Mucho Desierto

Los médanos de arena no son un obstáculo

Escribe: Jack Lo Lau //Foto: Bruno Monteferri
En las dunas de Ica, Mario Vera, un loco de los buenos, trabaja de sol a sol para conservar este pedazo de desierto (aunque suene contradictorio) en donde se puede aprender sobre la vida con un poco de adrenalina

A las ocho de la noche, no se ve nada en medio del desierto. El cielo empieza a despejar y la luz de las estrellas va salpicando el techo negro. A las diez de la noche, todo allá arriba estalló como canchita. Es suficiente unos minutos en medio de estas dunas para comprender la pasión casi delirante que siente Mario Vera cuando se sube a uno de sus autos tubulares. Este hombre maduro, sin pelo y cincuentón, tiene más de dos décadas jugando con arena. Trabajó por muchos años para uno de los hoteles más prestigiosos de Ica: organizaba las excursiones y los paseos. Era el encargado de inyectar adrenalina a los huéspedes, combinando arena y velocidad. Sin embargo, hace seis años comenzó una nueva historia. Le fue otorgada una Concesión para Ecoturismo que llamó Maveco Sand. La idea: compartir su sueño con todos los que estén dispuestos a darle libertad a sus emociones.

El desierto es uno de los ecosistemas más frágiles del planeta. La vegetación crece lento y el cambio climático, el desarrollo urbano y la agricultura perjudican su desarrollo. Para muchas personas, este lugar no tiene valor. Es un espacio seco en el que supuestamente no crece nada. No hay agua, la arena quema y todo se hace insoportable. No hay nada divertido. Los que dicen eso, claro, nunca han estado sobre una duna. Los desiertos en todo el planeta tienen más de 50 millones de kilómetros cuadrados, casi un tercio de la superficie terrestre. Lo mismo que si juntáramos Rusia, la Antártida, Estados Unidos y Canadá, los cuatro territorios más extensos del mundo. Tan solo en el Perú hay 185 mil kilómetros de desierto que se reparten en toda la costa, desde Tumbes hasta Tacna. Y Mario Vera tiene una Concesión para Ecoturismo de casi mil quinientos kilómetros cuadrados, repleta de paz.

Desde pequeño, a Mario Vera le apasionaba el desierto, sin saber que luego lo adoptaría como su hábitat. No es envidioso ni egoísta. Su proyecto de vida es filantropía pura, dura y achorada. Una invitación para que más personas vayan conociendo el valor de la arena que se deja moldear por el viento. El desierto es un espacio que cambia constantemente. Una duna no será la misma dos veces seguidas. El primer paso para amar algo es conocerlo. Y esa es la misión de Vera. Recibe a los visitantes, les cuenta historias del desierto y los va sorprendiendo. «Conectar para desconectar. Puedo desconectarme del tráfico y el ruido de la ciudad para conectarme con la naturaleza. En el momento en que más personas descubran eso, muchos querrán estar aquí», dice Vera, y suena como un profeta convincente.