SIN EDAD PARA LAS OLAS

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Alonso Molina
Todos tienen más de cincuenta años, pero siguen adentrándose en el mar con la destreza y el arrojo de jóvenes surfistas. Comparten un inmenso aprecio por el mar, por el distrito de Punta Hermosa y la grata coincidencia de haber transmitido su pasión por las olas a sus hijos.
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Es viernes y unos pocos bañistas toman sol y nadan en La Isla, Punta Hermosa, uno de los sitios preferidos por tablistas para surfear en este balneario. Luego de enfundarse en su wetsuit, Fernando Briceño es el primero que salta al mar con su tabla. Le siguen Pancho Aramburú y su hijo Juan Francisco; inmediatamente después, Francisco Pardo y sus hijos Percy y Andrés, y por último Eduardo Loret de Mola. La cámara apunta hacia ellos y una mujer que pasa por ahí se detiene a ver lo que sucede, pregunta si se trata de la filmación de alguna especie de documental o si son personajes famosos.

De cierta forma sí lo son. Entre el circuito del surf nacional y, sobre todo, en Punta Hermosa, este grupo de tablistas y amigos se ha hecho un nombre desde hace más de treinta años. Han vivido y disfrutado innumerables veranos en este distrito desde niños, y desde entonces lo han visto crecer. Si en el pasado solo había fluido eléctrico hasta cierta hora, hoy existen restaurantes y discotecas que atienden a decenas de comensales hasta altas horas de la noche. Lo mismo ha pasado con el surf: si cuando eran adolescentes corrían con tablas pesadas de una sola quilla, hoy lo hacen, al igual que los jóvenes del balneario, con tablas livianas de tres o más quillas. Ante el paso del tiempo, ellos se han adaptado, y con ello demostrado que no hay relación más genuina que la que se lleva con la tabla al ritmo del transcurso de los años. Lo suyo difícilmente tiene fecha de
caducidad, y sus historias lo demuestran por sobre todo.

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Fernando Briceño, 61 años

«Cuando tus hijos te ven tablista, automáticamente entran a surfear; es una consecuencia indirecta que sucede a diferencia de otros deportes», dice Fernando, padre de Jazel, Talía y Taís. Para él, el surf no solo es el deporte que comparte con sus hijos, sino también la constatación de que cuando se está en contacto con la naturaleza, otras disciplinas difícilmente se le igualan. «He corrido maratones, he jugado tenis y básquet, pero si hay una pasión que realmente siento intensa es con la tabla», explica.

«Cuando tus hijos te ven tablista, automáticamente entran a surfear; es una consecuencia indirecta»

Fernando vino por primera vez a Punta Hermosa cuando tenía tres años. Su niñez se la pasó viendo a los socios del club Waikiki de Miraflores que llegaban a la playa Kontiki con inmensas tablas para correr. Más pronto que tarde aprendió a surfear, y cuando cumplió doce años, tuvo su primera tabla que compartió con su hermano mayor Beto, «lo cual generaba, a veces, más de un problema», recuerda entre risas. Eran tiempos en que a La Isla se la conocía como La Reventazón, y si querían ir a correr a una playa menos concurrida, tenían que caminar kilómetros para llegar a la hoy conocida El Silencio. «La relación con el mar —dice— es infinita y cada día la aprecio mucho más, al punto que el surf es mi vida».

Francisco Aramburú, 69 años

Su padre fue amigo de Carlos Dogny, el peruano que introdujo la tabla hawaiana al Perú en la primera parte de la década de los cuarenta. Aquella fue la primera generación de surfistas peruanos. Francisco formaría parte de la segunda, cuando en diciembre de 1959 empezó a correr. En 1965, Francisco fue uno de los primeros tablistas en correr en Pico Alto, la ola más grande del Perú.

«Cada vez que entro a correr con mi papá lo admiro más», Juan Francisco Aramburú .

Hace pocas semanas volvió a correr en Pico Alto y de paso conmemoró cincuenta años desde la primera vez que dominó sus olas, que pueden superar los diez metros de altura. Solo
que en esta ocasión lo acompañó Mateo, su hijo de diecisiete años, quien corrió con él y le estampó un regocijo inmenso. «Cada vez que entro a correr con mi papá lo admiro más. Él casi siempre es la persona de mayor edad que está en el agua y corre mucho mejor que los que estamos ahí», dice Mateo mientras su padre lo contempla. Ahora que está a punto de
empezar clases en la universidad, Francisco espera que los horarios de su hijo les permitan correr por lo menos un par de veces a la semana, aunque los resguarda el alivio de que este verano en Punta Hermosa fue inolvidable.

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Francisco Pardo, 57 años

Comenzó a surfear cuando solo tenía once años. A los dieciséis su padre le regaló su primera tabla, una bastante gruesa que medía siete pies con dos pulgadas, eran días en los que tenía que usar como wetsuit un traje de buzo bastante incómodo que le maltrataba la piel y, como pita de tabla, la cuerda de las cortinas de su casa que envolvía en una manguera para que no le cortara el pie.

«Hice que crearan una tabla para mi hijo de la misma tabla que me regaló mi padre».

Cuando a Francisco le tocó el turno de regalar una tabla al mayor de sus tres hijos, Juan Francisco, no tuvo mejor idea que pedirle a Ricardo Kaufmann, un shaper de la época, algo que parecía jalado de los pelos: «Le pregunté si podía construir una tabla de la tabla que me regaló mi padre». Francisco se define a sí mismo como soul surfer, es decir, un deportista que desde que comenzó a correr prefirió mantenerse al margen de las competencias. A diferencia de él, su segundo hijo, Percy, llegó a correr tres mundiales juveniles y participar en otras competencias más hasta que comenzó a estudiar. Si le preguntan hasta cuándo va a surfear, Francisco tiene una única respuesta. «Una vez le pregunté lo mismo al surfista Paco del Castillo y me respondió: “achicas la ola, agrandas tu tabla y sigues corriendo”. Este año he agrandado mi tabla a ocho pies, pero aún no achico la ola. Correré hasta que el cuerpo me dé».

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Eduardo Loret de Mola, 60 años

De niño, junto con su primo Gonzalo Rodríguez Larraín, iban asiduamente al club Waikiki para correr colchoneta. Ese primer indicio de su gusto por el mar se fortaleció gracias a José Antonio de Lavalle, el hermano de su madre que por esa época tomaba las fotos más aclamadas de los campeonatos de tabla hawaiana. «Desde ahí nació mi pasión por la tabla», agrega Eduardo, conocido por sus amigos como Wayo. Su primera tabla se la regaló su padre cuando tenía diez años, una Ron Jon de nueve pies con seis pulgadas, con una quilla cuadrada de madera que él mismo modernizó cambiándola por una quilla tipo aleta de tiburón.

«Hoy Alejo, mi hijo, es uno de los mejores corredores de ola grande».

Aunque Eduardo ha trabajado gran parte de su vida en la sierra debido a su trabajo en el sector minero, él se define como un hombre de costa. «Si no estoy corriendo olas, estoy pescando», explica. Eduardo y Alejandro, sus hijos, crecieron en Punta Hermosa, y rápidamente quedaron encantados con la playa y el surf. «Alejo sintió atracción por la tabla desde muy pequeño —recuerda Eduardo—; al principio lo hice correr conmigo en un tablón hasta que le regalé su propia tabla; hoy es uno de los mejores corredores de ola grande». Junto con sus amigos, Eduardo fue uno de los primeros que corrió Cabo Blanco en 1975, y aunque ha tenido innumerables viajes a destinos y playas del Perú y del extranjero, su ola favorita está más cerca de lo que muchos podrían creer: «¡La Isla!».

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