Un pequeño mesías juega a ser Dios

Escribe: David Gavidia / Ilustración: Felipe Esparza
Cada semana Lionel Messi rompe records hasta el hartazgo. Su demoledora fábrica de goles lo han convertido en el mejor jugador del mundo, pero ¿logrará ser el mejor de todos los tiempos?

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Lionel Messi juega y derrumba todos los mitos, destroza las marcas y rompe records. Debemos ser privilegiados. Que nos guste el fútbol y ser testigos del juego del Barcelona es un lujo que hay que aprovechar: hace unas semanas Milán derrotó a los catalanes por 2-0 en el San Siro y se habló del fin de una era. Siete días después apareció La Pulga en el Camp Nou y despachó de la Champions al cuadro italiano con un imponente 4-0.Ver al mejor equipo de todos los tiempos junto al mejor jugador del mundo en un solo fotograma no tiene precio, aunque puede ser un exceso. Un coctel extremo de perfección, una redundancia empalagosa que, en este caso, no es síntoma de mal gusto, sino motivo de alegrías y sospechas. ¿Puede existir algo tan perfecto?

Creo que no. El fútbol es a veces una gran metáfora de la vida, por lo tanto es imperfecto y Messi roza lo celestial. Nos gusta el rosarino, cuyo juego parece tocado por los dioses, pero preferimos lo terrenal: Ronaldinho Gaucho, el brasileño heredero de la picardía carioca en los pies nos devolvió la capacidad de asombro. En 2006 su gol de chalaca ante el Villarreal fue la confirmación de que lo suyo era mágico. Messi es veloz y su freno en seco lo convierte en impredecible, su definición con el balón picado es letal. Es un humano robotizado, no es un artista del balón, está mecanizado por la dinámica de correr, esquivar rivales y hacer goles como algo cotidiano.

Hernán Casiari, el periodista argentino creador de la revista Orsai, deslizó una teoría que no escapa a la realidad: Messi es un perro. Sí, un perro cuyos ojos siempre están concentrados en una esponja como en una pelota, pero sin entender el contexto. Lio solo se enfoca en ella y no la pierde de vista ni aunque lo apuñalen, juega sin entender nada sobre la oportunidad, ni el resultado ni la legislación, lo patean y no lo detienen, coloca los ojos estrábicos como lo harían los caninos en trance, hipnotizados sin importarle nada más en el mundo que el balón esté en el arco de enfrente.

Con todo ello, el 10 azulgrana tampoco es Zidane. El francés jugó tres mundiales, se llevó la gloria en Francia, no repitió en Corea-Japón y en Alemania hizo ballet con el esférico. A Messi le pesa la albiceleste, es capitán de su selección pero no tiene el coraje de Mascherano, ni el fervor de Tevez, ni el carisma ni las limitaciones de Palermo, ese genial de palo tocado por el grito de gol. No llegará a ser Diego. Maradona es una religión y Lionel se deberá conformar con el cargo de mesías. No tatuarán su nombre en brazos de tipos fanáticos, no será ese drogadicto disidente que baleó a periodistas y que un día pidió perdón entre lágrimas diciendo «la pelota no se mancha».

Messi es el bueno de la película, es el hombre con problemas para la comunicación y con un probable grado de autismo. No sonríe, no tiene los ojos enfurecidos, jamás putea, no comete faltas harteras, no se deja caer. Parece no sudar ni gritar los goles. Jamás se le verá celebrando como lo hacía Filippo Inzaghi en el Milán. Nunca con la boca llena de gol ni los brazos eufóricos. Apenas un pulgar en el dedo para dedicárselo a su hijo, por allí los brazos al cielo en recuerdo de su abuela. Un abrazo tibio con Villa, una sonrisa traviesa luego de hacer un hat trick. Nada más.

Messi no será Ronaldo, quien es gordo y feliz. Tampoco será Cristiano, el portugués quien se ha ganado odios por su pedantería y buen vestir en el fútbol. Lionel tiene el carácter sumiso y su fama de dormilón es una rutina. Que adore la milanesa napolitana y que sea adicto al Play Station no lo humanizan, lo reducen a convertirse en un tipo privado de cualquier arranque de maldad.

Messi es el mejor jugador del mundo y seguro se hablará de él como el más grande. Pero siempre tendrá a su lado la figuras de jugadores que besaron el Olimpo. ¿Podrá destronarlos? Es la pregunta que se hace el planeta fútbol a puertas de Brasil 2014, el mundial que podría servirle para acrecentar la leyenda. Los mitos se construyen con pequeñas epopeyas. Messi todavía juega como un niño. Aún es prematuro saber si estamos frente al más grande. Hay que ver si sabe bailar samba.