosofía de trabajo: todo el proceso debe ser justo para la naturaleza y para las personas involucradas. Jacob volcó estos conceptos en la tesis que sustentó en la Escuela de Negocios Inseec. Sabía bien que eso era lo suyo.

Fue colaborador de Misericordia, marca franco-peruana que se vende en dieciséis países alrededor del mundo, la mayoría en Europa y Asia. Ya en el Perú, Jacob trabajaba para Chanel buscando nuevos materiales y técnicas en tejido. Cusco, Arequipa y Lima fueron las ciudades donde Jacob buscó inspiración, pero también donde adquirió el conocimiento necesario para realizar su proyecto: combinar el diseño de modas y la vida carcelaria en una misma prenda. Pietá –piedad en italiano– sería el nombre de la marca.

Todas las semanas, Thomas Jacob visita el penal de Santa Mónica. Les enseña a las internas a confeccionar prendas según estándares internacionales. El plan es que la ropa de Pietá se distribuya en tiendas y concept stores de Francia, Inglaterra, Alemania, Dinamarca, Japón y Corea

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A finales del 2011, Thomas Jacob fue invitado por una amiga suya que trabajaba en la Alianza Francesa de Lima a una obra de teatro en el penal Castro Castro, uno de los más peligrosos de Lima. La puesta en escena era interpretada en francés, gracias a las clases impartidas dentro de la cárcel. Jacob quedó tan fascinado que se acercó a conversar con los internos luego de la función. Supo que podía trabajar con ellos en el taller de costura guiándolos en el diseño y la confección de prendas, y así ayudarlos a ganar algo de dinero. Luego de visitas a varios penales de Lima, y según la disposición de los internos, el diseñador francés eligió los penales de Santa Mónica y San Jorge para empezar la marca. Hoy trabaja con ocho mujeres en el primero y tres hombres en el segundo.

Todas las semanas, Thomas Jacob visita Santa Mónica, el famoso penal de mujeres en Chorrillos. Allí capacita a las internas para que confeccionen prendas según estándares internacionales, y les paga por cada pieza que elaboran. El proyecto se inició allí hace más de dos meses, pero aún no cuenta con puntos de venta en Lima. Jacob dice que probablemente la ropa no se venda en el Perú, sino que sean productos de exportación que lucirá el excelente trabajo de estas mujeres y la calidad del algodón peruano con el que se trabaja gran parte de las colecciones. Pietá distribuirá a tiendas y concept stores en Francia, Inglaterra, Alemania, Dinamarca, Japón y Corea. Ese es el plan.

Es un día viernes por la tarde, y Jacob ha venido de visita al penal. En uno de los dos talleres del penal de mujeres, una señora de cabellos plateados muestra con orgullo la chompa que ha terminado luego de una semana de trabajo. Punto espiga, punto de cruz y punto a máquina: tres acabados en una sola prenda. En otro taller, hay sacos y pantalones en azul marino casi listos, sin botones. Unas casacas con frases en la espalda como Sicario arrepiéntete, Cristo te ama o Nôtre Dame de la Haine [Nuestra Dama del Odio en francés] están apiladas en una mesa de costura. «La idea no es hacer una marca convencional, supercomercial. Pietá es un proyecto irreverente, que romperá esquemas», responde Jacob. Por eso las prendas no tienen etiquetas. Solo llevan una equis hecha con dos lazos de tela negra satinada y el nombre bordado de la chica que la fabricó.

Tejido de fantasía

En la entrada del taller de costura cuelga una gigantografía de una interna que luce una chaqueta de la marca. No pasa mucho antes que Thomas Jacob llame a Elizabeth, quien interrumpe su partido de vóley en el patio principal para cambiarse y posar con prendas de Pietá para una sesión de fotos. El rostro de la gigantografía ya tiene nombre, y aunque las prendas disponibles en el taller no sean de su talla, ella no tiene reparos en lucirlas. Elizabeth no lleva maquillaje, es de talla mediana, tiene la mirada tímida y el cabello negro suelto hasta los hombros. Está esperando a que salga el fallo que determine su libertad o su condena. Su crimen: ser titular de una cuenta bancaria que la policía rastreó como depósito de extorsionadores. Si todo sale bien –dice–, saldría libre el próximo año.

Mientras Elizabeth sube a un banco y posa en medio del taller, frente a la mirada divertida de sus compañeras, un chullo de colores llama la atención entre las prendas de tonos neutros. Lo lleva Soraya, la primera en comenzar a trabajar en Pietá bajo las instrucciones de Jacob. Soraya es de Tarma, y se encarga de confeccionar chompas en telar. Se muestra cautelosa ante las cámaras, y su voz se quiebra ligeramente cuando recuerda que lleva siete años en Santa Mónica. Al igual que con las fotos, Soraya no quiere hablar sobre cómo terminó en este lugar. Solo dice que está apelando. De las dos filas de telares y mesas de costura, ocupa la primera a la izquierda, al lado de un papelógrafo lleno de deseos de feliz cumpleaños. El viernes anterior cumplió veintinueve años. Sus compañeras del taller le obsequiaron una torta y sus mejores deseos con plumones de todos los colores. La dedicatoria más grande está en francés.

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Soraya dice que trabajar en Pietá le da paz, que mantiene su mente ocupada. «Es mejor que estar en los pabellones: están repletos y terminas aburriéndote de no hacer nada». Según datos del Inpe, la infraestructura del Santa Mónica fue creada para quinientas internas. Hoy mil trescientas mujeres viven allí. Soraya es miembro de los Testigos de Jehová. Lee la Biblia a diario y puede confeccionar prendas al primer intento, sin equivocarse. Ahora mismo trabaja en el telar. Tensa la hebra roja del barrilete a sus pies e ingresa en una especie de trance silencioso y repetitivo. Una, dos, tres pasadas.

El tejido debería salir por debajo de la máquina, pero a la quinta pasada aún no se asoma nada. Aclara que tarda un poco, pero puede lograr la pieza en cuarenta minutos, si se concentra. Soraya también lleva un cuaderno con recortes de catálogos de tiendas por departamentos como inspiración para sus piezas. Sabe que debe esforzarse hasta el último detalle en las chompas. Thomas Jacob es riguroso. No en vano han estado trabajando prototipos de la colección durante un año. Por suerte Soraya ha asimilado rápidamente la esencia de Pietá: sus formas, colores y propuestas limpias. Luego de diez pasadas, vuelve a tensar el hilo rojo, y despierta del trance que la lleva de vuelta al penal.

En el segundo taller, Zonia se dedica a confeccionar pantalones y sacos. Tiene el cabello teñido de rubio y la voz infantil. Arregla un poco la pila de prendas que se encuentran encima de su mesa para mostrarnos el pantalón azul marino terminado. Sus sacos tienen un acabado impecable y una estructura que poco tendría que envidiar a los conjuntos de tiendas exclusivas. Marcas como Renzo Costa han mandado a fabricar algunas de sus piezas al penal. Detrás de una hilera de mesas de costura, Zonia es la única en este taller que trabaja con Jacob. Su compañera de costura, Milagros, salió en libertad hace tres meses.

Pietá no es solo un trabajo dentro del taller de los penales, sino también casi una terapia psicológica para las internas, un escape mental de las paredes en las que están recluidas. Lo dicen ellas. Cada prenda lleva un nombre bordado, una identidad y una historia tejida a mano. Saben que, aunque tarden años en salir libres, sus piezas pueden dar pasos más largos y viajar por el mundo muy pronto.