Y la cultura ¿dónde está?

Por Gabriela Ramos / Ilustración de Sissy Junek
La tarde del domingo 22 de febrero, el colectivo ¡Lima Quiere Cultura! exigió, mediante diversas manifestaciones artísticas, que el alcalde Luis Castañeda garantice la continuidad y mejora de las políticas culturales alcanzadas hasta el año pasado. Días antes, artistas llevaron un pronunciamiento a la municipalidad con el mismo pedido. Sin embargo, hasta ahora no se obtiene una respuesta oficial. ¿Qué está pasando en la Gerencia de Cultura de Lima?
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«¡¿Para qué?!», dice Sandra Salcedo. «¿Para qué? Esa es la pregunta clave que todo ciudadano se debe hacer ante la acción o inacción de un gobierno», comenta indignada. Desde julio del año pasado, en pleno proceso electoral municipal, ella, junto con un grupo cada vez más amplio de ciudadanos, gestores culturales y artistas, ha venido alzando a viva voz un pedido que hasta el momento parece ignorar la gestión municipal elegida. ¡Lima Quiere Cultura! es el nombre del colectivo civil que invoca, en primera instancia, a que la Gerencia de Cultura detalle su plan de trabajo en materia cultural.

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Si uno revisa el fan page Lima Cultura MML –la única vía de comunicación oficial y actualizada de la gerencia cultural–, puede observar que se promocionan algunos eventos culturales. La reapertura de la Biblioteca Infantil, la celebración del Día del Amor y de la Amistad en la Plazuela de las Artes, o visitas guiadas a la galería Pancho Fierro son solo algunos ejemplos. ¿Cuál es el problema entonces?

«No podemos confundir un plan con una serie de eventos. Es muy fácil que un festival del helado y la raspadilla aparezca o desaparezca [en referencia al evento organizado por la Gerencia de Salud], nadie se va a desangrar por ese tema», comenta Sandra. Por su parte, el exgerente de Cultura Pedro Pablo Alayza señala que la llamada ‘eventitis’ es un peligro en términos de gestión, pues con eventos aislados no se logran programas establecidos, políticas delineadas u objetivos delimitados. Lo paradójico es que siendo un equipo con experiencia no haya previsto esto», afirma.

Precisamente experiencia debería ser la principal virtud de Mónica Aurich, quien presidió durante siete años la Subgerencia de Cultura cuando esta dependía de la Gerencia de Educación, Cultura y Deporte. Sin embargo, su paso por la municipalidad ha sido ampliamente cuestionado. En concreto, muchos actores ligados a la industria temen que ocurra lo mismo que pasó durante la primera gestión de Luis Castañeda, en la que se desactivaron grandes avances culturales, como la I Bienal de Lima ejecutada por Alberto Andrade.

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Fotografía: Diego Miranda

Lamentablemente diversos programas parecen seguir el mismo camino. El Museo Metropolitano de Lima [MET] fue cerrado a inicios de este año porque se adujo que hubo un mal manejo por parte de la gestión de la exalcaldesa Susana Villarán de las herramientas multimedia. Sin embargo, Pedro Pablo Alayza asegura que no hay ningún motivo para clausurarlo. «El museo se recibió con equipos domésticos y no profesionales; nosotros lo mantuvimos pero no había ningún plan establecido por la anterior gestión para actuar en caso de que algo empezara a fallar. Aun así ningún museo se basa únicamente en su exhibición permanente; nosotros implementamos exposiciones, talleres, muestras. Si tienes que arreglar una exhibición, cierras solo esa sala, no todo el museo».

Otro de los programas afectados sería el Festival de Artes Escénicas de Lima [Fael], que atrajo a más de 52 mil personas en sus tres ediciones, y que está actualmente en un proceso de evaluación costo-beneficio. En este sentido, para la teniente alcaldesa Patricia Juárez, una inversión de 8 millones de soles que beneficie a esa cantidad de ciudadanos es cuestionable, según declaraciones en una entrevista para un canal local. Para tener respuesta sobre esta y otras dudas del plan de cultura de la Municipalidad de Lima, ASIA SUR solicitó una entrevista con Mónica Aurich o algún representante de la Gerencia de Cultura, pero hasta el cierre de esta edición no se obtuvo ninguna respuesta.

«Como actor me afecta directamente la suspensión del Fael», apunta Carlos Victoria, uno de los artistas involucrados en el pedido al municipio. «El alcalde tiene que abrir los ojos y entender que la cultura nunca va a dar réditos económicos, sino sociales». Precisamente uno de los principales valores de este programa es la exposición que logra el trabajo escénico ante ojos extranjeros –veintinueve compañías extranjeras han participado en él–. Siguiendo esta lógica, la programación de este año incluía a Chile como país invitado, pero la embajada de ese país aún no recibe ninguna notificación por parte de la Gerencia de Cultura. Y, según parece, tampoco la recibirá. También estaba coordinada la participación de una delegación del Fael en el tradicional Festival Internacional Servantino en México, pero, por temas de coordinación temporales, quedó descartada. Pero ¿por qué es importante seguir con este tipo de programas?

Hace un par de semanas, el periodista Aldo Mariátegui, en su columna de Perú21, escribió lo siguiente. «¿Por qué Lima debe invertir en cultura antes que en salud o en transporte?», cuestionamiento que ha tenido acogida en un sector de la población. «En realidad no se trata de elegir, se trata de plantear una visión de ciudad que exprese el desarrollo en un nivel más allá que el de infraestructura», responde Sandra Salcedo, de ¡Lima Quiere Cultura! «Cuando hablamos de cultura, en realidad hablamos de tender puentes y condiciones para poder relacionarnos de una manera más fácil y pacífica».

Más allá de los conflictos políticos entre gestiones, los colectivos civiles exigen finalmente mantener los logros alcanzados, ampliar el presupuesto destinado a cultura y reconocer a aquellas comunidades de cultura viva que han venido trabajando en diversas manifestaciones a lo largo de décadas y que, en el periodo municipal anterior, obtuvieron mayores alcances en cuanto a legitimidad y formalidad. ¡Lima Quiere Cultura!, los gestores culturales y las comunidades artísticas seguirán expresándose así no reciban ninguna respuesta. «Es imposible que no nos escuchen», concluye Sandra.

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