Mujer Bandera

Catalina Ciccia ha recibido cientos de reconocimientos por ser la custodia de la bandera. Nunca dejó de izarla, ni en la época del terrorismo

Escribe. Aura Becerra // Foto: Marco Garro
Desde hace más de treinta años, Catalina Ciccia se ha convertido en la custodia de nuestra bandera. Ha asistido a más de 2 mil izamientos en la Plaza a la Bandera. Ni siquiera durante la época del terrorismo dejó de hacerlo. En su casa siempre flamea una bandera nacional, junto a las cuatrocientas condecoraciones que ha recibido por su labor.

Catalina Ciccia aguarda en un vehículo de la policía con la Bandera Nacional. Cada domingo, una patrulla la recoge de su casa que queda a tres cuadras de la Plaza a la Bandera, ubicada entre los distritos de Pueblo Libre y Breña. En la plaza ya se encuentran en formación un batallón del ejército y su banda. En el centro se ha colocado un pequeño estrado y un parlante negro en medio de la plaza. Civiles aguardan sentados en el muro sobresaliente de los jardines que rodean la plaza. Hay niños, adultos y ancianos. La mayoría son quizá familiares de los escolares que desfilarán más adelante. Catalina sale del carro de la policía. Está vestida con un sastre de color marrón, zapatos negros y de su brazo cuelga una cartera negra también. Es de contextura delgada y mide poco más de 1.50. En el pecho lleva una insignia metálica del Escudo de Armas del Perú de color dorado. Hace entrega del Pabellón Nacional al ejército y comienza a recorrer la plaza. Su plaza. El ritual infaltable de cada domingo.

Cada año –mientras recorría uno por uno los 17.924 m2 que ocupa la plaza– su cabello se fue cubriendo paulatinamente de canas. La conoce mejor que cada arruga en su tez clara. La Plaza a la Bandera fue un proyecto que estaba ya considerado en los planos de urbanización para Lima de Don José de San Martín. La construcción se quedó a medio hacer y un mercado, un colegio y hasta un asentamiento humano invadieron parte de la plaza. Catalina es la presidenta de la Asociación Cívica Plaza a la Bandera, que recuperó el terreno y el 21 de octubre de 1980, tras tres años de trabajo, vio finalizada la obra. Es la primera y única plaza que homenajea a este símbolo patrio. La Plaza a la Bandera es de forma circular y está compuesta, en la zona central, por tres grandes escalinatas cuyos bordes se hallan pintados de los colores de la bandera nacional: rojo y blanco. Jardines que se intercalan con cada uno de los accesos a la plaza rodean la zona central. Detrás de uno de los jardines se halla un muro de concreto donde en nueve placas de bronce se puede leer en un grabado la historia de los símbolos patrios. En el centro exacto de la plaza se alza un asta de 35 metros destinada a ondear con orgullo la bandera peruana. En su base lleva una placa conmemorativa a la inauguración de la plaza que coincidía con el 180 aniversario de la institucionalización del uso de la bandera por el general Don José de San Martín. La placa es de bronce y lleva el Escudo Nacional en la parte más alta de la placa. Debajo del símbolo patrio se lee el nombre de la plaza erróneamente escrito: Plaza de la Bandera. Una de las tantas cosas que irritan a Catalina. Antes de que la placa sea colocada, ella había dado la indicación bien clara: Plaza a la Bandera.

Parece estar condenada a vivir rodeada de errores que ella no se cansa de corregir. Como las personas que se encuentran sentadas frente a ella ahora mismo. Con voz autoritaria indica que todos deben de estar en posición de firmes cuando se inicie la ceremonia mientras con su dedo señala el asta. Se acerca a la multitud, abre su cartera y sus manos buscan algo en su interior: pequeñas banderas hechas de papel. Las reparte entre los más pequeños mientras da indicaciones al resto de los asistentes.

Si Catalina denunciara cada mal uso que se le da a la bandera, no terminaría nunca. Se ha topado con banderas rotas y sucias. Se queja de que el Serenazgo y la Municipalidad no hacen nada. A nadie le interesa. Catalina ha tocado puertas de edificios y casas para llamar la atención cuando ha visto una bandera mal colocada. Hace cuatro años, fue a la clínica Stella Maris por unos exámenes de rutina. Se escandalizó al ver que habían colocado la bandera de cabeza. Inmediatamente fue a preguntar quién era el responsable. Cuando regresó, días más tarde, ya habían corregido su error. Incluso ha llamado la atención al Juzgado de Paz Letrado que se ubica a una cuadra de su casa porque tienen la mala costumbre de colocar el Pabellón Nacional roto y de no bajarlo a la hora establecida. De acuerdo al Protocolo Oficial –que ella cumple a cabalidad– el Pabellón Nacional debe de ser izado a las 8:00 a.m. y arriado a las 6:00 p.m. Catalina se los ha dicho interminables veces, pero aun así continúan con sus errores. Hay casos que sí han llegado a mayores. Catalina denunció penalmente a Enrique Zileri, director de la revista Caretas, porque en su revista se colocó a un bebé saliendo de la cornucopia. Catalina fue a la DININCRI a ratificar su denuncia, el cargo: vilipendio a un símbolo patrio. Pero la denuncia quedó archivada, nunca nadie hizo algo al respecto.
Nadie hace nada bien. A menos que ella les indique cómo. Catalina camina por toda la plaza. Da indicaciones. Apunta con el dedo. El general que la acompaña en todo momento no dice nada, ella es la experta. Catalina dirige su mirada y su dedo hacia el público que se halla enfrente de la tribuna. Antes de iniciarse la ceremonia, ella ocupa su puesto al lado del general. Se da inicio a la ceremonia cuando tres militares en pulcra marchan se acercan para pedir el permiso correspondiente. La banda empieza a tocar. Catalina se ha colocado lentes de color oscuro para impedir que el brillo del sol le imposibilite observar la bandera en lo alto del asta. Cuando el reflejo de la bandera ondee en sus lentes oscuros, se volverá inevitable caer en la nostalgia y los recuerdos. Catalina mira la bandera casi con amor. La señora Ciccia recuerda la historia de cada una de las historias de las banderas que ha tenido que conseguir cada año y medio desde 1980 como quien recuerda a sus hijos y nietos. En su casa tiene dos Pabellones Nacionales que se usan para las actividades de la plaza: una en reserva y otra en uso. Porque no se trata solo de un símbolo y unos colores impresos en un pedazo de tela.