No necesitas matar dragones para contar tu vida

Escribe (desde Madrid): Jaime Rodríguez Z. / Foto: Anna Kaim
Etgar Keret escribe cuentos casi de cualquier cosa: desde un atentado suicida hasta un resfriado. Sus libros son best sellers y se publican en 35 países. The New York Times y Salman Rushdie lo alaban y los críticos comparan su talento con el de Kafka y Woody Allen. Está convencido de que por más aburrida que sea la vida de alguien, puede servir para crear una gran historia

Son las once de la mañana en Madrid y Etgar Keret mira su reloj. No es que esté especialmente preocupado por las entrevistas que le quedan por hacer [lleva tres a esta hora de la mañana], pero faltan solo nueve horas para el partido Madrid-Barça y Keret está impaciente. Tiene una teoría, en realidad tiene muchas, pero esta es la primera que me suelta: para ser del Madrid hay que ser mala persona. No puedo decir que esté del todo en desacuerdo. Keret, en cambio, es del Barça, lo que según esa lógica lo convierte de inmediato en una buena persona.

Sus libros son best sellers en Israel y se publican en 35 países. The New York Times le ha llamado «genio» y para Salman Rushdie es «un escritor brillante, la voz de una nueva generación». La razón de su éxito podría ser que sus libros ofrecen una combinación única de acidez, sentido del humor y algo que podríamos definir vagamente como «costumbrismo fantástico», lo que lo ha llevado a ser comparado con autores que van de Kafka a Woody Allen. Etgar Keret es, además, de esos autores cuyas historias parecen contener siempre su propia teoría del cuento. Le pregunto si hace esto de manera consciente. «Para mí escribir es parecido a soñar –dice–. Es más bien como una experiencia inconsciente y, al igual que con los sueños, solo cuando termino la historia recién intento entender el significado».

Al leer sus relatos es que parece escribir cuentos casi de cualquier cosa. ¿Cómo desarrolla esa capacidad de observación de las cosas, de todo?
Soy de los que creen que cuando escribes un relato no lo sacas de la nada. Uno no crea algo a partir de nada, siempre lo hace a partir de algo.

¿Y siempre está uno mismo en eso que crea?
Tu vida puede no ser el tema del relato, pero tu vida y tus emociones son los materiales con los que lo construyes.

¿Aun la vida más trivial y cotidiana?
No necesitas matar dragones para escribir sobre tu vida.

Estamos en la sede de la editorial Siruela, donde ha publicado sus últimos tres libros de cuentos. De repente llaman a la puerta, el último, podría servir como manual para nuevos narradores: cada cuento parece contener su propia teoría del cuento. Cada historia del libro es una historia sobre escribir. Siempre personajes que parecen sobrevivir entre la ciudad y su naturaleza a menudo absurda. Me interesa esa dimensión urbana de su obra. «Nunca he vivido a ras del suelo –dice–, siempre he vivido en apartamentos. De hecho, el significado de mi nombre de pila, Etgar, significa desafío [challenge, dice en inglés], y mi apellido, Keret, significa Gran Ciudad [big city], con lo cual podrías decir que mi nombre es urban challenge, o desafío urbano, que creo es un gran nombre para unas zapatillas, pero no sé si muy bueno para una persona». Etgar Keret es, pues, como un predestinado. «Lo que me gusta del entorno urbano es la interacción. Me interesan las relaciones entre las personas, no las personas en solitario. Mis personajes siempre intentan comunicarse y siempre fallan, pero no dejan de intentarlo».

Keret es como una estrella de rock en el terreno del cuento. Da conferencias por todo el mundo. Hace charlas, imparte talleres. Es un maestro itinerante en el arte de contar historias.

«Muchos escritores cometen el error de escribir sobre cosas que son importantes para los críticos o para los lectores, pero se olvidan de que la historia tiene que ser importante para ellos mismos. Si escribes algo que te interesa es muy probable que logres que interese a sus lectores. Si escribes sobre lo que te gusta y no le gusta a nadie, por lo menos le habrá gustado a una persona en el mundo»

¿Se puede enseñar a escribir? ¿Cuál es el mejor consejo que le puede dar a un escritor novel?

El mejor consejo que puedo darles es: lo único importante es escribir sobre algo que te apasione. Muchos escritores cometen el error de escribir sobre cosas que son importantes para los críticos o para los lectores, pero se olvidan de que la historia, antes que nada, tiene que ser importante para ellos mismos. Yo, por ejemplo, durante mucho tiempo intenté escribir una historia sobre hemorroides [se refiere a un breve relato más o menos existencial protagonizado por un hombre y una almorrana]. Naturalmente mucha gente me dijo pero por qué diablos escribes sobre eso, no es un tema interesante, ni agradable, ni nada. Pero quería escribirla y lo hice. Me importaba a mí. Lo que quiero decir es que si escribes algo que te interesa es muy probable que logres que interese a tus lectores. Si escribes pensando en otros nunca tendrás la pasión suficiente como para llegar a esos lectores. Si escribes sobre lo que te gusta a ti y no le gusta a nadie, por lo menos le habrá gustado a una persona en el mundo.

Sus libros, pues, son como compendios de todo. Quizá porque nunca piensa en los libros antes de escribirlos. Escribe sus relatos como piezas de un rompecabezas cuya imagen desconoce. Pero al final siempre están las personas, la ciudad, Israel, el absurdo cotidiano, la crítica social, el humor. Es curioso, pero cuando pienso en el sentido del humor judío, le digo, inmediatamente pienso en cierto tipo de chiste intelectual pasado por Hollywood, a la manera de Woody Allen. «El sentido del humor judío se formó en la diáspora, cuando los judíos se sentían débiles, y créeme, no nos gusta sentirnos débiles. En la diáspora sentimos esa debilidad y entonces aprendimos a reírnos de nosotros mismos, como un escudo. Desarrollamos un sentido de la autoironía. Además piensa que siendo israelí, siempre tienes como dos identidades: eres judío e israelí, podemos burlarnos de nosotros mismos doblemente. Esa doble identidad, por cierto, está también en el centro de nuestro sentido del humor».

¿Sigue siendo optimista sobre el conflicto palestino-israelí?
Soy optimista en general, digamos que soy optimista por estrategia. No puedes vivir en medio oriente si no eres optimista, no tendría sentido. Pero objetivamente las cosas van cada vez peor, cada una de las partes comete errores. ¿Sabes cuál es, ideológicamente hablando, la diferencia entre la izquierda y la derecha? El optimismo: la izquierda cree que las cosas siempre pueden ir mejor, mientras que la derecha siempre cree esto es lo mejor que podemos tener y que es mejor no tocarlo. Yo prefiero pensar que las cosas siempre pueden ir mejor. Y quiero creer que, por lo menos en Israel, vamos hacia un centro…

Al final del último cuento del libro, un autor, el protagonista del relato, es entrevistado por una periodista alemana. El hijo del autor le pregunta a la periodista qué animal es, y ella le contesta «yo no soy un animal, soy un monstruo, un monstruo que ha venido del otro lado del océano a comerme a los niños guapos como tú»… Le digo que esa es una imagen perturbadora, sobre todo viniendo de un autor israelí.

Acaso cuando ustedes piensan en Alemania siempre piensan en…
Sí, siempre. Por lo menos, yo. He enseñado en Alemania, en Berlín. Tengo algunos grandes amigos alemanes, y me siento muy cercano a los alemanes de mi generación porque tenemos el mismo problema con el pasado: mientras nosotros nos sentimos víctimas, y no nos gusta sentirnos víctimas, los alemanes se sienten victimarios, algo que detestan. Pero creo que siempre habrá esa especie de memoria en mi cabeza cuando se trata de los alemanes. No es algo de lo que esté especialmente orgulloso.

En el cuento, cuando la periodista alemana dice lo del monstruo, el padre, que está traduciéndole al hijo la respuesta, miente deliberadamente: «dice que es un pájaro cantor de alas rojas –traduce falsamente el padre–, un pájaro cantor que ha venido de un
país lejano».