Puedes dejarte las medias puestas

Una periodista viaja a la sierra argentina para conocer y participar del Naturismo

Escribe (desde Córdoba): Sol Aliverti / Ilustraciones: Omar Xiancas
En una reserva natural de la sierra argentina, hombres y mujeres toman el sol y conviven desnudos para conectarse con la naturaleza y purificar sus cuerpos. Una periodista viaja hasta allí para participar y conocer de cerca esta filosofía llamada Naturismo (y descubrir que, a veces, lo raro es insistir en andar vestidos).

Primero: hay que estar desnudos. No solo se trata de estarlo, también de saber estarlo, de resignarse a la propia naturaleza o de reconocerla sin adornos. Porque así vinimos –qué pena, qué gloria– y así nos vamos.

Segundo: hay que saber desnudarse. Y aquí se corre el riesgo de hacerlo lentamente, como si se dejara algo que en realidad es nuestro. Hay que hacerlo con rapidez, como quien espanta una mosca de la solapa, como quien se sacude del frío con temblores cortos.

Tercero: hay que entender para qué sacarse la ropa. Acá todos saben desnudarse. Las quince personas que llegan van a desnudarse, también. La cabaña no es grande. En la sala principal hay un hogar con leños encendidos, pero la cena será en la cocina. Todos se reúnen alrededor de una mesa larga donde sobrará la bagna cauda, un plato italiano hecho a base de verduras y salsa de anchoas, servido en una olla de donde comen todos. La luz de la sala es blanca y hace frío. No hay música y los que están hablan poco. Si la reunión empieza en algún momento, está claro que no es justamente este. La verdadera interacción viene en un rato, falta lo central: desnudarse.

Que si es mi primera vez, preguntan. Respondo que sí.

Solo hay una razón que parece reunirlos: están acá porque son naturistas y los naturistas son nudistas. Según la Federación Internacional de Naturismo, se trata de un estilo de vida que privilegia el contacto con la naturaleza mediante el nudismo social, y favorece el respeto a sí mismo, al otro y al medio ambiente. Experimentar la desnudez en grupo no es raro, me dicen. La desnudez no es rara. Lo raro para los naturistas es estar vestidos.

Que si me puedo dejar las medias, pregunto.

Una pareja de unos cuarenta años me responde que lo importante es sentirse cómodo, que no pasa nada. La experiencia es una tranquila voz en off que parece decirme que aquello no es una orgía reprimida. Nada de eso. Están allí desnudos y van a comer bagna cauda.

El lugar común para esto en Córdoba se llama Yatan Rumi, una reserva naturista de 1.200 hectáreas, ubicada en Tanti, una población de la sierra, a 50 kilómetros de la capital cordobesa. El problema –que no parece importunarlos– es que hoy hace un frío no apto para pieles sensibles.

El dueño de casa, Giani, y su mujer arman una mesa larga con tablas. Más tarde llegará un señor de aproximadamente setenta años, anteojos gruesos y mirada miope. Cada uno trae su toalla para sentarse en las sillas de plástico, como una de las normas de higiene ineludibles. Todos los que están allí son naturistas y practican el nudismo social. Al rato llega Miguel Suárez, un hombre pequeño, de cabello negro corto y andar ligero. Se hace escuchar desde que cruza la puerta de entrada, saludando a los gritos, contento a pesar del frío, ansioso por dejar la ropa en el suelo. La ropa no es elegante: un pantalón gris, zapatillas, una campera de color oscuro e indefinido. Él es quien administra Yatan Rumi. «Llegó Miguel –dice alguien, como si anunciara la llegada de un padre severo, pero amoroso–. Ahora sí nos tenemos que sacar la ropa». Entonces todos se desnudan, rápido, como si les estorbara lo que llevan encima.

La experiencia no es nueva. Los primeros rastros del nudismo son bíblicos: a Adán y Eva ya les encantaba andar sin ropa en el paraíso. Después vino la serpiente, la mordida irresponsable y la pareja expulsada con ropa y vergüenza. Algo que parecen no tener ahora. La escena sigue como si nada. Doblan su ropa, la dejan ordenada en el salón principal.

Estoy desnuda y sentada sobre la toalla chiquita que traje. Estoy desnuda y nadie me mira. Lo gestos más cotidianos se hacen complejos: dónde poner las manos, hacia qué punto dirigir la mirada. Los envases de comida se abren y se cierran: pasame la gaseosa, siempre venís por acá. Después sortean un CD de Cirque do Soleil y una estadía gratis en Yatan Rumi. Luego se visten lentos, con pereza resignada, y se van con toda la ropa en su lugar.

Por más que uno intente darle vueltas al asunto, el asunto se queda como está: hay gente que solo se conoce desnuda en el baño o en la cama. Hay otros que prefieren hacerlo en la sobremesa.


Una casa rodante blanca está detenida en una estación de servicio de Tanti.

Adentro, once brasileros llegaron desde Curitiba para asistir a un encuentro sudamericano de naturismo que se realizará en Chile y para hacer, de paso, un recorrido por diferentes sitios nudistas del sur. Por eso se detienen en la sierra de Córdoba, como parte de esta gira mágica y sin misterios. La puerta se abre. Adentro están todos desparramados en los sillones y algunos en la mesa, charlando. Aún llevan la ropa puesta. Se saludan a los gritos, sobreponiendo el tono de sus voces. La mayoría son familiares: en total hay cinco mujeres y seis hombres, entre los que se encuentran tres matrimonios. Luiz Hack es presidente de la Praia Do Pinho, en Camboriú, la primera playa nudista de Brasil. «Las primeras veces de todo nunca se olvidan», dice debajo de su gorro negro. Tiene 56 años, es abogado; quiso ser sacerdote, pero después cambió de opinión.

—Yo estudié para cura, y creo que desde ahí ya era nudista —recuerda Hack al costado del carromato—. En el seminario nos hacían dormir con la ropa puesta, pero yo me sacaba los pantalones porque me molestaban. Los dejaba doblados al lado de la cama para cuando llegara el cura a despertarnos.

El Motor Home blanco lo conduce Lineu Souza, un mecánico de 59 años que construyó este carromato. Para él, el nudismo fue obligatorio por una cuestión de coincidencia y necesidad.

— Fui a la casa de Luiz a construir las cabañas y él me dijo que ahí se practicaba nudismo. Llamé a mi mujer y le dije que viniera. Me saqué la ropa y desde ahí no paré —recuerda Souza, sonriendo de lado, con una resignación que parece complacerlo.

Suely es una brasilera de 49 años, de cuerpo pesado, piernas anchas y voz estridente. Sus padres eran militares «muy conservadores, muy así», dice dibujando un cuadrado en el aire. Oficialmente es naturista desde hace dieciséis años, pero a ella ya le gustaba andar sin nada puesto en su casa desde siempre. La mayoría empezó de la misma forma: andaban desnudos porque así les gustaba y un día se enteraron de que esa costumbre es naturista y comenzaron a practicarla en grupo.

—Mis hijos se acostumbraron a vernos desnudos. Crecieron así, para ellos es natural. Ahora mis nueras son naturistas y mi nieta, que ya tiene cinco años, es naturista desde los seis meses —dice recostada en uno de los asientos de la casa rodante.

Suely cuenta que cada vez que vuelven de la playa nudista tienen que perseguir a su nieta con la ropa. La niña no se acostumbra a estar vestida. Tuvieron que explicarle que no todo el mundo es nudista y que para salir a la calle hay que ponerse la faldita y los zapatitos y el traje de baño. Una de las premisas del naturismo es el respeto hacia los demás, y no se puede practicar donde no está permitido.

Elias Alves Pereira es presidente de la Federación Brasilera de Naturismo. De pie, junto a la casa rodante, cuenta que va a la iglesia porque –aclara subiendo el tono de voz– es católico-apostólico «ro-ma-no». El naturismo no tiene ninguna relación con las religiones y se lleva bien con todo, menos con los malos entendidos. Antecedentes le sobran: fue a principios de siglo XX, en Alemania, que el nudismo comenzó a poner sus cimientos. En 1905, por ejemplo, Paul Zimmerman abrió el primer campo nudista social y familiar, llamado Freilichtpark [‘Parque de la Luz Libre’]. Otro alemán, el doctor Heinrich Pudor –sí, Pudor– escribió un libro sobre los beneficios del nudismo en la educación y defendió la práctica del deporte sin ropa. Para el doctor Pudor vestirse era una «inadmisible» renuncia a la naturaleza.

La práctica naturista asocia el desnudo con la medicina preventiva. Gracias a esas primeras ideas se crearon clínicas y campos naturistas donde la gente tomaba sol, hacía dietas desintoxicantes y practicaba deporte al aire libre, sin ropa. Algo así como un spa al desnudo. Para comienzos de los años treinta se celebró la primera conferencia nudista internacional: más de 26 mil personas desnudas en Frankfurt. Pero luego llegaron los nazis bien uniformados, cerraron todos los centros nudistas y los libros sobre naturismo fueron quemados. Cuando terminó la guerra, los naturistas volvieron al ruedo y legalizaron la primera playa nudista en la isla de Sylt. Entonces, cientos de turistas alemanes, con más confianza, salieron a recorrer el mundo con poca ropa en sus mochilas, en busca de zonas más cálidas donde tomar el sol desnudos.

Por todo eso no hay que confundirse. El desnudo aquí tiene un por qué. Y Elias lo recuerda en su camiseta blanca, que dice: «Por un naturismo correcto». Para ellos el desafío de las asociaciones y federaciones nudistas es acercar a las familias a esta filosofía. Elias cuenta que de cada diez llamados para afiliarse a la federación, siete son rechazados: la gente se confunde con que eso de andar desnudos es una invitación franca al sexo grupal.

Ahora están todos vestidos, pero más tarde, y a pesar del frío, van a quedarse sin nada, con el cuerpo desprovisto de telas, sin más información que la misma información del cuerpo. A esta gente le importa un bledo que el rey vaya desnudo. Si fueran los protagonistas del cuento, aplaudirían al monarca por tamaña decisión. En su desnudez no hay deseo ni intención. Solo estar. Como de vuelta al paraíso, como regresar a la infancia.


Miguel Suárez llegó a la playa Olho do Boi, en Buzios, de casualidad. Iba con su mujer en un auto recorriendo el litoral y cuando llegó a la playa naturista dijo, por qué no, y se mandó.

Fue lo que se dice, un viaje de ida.

Miguel Suárez dice que Libertad es la palabra que usa para referirse a la primera vez que se quitó la ropa, ese día, en esa playa. Y eso que parecía una travesura, una experiencia exótica, cobró sentido. Al llegar a Córdoba notó que no existía ningún lugar naturista para practicar el nudismo social. Comenzó a buscar y dio con un aviso clasificado. Era un campo de 1.200 hectáreas en Tanti. Llamó pensando que la cifra que pedían por el alquiler era un error. Miguel pensaba rentar una casa, no ser dueño del paraíso. Del otro lado del teléfono, el dueño del campo lo atendió.

—Le conté para qué queríamos alquilarle el campo y el tipo hizo un silencio como de quince segundos. Pensé que se había desmayado. Después me confesó que él y su familia practicaban nudismo ahí en el campo y como sabía que como naturistas íbamos a cuidar del lugar, me lo alquiló.

Eso fue hace nueve años. Ahora Miguel Suárez prepara el asado para los brasileros en el garaje de un hotel de Tanti, donde provisoriamente estarán ese día. Llueve y hace frío para ir a Yatan Rumi. Mal día para estar desnudos. Todos están vestidos y yo ruego en silencio que nadie se desnude. Miguel es obstinado y devoto a la causa que los congrega. Se saca la camiseta: «Voy a hacer medio nudismo, ahora», dice, al costado del asador. Él le dijo a Suely que quien acompaña al asador tiene el privilegio de comer la molleja. El resto se apresura a servir vino y cortar salame para no quedar fuera del festín. Ninguno de los brasileros sabe lo que es una molleja, pero están cerca del fuego que los aleja del frío de las sierras.

Yatan Rumi queda a quince kilómetros de Tanti. Allí el nudismo es obligatorio a partir de un cartel que dice: «A partir de aquí, nudismo obligatorio». Y si el día lo amerita, y si se anda con pocas pulgas, entonces se sube a una piedra que mira de frente a las 1.200 hectáreas, se quita toda la ropa y se queda así, pelado. No es de extrañarse que la primera vez uno tenga la sensación de estar frente a demasiada información junta: todo está allí, con uno o dos trapos menos. Yatan Rumi [‘piedra desnuda’ en lengua indígena] es un campo silencioso y monócromo. Lo único que hay que tener puesto son las zapatillas. El río serpentea por todo el campo, que no tienen caminos fijos ni demarcaciones claras.

Acá se realiza la maratón nudista todos los años, y congrega a visitantes de todo el mundo. Existe una sola construcción a la entrada de la reserva que funciona como cocina y tiene además tres cuartos a modo de hostería que se alquilan a unos quince dólares por día. Se puede acampar y pasar el día con pensión completa. El interior de esta recepción-cocina está tapizado de fotos donde se ve de todo, menos ropa.

El río es tibio. El agua, generosa.

«Lo que más me gusta del naturismo es lo igualitario», dice Miguel. Un día estaba en Yatan y había cuatro tipos sentados, charlando. Un cura, un arquitecto, un mecánico y un abogado. «Ninguno sabía quién era el otro, y estaban ahí, compartiendo. El nudismo te iguala, no hay máscaras», dice Suárez.

Eso es lo que también sintió Florencia Brenner, una mujer de cincuentitantos que conoció el nudismo con su esposo, en la playa de Saint Martin, hace veinte años. Ella es ahora Secretaria de la Asociación para el Nudismo Naturista Argentino [Appana]. Está allí como representante de la asociación para firmar un acuerdo de colaboración mutua para todas las actividades de nudismo que se realicen en la región.

Después del almuerzo y los cigarrillos, Miguel trae las hojas para firmar. De la escena hay algo que no cierra. Todos están vestidos y apuntando a la cámara para captar el momento de la firma de Elias, Miguel y Florencia. Miguel se da cuenta y bromea diciendo que cómo puede ser que estén todos ahí, tan tapados. El resto asiente y se ríe. Miguel se saca la ropa de un tirón violento, como si fuera dueño del paraíso, y sabiendo la única regla obligatoria en su Edén, dice: «Ahora sí». Atrás lo sigue Elias con gritos de alegría brasilera. Florencia tiene frío, pero le hace honor. La escena es la misma de hace unos minutos, pero invertida. Como si todos hubieran tenido frío vestido hasta las orejas, y ahora, por fin, pudieran vestirse con nada. El resto comienza a desvestirse, a solidarizarse, mientras los tres representantes firman el convenio. Los demás levantan la mesa, fuman un cigarrillo, preparan las cámaras, disparan: nadie se cubre, todos sonríen.

Suely prende un Cigarro de Palha, un cigarrillo hecho de chala de choclo y tabaco, y se ubica entre las banderas argentina y brasilera, que colgaron a modo de cumbre internacional en medio de la sala. Con media bandera argentina se tapa la mitad del cuerpo; con la brasilera, otro poco. Las banderas quedan colgando como un chaleco y ella abre los brazos y saluda para las fotos. Todos sonríen, aplauden. En esta sala nadie se ruboriza.

Que si ya me desnudé una vez, que por qué no lo hago ahora, me sugiere Luiz. Le respondo que no, que tengo frío, que no me desnudo mientras trabajo, que mejor no. Luiz me observa rogando que no de más excusas, y se saca la ropa. Entonces me da la cámara y me pide que les tome una foto. Después de dejar caer la última prenda, Luiz lanza el único argumento –el más irrefutable– que explica por fin, por qué es que están ahí desnudos y felices:

—¿Ves? —dice, antes de darme la espalda—. Desnudarse es la cosa mais fácil do mundo.