Welcome to Tijuana

Un tour gringo por la frontera más transitada del mundo

Escribe (desde Tijuana, México): Jorge Nieto / Fotos: Omar Martínez
Turista Libre es un programa de excursiones de un día cualquiera en Tijuana. Lo dirige un periodista nacido en Ohio que se enamoró de la cultura mexicana. Con sus visitas guiadas a través de restaurantes, mercados de pulgas y museos, Derrik Chinn demuestra que esta urbe desbordada es mucho más que el clásico cliché de ‘tequila, sexo y mariguana’. ¿Cuál es el encanto de una ciudad que fue famosa por ser una de las más peligrosas de Latinoamérica?
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Derrik Chinn era un crítico gastronómico del San Diego Union Tribune, uno de los diarios más influyentes de California, hasta que un día renunció a su empleo para poner un poco más de sazón a su vida. Todo comenzó cuando Derrik –de barba, frente alta y con tatuajes de colores en los brazos– cruzó la frontera buscando nuevos rincones culinarios sobre los cuales escribir. Hasta ese entonces, Tijuana, una ciudad fronteriza, antes famosa por ser violenta y llena de ilegales, era para él una urbe llena de clichés como tequila, sexo y mariguana. Pero le bastó descubrir el sabor y aroma de los tacos de frijol en cada esquina, el poder del chile picante y oír las canciones de música norteña que sonaban en las calles para dejarlo todo y asentarse cerca a la frontera más transitada del mundo. Sin proponérselo, este gringo ha llegado a conocer tan bien la ciudad, que se ha convertido en un guía de turismo alternativo para sus compatriotas que, como él, saben que Tijuana guarda destinos que valen la pena descubrir, más allá de esa aura de peligro que la rodea. Hoy, Derrik Chinn, a sus treinta años, mastica mejor el castellano y ríe bajo el sol de Tijuana, seguro de sí mismo, pues la conoce de palmo a palmo. Un amigo suyo, uno de esos tijuanenses curtidos por la vida, fue quien le mostró esos pequeños sitios que han marcado la vida en la frontera: esos rincones que jamás salen en las guías para turistas. A través de caminatas, paseos en bus o bicicleta, Derrik muestra los puntos calientes de la ciudad: arte, cultura, conciertos, eventos deportivos, fiestas, sitios históricos, mercados de pulgas, restaurantes, cervecerías, bodegas, pistas de patinaje sobre ruedas y hasta parques acuáticos. Dicen que Derrik, El gringo, conoce más de Tijuana que un mexicano promedio.

Y es que toda visita turística, para ser completa, requiere de un buen guía. Derrik lo sabe. Sabe que Tijuana es más que 50 millones de personas que cada año cruzan hacia el país más poderoso del planeta, más que miles de inmigrantes ilegales capturados en el desierto y regresados a la fuerza, más que guardias americanos con los ojos bien abiertos, más que esa línea que separa y une al mismo tiempo, más que las ganas de «cruzar al otro lado». Es el sueño americano que algunos todavía persiguen.


Un viejo bus con cincuenta turistas estadounidenses acaba de cruzar la frontera. Son jóvenes que buscan diversión de bajo presupuesto. Vienen a conocer lugares tan disímiles como galerías de arte, bares donde todo [o casi todo] es permitido, pequeños paraísos gastronómicos escondidos o casas de la cultura que antes fueron túneles donde se pasaba la droga de México hacia Estados Unidos. Este es el primer tour del año. Derrik Chinn invita a los viajeros a través de las redes sociales. Los que se animan llegan con una idea difusa sobre lo que es Tijuana. En realidad, no es posible conocer esta ciudad a través de postales o en esos tours convencionales que venden las agencias de viaje. Estos turistas buscan más que una fotografía con sombrero de charro o bebiendo tequila.

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El tour de El gringo se llama Turista Libre. Y de eso se trata esto: de dejarse llevar, libres, por el instinto.

Aunque la oficina del Departamento de Estado en Estados Unidos recomendó no viajar a ciertos estados y ciudades de México como Tijuana, debido a los riesgos, los que se dejan guiar por Derrik vienen seducidos por el disfrute de sus sentidos. De hecho, la cerveza artesanal es como la bebida oficial de todos los recorridos. Atrás quedaron esas restricciones de la época de la Ley Seca, en los años veinte, cuando los gringos llegaban a Tijuana para embriagarse e irse de juerga sin tener problemas con las autoridades de su país. Pero estos gringos no vienen para eso. Los de ahora vienen a divertirse, sin importarles que a su alrededor haya una guerra de cárteles de la droga o una frontera de metal que siempre castiga a los intrusos.


El viaje inicia del lado norte de la frontera, en el exterior de un McDonald’s, como para despedirse de los Estados Unidos. Conforme los turistas avanzan, las estaciones de radio en inglés se van perdiendo en el espectro para dar paso a las que tocan música norteña o lo que los programadores han dado por llamar «el género regional mexicano». Los aromas de un México lleno de gastronomía se abren paso, unos luchan contra otros para atrapar el gusto de los visitantes. Van y vienen garnachas, guaraches, sopes, tacos, pan dulce y mariscos en escabeche. «Ya llegó el güerito», dice un taquero cuando el grupo de gringos pasa frente a su puesto.

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Una afroamericana de unos veintiocho años, con la cabellera llena de rizos, de complexión mediana, con un español entendible y una amplia sonrisa, pide un taco con poca salsa. Todo le encanta. Los demás sacan sus smartphones para tomarle una foto mientras come. Hay como una manía por colgar fotos en Instagram, Twitter y Facebook. No es para menos, a cualquiera le gustaría presumir que estuvo en un sabroso vericueto de Tijuana.

«No tienen prejuicios, son otra generación, una más abierta», dice Derrik Chinn, El gringo, mientras caminamos entre los comercios coloridos de la Avenida Revolución. «Somos ciudadanos del mundo», subraya. Se detiene y observa las artesanías, intercambia algunos saludos con los vendedores, quienes lo conocen bien y acceden a tomarse fotos con los visitantes. Derrik observa y sostiene una caja de plástico en la que más tarde recolectará la propina de todos para las personas que los atienden durante el recorrido. «A mí me dicen Gabacho [otra forma coloquial de referirse al estadounidense]. Pero no me gustan las etiquetas, nos dividen, nos separan. Antes que estadounidense, yo soy un ciudadano del mundo».

Ahora el grupo se traslada en un viejo bus crema con franjas amarillas, aunque es común que también se realice el recorrido en bicicleta. La conductora es una lugareña, tiene doce años como chofer y saluda a los viajeros con un dulce: «Bienvenidos, This is Tijuana». Dentro del bus el grupo de cincuenta viajeros charla en inglés y español, el spanglish se escucha con claridad. Sharon es japonesa, Julieta es mexicana, Meran es estadounidense, Eleonora es méxico-estadounidense, Jorge es tijuanense-estadounidense.

Al finalizar la jornada, todos regresan a Estados Unidos, esperan una larga fila de unas mil personas. Les tomará alrededor de una hora y media ingresar a la Unión Americana, donde tendrán que mostrar su visa al agente de Inmigración que los acredita como Turista Libre.

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«Somos los que creen que las fronteras son solo un pretexto para querer ir del otro lado. Somos los que queremos que el planeta se salve», dice un turista japonés, sin dejar de hacer fotos por la ventana abierta del bus. «Esta experiencia es como el small world de los viajeros, donde se puede oscilar del primer al tercer mundo, y viceversa, en un mismo día». Luego de decirlo, se va sin antes reparar en un cartel que está cerca de allí y que dice: «Las armas están prohibidas en México. ¡Bienvenido a Tijuana!». El japonés intenta leer el letrero en voz alta. Su español da risa. Derrik dice que le está enseñando el idioma. De hecho, además de ser guía, El gringo ha comenzado a enseñar español para ganarse la vida.