Subir a una montaña puede salvarte la vida

Fernando Caballero

Escribe: Javier Wong Q. / Foto: Macarena Tabja
Fernando Caballero ha estado en los lugares más elevados del planeta. Cree que allí, en las alturas, el hombre puede transformarse. Él dice que la cima no es la meta, que lo importante –en el fondo– es el camino: ese trance donde uno pasa hambre, cansancio y hasta desamparo, pero que sirve para encontrarse a uno mismo al poner a prueba los propios límites

De pronto, el clima cambió. Pasó de un recorrido sin sobresaltos a estar arrinconado por rápidos vientos y sin poder ver ni su mano por la espesa neblina. Nieve a la redonda, frío que cala hasta los huesos: Fernando Caballero quería llegar a la cima del Mckinley, la cumbre más alta de América del Norte. Las piernas le temblaban, el cansancio lo consumía, la comida comenzó a escasear. Era el día 20 de una excursión por tierras hostiles. Tenía que guardar provisiones y ahorrar energías: no es fácil estar a 6.194 metros sobre el nivel del mar.

Ha trepado el Himalaya, el Tíbet, el Kilimanyaro. Solo le falta escalar una montaña en Oceanía y podrá decir que ha estado en cumbres de todos los continentes. A conocido a los monjes tibetanos, convivió con los tanzanos en el Kilimanyaro; pero si tuviera que elegir una experiencia en las alturas, optaría por la vivida en aquel rincón al norte del mundo. «Sorprende lo rápido que puede cambiar el clima y ponerse todo muy mal», dice. La gente sube por la ruta normal, señalizada, diseñada para no perderse. Caballero no. Él tomó un corredor Orient Express. Allí, rodeado por grandes paredes de hielo y nieve, mantuvo el paso por dieciocho horas. Había mucha neblina, tenía que descender y acampar. Pero no sabía el camino.

SELECCIONADA GLACIAR DENALI


«El cuadro que está atrás mío me lo regaló un cliente, es el Everest», comenta Caballero, señalando una foto enmarcada de una cadena de montañas. Conversamos vía Skype. Él está en Barcelona, su base de operaciones para las travesías montañosas que realiza. Dice sentirse inspirado por el entorno, llevando grupos de personas a los lugares más altos del planeta. Cree que las alturas son un lugar ideal para generar valores positivos en un grupo de personas.

Pero eso es solo una parte.

Lo importante es el camino.

Ha tenido decenas de viajes. Su experiencia en las alturas comenzó cuando estudiaba Derecho, carrera que abandonó para dedicarse a escalar montañas. Se dio cuenta de que lejos de la ciudad, en la montaña, «uno puede encontrar algo que lleva dentro».

En El mito de Sísifo, novela de Albert Camus, el personaje central es castigado por su gran astucia. Su ambición por el dinero lo hacía mentir, manipular e incluso asesinar. Dice la mitología griega que incluso se dio el lujo de engañar a Tánatos, el dios de la muerte, y encerrarlo en una celda cuando iba a llevarlo al infierno. Los dioses condenaron a este hombre a la ceguera y a empujar por toda la eternidad una roca gigantesca hacia la cima de una montaña. Cuando Sísifo logra llevar la piedra hasta la cima, cae al llano de nuevo. No importa cuantas veces lo intente: al llegar a la cima, la piedra siempre caerá, hasta el final de los tiempos. Caballero ha pasado más de dos semanas escalando el Mckinley. Quería que aquella travesía fuera una obra mayor. Él, como Sísifo, también se ha impuesto subir cumbres hasta donde le den las fuerzas.

«¿Qué implica este riesgo? Una vida nueva», afirma. Fernando, como el personaje del escritor francés, necesita de las montañas, y sabe que al treparlas también hay un factor incontrolable. Un riesgo latente. Él y Sísifo comparten este espíritu kamikaze, esta vena temeraria. ¿Qué de distinto tiene al personaje mitológico? El Sísifo de Camus está condenado al fracaso, el sentido de su vida es la cíclica tragedia a la que ha sido impuesto. Nada tiene sentido, todo es absurdo. Su esfuerzo es inútil. Fernando Caballero también sube y baja montañas. Felizmente, para él, no es un castigo eterno.

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Cuando bajó para encontrar un lugar para acampar, estuvo al borde de perderse en el nevado americano. Luego de ocho años, alguien se atrevía a discurrir por los corredores de la Orient Express. Ir por aquel inhóspito lugar fue probar sus propios límites. Salirse de la rutina, ir más allá, atreverse a cambiar y acabar transformado en una nueva versión de uno mismo.

Caballero ha llegado a Lima luego de vivir diez años en Barcelona. Mirada relajada, aún con jet lag; el hombre que trepa montañas para saber más de sí mismo habla sobre héroes y montañas. «Yo me fui al Alpamayo cuando cursaba los primeros años de Derecho. Nunca había pisado nieve en mi vida; recorrí la montaña, me enamoré del paisaje. Me sentía satisfecho», afirma. En aquel viaje, se quedó solo. Por dos días atravesó glaciares sin estar muy seguro de dónde estaba pisando. Ahora estamos en la azotea de un edificio. El sol nos cae de lleno, pero él está acostumbrado.

En La Odisea, Ulises regresa a Ítaca luego de diez años. Combate contra un cíclope, escapa de sirenas cantantes e incluso baja a los infiernos. Penélope, su esposa, teje y lo espera. El poema épico griego propone el viaje interminable. En sus expediciones, Fernando Caballero también apuesta por algo parecido. Pero no se trata de estar atrapado o perderse en la incursión a la montaña, lo que está en juego aquí comienza dentro de uno, en la mente. «Se trata de salir de tu voz dominante», comenta Fernando. En las alturas, ya sea en el Himalaya o algún rincón del Tíbet, uno se zambulle en un dialogo interno. La montaña solo es un instrumento para lograr un fin. Es el punto de partida para forjar un pensamiento nuevo, fresco, que renueva una manera de ver el mundo.


La meta es la cima. La misión se configura pensando siempre en el pico de la montaña. «Ayuda a seguir el rumbo», comenta Fernando, mientras se pone un enterizo por encima de su ropa para posar ante la cámara. Al igual que una competencia de nado en mar abierto, donde los competidores configuran su esfuerzo en torno a la meta, las excursiones de Fernando no tendrían un sentido práctico sin proponerse un lugar final. La cumbre, sin embargo, solo es parte del camino. Desde que uno pone el pié en la montaña y comienza la travesía, el disfrute debe estar metido adentro. Pese a los treinta grados, Caballero no pierde la concentración. Adentro de aquel traje para temperaturas extremadamente frías debe estar cocinándose. Pero ya está acostumbrado. Sus viajes siempre exigen su cuerpo al límite.

«Sería una locura si alguien me dice que mañana quiere hacer la ruta de la Orient Express sin haber pisado nunca una montaña», comenta. Para ir de cima en cima tiene que haber cierta experiencia que se va acumulando. Hacer cinco veces la ruta del Alpamayo o subir el Klimanjaro –el punto más elevado de África– le dan a Caballero cierto respaldo que se gana solo con el tiempo


Durante cinco días, Fernando Caballero tuvo que acampar en el Mckinley con un viento que estremecía la tienda. «Por su cercanía al polo norte y a la vez al océano, esta montaña se vuelve impredecible», dice el alpinista. Había que continuar, y luego de estar por la Orient Express un par de días llegó a la cumbre. Con la nieve pegada a la barba y a los bigotes alcanzó el punto más alto de América del Norte.

En su discurrir entre las montañas, Caballero también tiene miedo, un cierto grado de tensión. «Una tensión intencionada», como él mismo dice, que ayuda a condensar los temores y hacerlos visibles. Es que ser consciente es muy distinto que convertirse en un temerario. «El miedo es parte del aprendizaje», dice. Al principio, la cabeza siente el choque, discute consigo misma. «¿En verdad quiero hacer esto?», se pregunta. Dependiendo de la respuesta, la travesía continua o acaba. «Es que se trata de una negociación», afirma. Y en ese dialogo tenso uno decide: «¿me quedo o me voy?».

Lo importante no es el esfuerzo físico, pasar hambre, sentirse exhausto o desamparado; lo realmente importante es ir más allá de lo que uno cree y exigir la mente al máximo. «Es una confrontación mental», dice Caballero. La sesión ha terminado, Fernando se quita el enterizo y se despide de todos. De esta misión también salió vivo. Su mirada, a lo largo de la jornada, no ha cambiado. Sigue impasible.