Un artista que no habla de su arte

Escribe: María Jesús Zevallos / Foto: Marco Garro / Intervención del artista
Los cuadros de Marcelo González Rocha hablan por él. Esos personajes de trazo desgarrado y violento que han llevado al artista a exponer su obra en países como Italia, Chile y Argentina, son sus aliados: los que descifran aquello que el artista espera expulsar de sí mismo.
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«Si me vas a preguntar qué significa mi pintura, no sé. Ahí está». Con esas palabras abre nuestra conversación Marcelo González Rocha. 29 años. 1.80 de estatura. 80 kilos de peso. Artista plástico. Boxeador. Grande. Tosco y directo en su forma de hablar. Se sienta en su estudio de Barranco y señala la pintura más grande de todo su estudio. Porkamiseria. Tres lienzos juntos. Muchos personajes. Los ‘mounstritos’, como los llama Gonzalez. Personajes de trazo infantil y desgarrado al mismo tiempo. De ojos grandes y narices anchas. Promediando una mezcla de diez colores diferentes por pintura, Gonzalez no me dirá nunca qué significa su pintura. «Por algo soy pintor, sino hubiese sido un escritor o un orador. La mejor forma de expresarme es así».

Para Marcelo González, pintar no involucra ese romanticismo artístico que puede tener para muchos. «No es tan divertido», dice el artista autodidacta, en sus pantalones con estampado militar y sus botas plomas, con un tono defensivo que no trata de asustar, sino de explicar esa relación de amor-odio con su propia obra. «A mí no me relaja pintar. Me gusta, pero el proceso no es bonito, la ansiedad, la intensidad, no es algo bonito».

A este pintor no le gusta analizar nada. Prefiere no hacerlo. Por eso no habla de su pintura. Por eso su producto final nunca se parece a los bocetos que hace en su libreta antes de invadir el lienzo. Por eso el artista termina un cuadro en dos días, sin pensarlo mucho, casi por instinto. Y es por eso, también, que no pinta hace una semana: porque aún no tiene necesidad de hacerlo. «Sabes que si haces algo la malogras», dice el artista peruano, respondiendo inquieto las preguntas antes de terminar de formularlas.

Aparte de talleres breves, nunca ha tomado clases de arte. Marcelo González pinta desde pequeño. Es autodidacta porque odia que le digan qué hacer. Pero define su propio arte como ‘expresionismo abstracto’. Siempre con personajes; nunca con seres reales. «Lo real son huevadas. Nunca real. Siempre como lo veo yo».

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Ahora el artista está preparando una exposición en Serbia y Montenegro para junio del próximo año. Serán entre diez y quince cuadros que comenzará a producir en agosto. Hace poco regresó de Italia, donde estuvo comprando materiales y donde ya ha tenido cuatro exposiciones individuales. Chile y Argentina también han visto parte de su obra. Sabe que va a ser complicado producir las pinturas y dejarlas en paz. Solas. Que descansen hasta el día de la inauguración. Es difícil, dice, aunque ha aprendido a controlarse. Para González, es mejor si las pinturas no están a su alcance. Si no las puede tocar más porque, mientras están en su poder, parecen nunca estar terminadas. «¿Por qué no?», le pregunto, y sus palabras se desbordan apresuradas, como si escaparan de un incendio: «Hay gente que dice “ah, qué bonita es la pintura”. Esas son huevadas. Yo pinto y estoy como loquito, no te escucho. Para mí no existes». Y hay cosas que no entiende, como cuando pinta cuadros. «Por ellos vengo ahorita al taller, no por otra cosa más. Por ellos, a tratar de resolverlos». Uno de ellos ha pasado por muchos procesos. Ese cuadro, que aún no tiene nombre, era un lienzo blanco hace dos meses. Alguna vez fue un hombre ahorcando a una mujer, después fue solo la mujer. Después no recuerda muy bien qué fue, pero sabe que fueron unas cinco modificaciones desde que la comenzó. Así, dice, el cuadro se va resolviendo solo.

Marcelo González no sabe qué significa su arte. O no lo quiere saber. O sí lo sabe y prefiere no creerle. Tampoco sabe de dónde salen sus personajes. Le atemoriza encontrar respuestas. «Si yo me pongo a pensar en eso, me paso de vueltas», dice el artista, mientras contempla brevemente a Porkamiseria. Pero son esos momentos iluminados que suceden en medio del caos de su arte, los que hace que siga entregándose al estrés y a la ansiedad que le produce su propio trazo. Como lo hace en el boxeo, abriéndose a la posibilidad del dolor que siempre supo que conlleva la pelea. Sabe que esos instantes son, ahora, vitales para su estabilidad. «Mi pintura es tosca. Yo me saco cosas de encima con esto. Lloro. No es fácil, pero es la mejor manera que puedo, en algún momento de la locura de pintar, estar tranquilo». Soy torpe, admite González. Bien torpe. Habla directo y eso puede ser chocante para algunas personas. «Pero acá fluyo tranquilo, porque él no me habla», dice, y señala el cuadro. «Mejor dicho, me habla de otra forma, y yo lo entiendo». Y así, sin explicar mucho, el artista que no habla de su arte parece haberlo explicado todo.