No te rías con la boca llena

Escribe: Carlos Fuller / Fotos: César Campos
Hay públicos difíciles para un comediante. Como los ejecutivos malhumorados o los ancianos. Pero existe una regla en el mundo del Stand Up Comedy: contra la comida no se puede competir. Cinco cómicos de la agrupación El Club de La Comedia presentaron sus monólogos un martes por la noche, en el Hard Rock Café del Jockey Plaza. Mientras los comensales atendían sus hamburguesas, sus cervezas y sus conversaciones. ¿Puede un grupo de comediantes triunfar en un restaurante bullicioso?

Esta es la noche. Nueve y media. Un balde repleto de cervezas con hielo, un cuarto muy caluroso, una mesa central, cinco músicos afinan sus instrumentos, pasan productoras, pasan fotógrafos. Este es el backstage, está en un segundo piso, hay tantos ventiladores como gente, pero todo sigue hirviendo. Afuera conversan cuatro de los cinco comediantes que hoy se van a presentar. En una escalera de metal, cada uno en un escalón; con un cigarro o tomándose una cerveza helada. Gachi Rivero se mueve por todos lados. Es una chica baja con una voz tan grave que lo envuelve todo. Los demás la llaman la diva o la regia. «Ojalá me acuerde de mi monólogo… ojalá, ojalá, ojalá. Voy a hacer mi plagio», se dice a sí misma. Así nomás, ya han pasado cinco minutos.

obra de teatro

Ahí está Walter Chullo, un tipo ancho que suele usar un chullo en sus presentaciones pero que, hoy, usa una gorra roja hacia atrás. Me lo describen como timorato, porque habla muy pausado; también como el provinciano, porque viene del Cusco. En otro escalón está Rodolfo Reaño, que bajo la gorra que lleva hacia adelante tiene la cabeza rapada. Cuando pregunto me dicen que no daban cincuenta céntimos por él. Y que ahora tampoco. Todos escuchan lo que dice Carlos Palma, el que será el presentador de esta noche. Es bajo, viste jeans, una camisa verde a cuadros y siempre sonríe. Habla sobre los diferentes tipos de público a los que se ha enfrentado. Los ancianos son los más difíciles. Los eventos con gerentes llevan bastante tensión. Hubo una vez en la que estuvo en un almuerzo de la marina, donde se presentó con miedo a no agradar al almirante. Y nunca falta una chica borracha que se desmaya en pleno monólogo.

Un cuarto para la diez, dentro de poco se reunirán a gritar un ‘mierda’ como los actores de teatro. Y dirán que así la gente no se ría, igual se van a divertir en el escenario. Eso dirán en unos cinco minutos, pero ahora no.

Ahora se abre la puerta. Entra Guillermo Castañeda. Un tipo bajo con un polo negro y jeans. Viene del escenario. De ver al público.
—¿Cómo está la gente? —pregunta Carlos Palma.
—Todos comiendo. Parece cena navideña —responde Guillermo.
Palma siempre está sonriendo pero, por un momento, se le nota nervioso. Contra la comida no se puede competir.


Comida es todo lo que hay frente a este escenario. En las bandejas de los mozos, en las mesas de los comensales. Hamburguesas, bifes, ensaladas, cervezas. Es el Hard Rock Café. Hay unas treinta mesas en todo el local y casi todas están llenas. Ya son las diez de la noche, hora de cenar. Todos están concentrados en sus propios platos y en sus propias conversaciones. Algunos saben que hoy, en pocos instantes, se montará un show de Stand Up Comedy. Otros no lo saben. Otros no saben ni lo que es el Stand Up Comedy.

Es el imperio del orden. No es un show de improvisación. Es un monólogo sobre un tema determinado y que sigue una secuencia. Se puede jugar con el público, pero todo debe tener una idea. Muchos, como Gachi Rivero, llevan un pequeño papel con palabras clave para acordarse de lo que van a hablar. Porque si te olvidas, estás perdido. Ahí, indefenso, solo frente a un público que espera que lo siguiente que salga de tu boca sea algo gracioso. El Club de la Comedia tiene técnicas para salir airoso de esos momentos. Porque así como el Stand Up Comedy es el imperio del orden, su humor es también el más planificado. Se puede pedir un aplauso al público y decir «un aplauso para mí porque me olvidé». O salir del escenario para revisar las anotaciones, luego volver y decir «Por favor, que se acerque el propietario del auto con placa…».

Todo se prepara desde las oficinas de la Avenida Larco, en Miraflores. Donde se reúnen alrededor de una mesa, y piensan de qué irá la próxima presentación. Cada uno dice el tema que tratará. Las mujeres, los hombres, los ex, el Facebook, la madre, la familia. Y alrededor de esa mesa lanzan ideas. Pero no siempre existió esa oficina. En 2006, cuando el grueso del grupo recién se conoció, se reunían en las casas de los miembros y se presentaban en lugares que hoy ya no existen. Como el Mosquito Bar, donde hacían sus monólogos en tabladillos puestos sobre cajones de cerveza.

Carlos Palma le explica al público del Hard Rock Café las reglas. Este entró al escenario presentado por su socio, Guillermo Castañeda, quien lo describió como el animador más pedido de los circos del Perú. Algunos pocos desconfiados se fueron del restaurante, la mayoría de los comensales se quedó y repartió su atención entre sus platos y lo que Carlos les decía. «Regla número uno: Apaguen sus celulares. De lo contrario, el comediante baja del escenario, y si tienes un defecto físico te hace basura en público. Regla número dos: Si alguien aplaude, no lo dejen aplaudir solo. Le van a ocasionar un trauma al pobre. Y número tres: se tienen que matar de risa».


El primero fue Walter Chullo. Cusqueño. Habló acerca del Facebook. De los 1500 amigos online a los que invita a sus eventos y de los únicos tres del Cusco que asisten. De cómo a Walter Chullo le pone like al Club Regatas y quiere ser amigo del Club Regatas y es choteado por el Club Regatas. De cómo el Facebook vendría a ser el «Slam» de nuestra época; aquellos cuadernos escolares en los que se escribían los gustos y disgustos de cada uno. Cuenta Walter Chullo que en su infancia, en Cusco, se preguntaban cosas como ¿A qué profundidad trabaja tu papá en la mina? o ¿Sabes cuántos metales tóxicos tiene tu organismo? Walter habla pausadamente, mientras los comensales ríen y se cuentan entre ellos que, de niños, también tenían Slams. Walter es muy distinto a Rodolfo Reaño, que está ahora en el escenario y levanta mucho la voz al hacer su monólogo acerca de los hombres machos. Que grita SAAAOOO muy alto cuando pregunta quiénes se consideran machos y le responden dos hombres corpulentos que beben cerveza en la misma mesa.

Desde hace media hora que los mozos han dejado de llevar comida y se recuestan en grupo para ver el espectáculo. Buena parte del público ha dejado de lado sus platos. Ahora entra Gachi Rivero, presentada como la Doña Bárbara de El Club de la Comedia, como la damisela. Y la damisela habla de los ex enamorados, de cómo siempre «quieren hablar» y de los tipos de ex enamorados que hay. Cada una de las parejas presentes se miran entre ellos y se señalan. Hasta que llega el último, Guillermo Castañeda. Que, como cada uno de los miembros del Club se ha preparado por semanas para este, el primer show de la temporada. Luego vendrán presentaciones todos los viernes en La Estación de Barranco, pero esta es quizá, la más importante. Tiene todo listo, en orden, y guarda su hoja de papel con la secuencia que ya ha memorizado. Son casi las doce de la noche, el Hard Rock Café sigue lleno. La hora de comer es, ahora, la hora del Club de La Comedia y, a lo mucho, se piden bebidas para acompañar el show.

Guillermo comienza hablando de las preguntas existenciales. De por qué los villanos siempre quieren destruir el mundo. ¿Dónde van a vivir después? O de aquellas preguntas que lo asaltan a uno en la privacidad del baño.

—La otra vez quise ir a orinar. Entonces entré al baño, me senté…
El público estalla de risa. SAAAOOO, le gritan todos. Guillermo se sonroja y se queda parado, riendo para sí mismo.
—Es que, a veces, es más cómodo, pues —responde sonriendo. Luego sigue con el show. Todos lo escuchan. Ya nadie come.

El humor siempre gana, después de todo.