Un campeón con ilusión

Por César Becerra/ Fotos de Augusto Escribens
Es triatleta, arquitecto, empresario, esposo de Michelle, papá de Sofía y Chiara y, por encima de todo, un ganador habitual. ¿Por qué Vladimir Figari disfrutó como nunca haber ganado el último Medio Ironman en Paracas?
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Una ola revienta y Vladimir Figari emerge del agua. Tres niños juguetones observan desde la orilla y se preguntan quién es ese señor que lleva puesto un wetsuit oscuro, una gorra amarilla y unos goggles. «Es Ironman», les dicen. «¡Cómo va a ser Ironman!», duda uno de ellos. «¿Y su armadura?», cuestiona otro. «Muy chato», comenta el tercero.

Los pequeños ríen y corren sobre la arena mojada, mientras ‘Ironman’ vuelve a sumergirse en el mar.

Vladimir Figari [43 años; 1.70 metros de estatura; 65 kilos] es el triatleta nacional más exitoso. Fue el primer peruano en clasificar a un mundial de Ironman, la justa deportiva más exigente del planeta, con más de 220 kilómetros de recorrido distribuidos en natación, ciclismo y maratón; en 2011 ganó el Ironman que se disputó en Florida, Estados Unidos [hizo un tiempo de 9 horas y 11 minutos], y hace unas semanas se llevó el Medio Ironman de Paracas: nadó 1900 metros, pedaleó 90 kilómetros y corrió otros 21 en 4 horas y 15 minutos.

Podrá ser veterano, chato y no tener armadura de titanio, pero Figari todavía hace gala de un físico privilegiado. Más que un don divino, es un atributo que debe mantener vigente a punta de ejercicio. Entrena todo el año para ser el mejor. De lunes a viernes se levanta a las cinco de la mañana para cumplir su rutina deportiva. Combina ciclismo, gimnasia o natación, dependiendo del día, y los sábados, como no tiene que trabajar, incrementa las horas de entrenamiento. Es su costumbre, por más que no tenga competencias a la vista. Solo intensifica su régimen cuando se acerca una carrera. No entrena con otros trialetas, sino con los mejores ciclistas y los mejores maratonistas, y tiene algunos gadgets que lo ayudan a monitorear su rendimiento, pero prefiere usarlos lo menos posible.

Si fuera futbolista, tranquilamente podría ser parte del once titular del Real Madrid o el Bayern Múnich, los equipos más correlones del mundo. En un deporte en el que un jugador de 35 años a duras penas resiste 45 minutos, el cuarentón Figari no tendría problemas en terminar los 90 que dura un partido completo, ir a tiempo suplementario y hasta patear un penal en la tanda fatídica con suma frescura. De hecho el Ironman peruano jugaba fútbol antes de ser triatleta y ya destacaba por su generoso desempeño. «Era volante, un ‘8’, una especie de Jayo Legario», precisa. «Me decían que tenía tres pulmones porque me comía la cancha».

«HAY GENTE ENVIDIOSA DENTRO DE ESTE DEPORTE QUE DICE QUE ME PEPEO. POR ESO, DESPUÉS DE GANAR EN PARACAS, MUCHOS ME ESCRIBIERON PARA DECIRME QUE DEMOSTRÉ QUE SIGO VIGENTE, QUE CALLÉ MUCHAS BOCAS».

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EL OTRO FIGARI

Si uno busca información de Vladimir Figari en internet, encontrará decenas de páginas que lo muestran como un deportista de élite, un ganador eterno, un atleta admirable que triunfó aquí, allá, una y otra vez, todos los años. De modo que haber ganado el reciente Medio Ironman en Paracas no tendría que sorprendernos. Sin embargo, para Figari fue una victoria muy especial por varias razones: una de ellas, que algunas personas no creían que ganaría y hasta cuestionaron su talento y honestidad. «Mira, hay gente envidiosa dentro de este deporte que dice que me pepeo», comenta con seriedad. «Por eso, después de ganar en Paracas, muchos me escribieron para felicitarme y decirme que demostré que aún sigo vigente, que callé muchas bocas».
Figari recupera la sonrisa cuando recuerda la gran expectativa que despertó esa competencia. «Participaron triatletas jóvenes que querían medirse conmigo. Ha sido gratificante demostrar que aún tengo para rato. El público me apoyó en todo momento, y mi esposa y mis hijas estuvieron presentes. Fui muy feliz ese día. Di un salto al estilo Pelé, con el puño levantado mientras estaba en el aire».
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Pese a que está acostumbrado a ganar, la adrenalina le hace un nudo en el pecho y convierte su estómago en una cueva de mariposas. «Que no nos engañen: esta emoción la siente desde el principiante hasta el más experimentado», revela.

Figari es papá de Sofía (7) y Chiara (4), y está casado con Michelle desde hace una década. ¿Es el matrimonio comparable a un Ironman? «De todas maneras», responde sin dudar. «El amor es una prueba de largo aliento. Así como te hidratas durante una carrera, hay que nutrir el cariño con detalles, y debes hacerlo constantemente».

Además de papá y triatleta, trabaja como arquitecto, maneja un gimnasio en Miraflores y es socio y gerente de una marca deportiva francesa. El trialeta que planea correr hasta los 70 años está siempre en movimiento… menos los domingos. «Son días sagrados porque los dedico a mi familia», precisa. «Si bien salgo a entrenar temprano, acomodo todos mis horarios para desayunar con mi esposa y mis hijas, y pasar el día juntos».

Para Figari no hay felicidad plena si no puede equilibrar el deporte, el trabajo y la familia. Lo resume en una frase corta, pero de largo aliento: «Si no lo hago, la vida empieza a cojear».
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