Niña buena en tacos de niña mala

¿Puede una chica que siempre sacó ‘A’ en conducta diseñar zapatos para mujeres fatales?

Escribe: Carlos Fuller / Foto: Thais Kouri
Donna Cattiva significa ‘mujer mala’ en italiano. También es el nombre de la marca de tacones de la diseñadora Camila Pareja. Una marca que lleva un corazón roto como logotipo y que fabrica zapatos con púas, correas de cuero o con diseños animal print. pero ella jura no ser una mujer malvada o salvaje. Al menos, no siempre. ¿Puede una chica que siempre sacó ‘A’ en conducta diseñar zapatos para mujeres fatales?

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Camila Pareja mide 1.76. Es, digamos, alta. Pero usa tacos de quince centímetros que la hacen medir más de 1.90. Dice que llevarlos tan altos es como tener el mundo a sus pies, que la hacen sentir poderosa. Los tacones alargan sus piernas, sus caderas se balancean un poco más cuando camina sobre ellos y, por la posición de los pies, le quiebran la zona lumbar, poniendo el acento ahí, donde su espalda cambia de nombre. Cuando Camila decidió lanzar una marca de tacones pensó precisamente en ese efecto: esa imagen poderosa que proyecta una mujer cuando está algunos centímetros arriba que el resto de mortales.

También pensó en la mujer que usaría sus zapatos. No sería dócil y manipulable. No. Sería independiente, poderosa –como una Carrie Bradshaw, de sex and the city, fascinada con sus Manolo Blahnik de taco 12–, capaz de convertirse en malvada por un día. Una mujer que cuando se ponga tacones –stilletos, de plataforma, con diseños de animal print, con corazones rotos o con púas– tenga en sus pies un arma de seducción. Una femme fatale, que le dicen.

Donna Cattiva, su marca de zapatos, significa ‘mujer mala’ en italiano. Pero Camila Pareja no es nada de eso. Es una niña buena confeccionando tacos de niña mala. Al menos, eso jura.


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Camila Pareja usa tacos, pero sabe cómo tener los pies sobre la tierra. Su genética creativa viene de lejos. Quizá no de sus padres, que eran vendedores –él de productos dentales; ella de productos orales para bebés–. La naturaleza, sin embargo, le regalaría los dones de su abuela. Ella tenía una marca de pijamas y, hasta que Camila cumplió once años, sentó a su nieta en sus faldas para enseñarle a coser a máquina. También jugaban juntas durante muchas horas con retazos de telas para confeccionar pequeñas maravillas. Cuando su abuela falleció, Camila sabía que había quedado marcada. No sería su única huella temprana, también quedó la genética mercantil de sus padres. Desde los siete años dibujaba y pintaba vestidos de colores, los que vendía a dos soles cada uno, aprovechando esos lonches vespertinos.

Esa suerte de yin-yang de su personalidad –blanco y negro, bondad y maldad, la ternura e ímpetu– ha estado presente en la vida de Camila. Siempre que sus padres querían comprarle algo relacionado con el mundo rosado de Barbie, Camila prefería a Gatúbela.

Siempre vivió fascinada por las villanas de Disney. Su favorita era Úrsula, la malvada bruja mitad pulpo que quería evitar el amor entre La Sirenita y su príncipe. Camila tenía un peluche de Úrsula y se sabía la letra de las canciones que la malvada cantaba en la película.
Pero hasta ahí llegaba su maldad.
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Fuera de eso, Camila era tranquila. ‘A’ en conducta desde siempre. No lleva tatuajes ni aretes. Hay en ella una dualidad que atrae. Una niña buena que vuelca su lado fatal en forma de tacones wow, como suelen calificar sus piezas las amantes de sus zapatos. Camila Pareja sabía que sería diseñadora desde que estaba en el colegio. Estudió en Mod’art y su tesis de graduación mostró aquella fascinación por la maldad que siempre había tenido, pero que jamás había ejercido. Su idea era vincular a las villanas de los cuentos con la imagen de la femme fatale.

Le encantan los musicales de Broadway, el estilo de la época dorada de Hollywood. Se pasaba las tardes viendo Chicago o Cabaret y otras películas antiguas, en busca de un concepto que englobara lo que quería transmitir con su colección. Al principio, sus profesores no la entendían. No tenían idea que aquella tesis final sería el germen de lo que, años después, sería Donna Cattiva.

Al graduarse, Camila Pareja trabajó en el equipo de diseño de una tienda por departamento. Pero por su cargo no podía desarrollar su propia línea de ropa. Por ello, a la par, decidió desarrollar zapatos. Abrió la guía telefónica, llamó a zapateros, tocó puertas para hacer una colección pequeña. Era invierno de 2010. Preparó dos modelos de botas, y confeccionó 36 unidades. Las vendió todas.

Así nació Donna Cattiva, con un corazón roto como logotipo.

Camila Pareja es noctámbula. Un poco villana de nacimiento, pero sobre todo misteriosa y extrovertida, chica que hace de la noche su momento favorito. Dice que las mejores ideas se le ocurren a oscuras. De noche le vino a la cabeza el nombre de su marca. Duerme poco. Ahora mucho menos. Desde octubre del año pasado está en Barcelona llevando un máster en Marketing y Comunicación de Moda, en el Instituto Europeo de Diseño. Lo alterna con un curso de Modelaje de Calzado durante el día. Estudia hasta las diez de la noche. Dormir no está en sus planes. Por estos días está preparando su sexta colección, la que lanzará este mes, en Lima. Se llamará cattiva barcelona. Será pequeña, una edición limitada. Siempre con ese estilo entre mujer salvaje y seductora. «¿Qué mujer no ha querido ser mala por un día o ha odiado a un hombre?», dice Camila, desde Barcelona. «A veces estamos de mal humor y nos queremos poner tacos para sentirnos seguras y fuertes. Donna Cattiva es un estado de ánimo. Algo que a veces provoca ser». Y a Camila Pareja, la chica buena que diseña zapatos para chicas malas, le provoca serlo.