Marcos López

La irreverencia en el arte pop latinoamericano

Escribe. Gloria Ziegler / Foto. Marcos López
Un niño que salió de un colegio de curas en una provincia argentina ahora es un fotógrafo que prefiere una cerveza antes que hacer cola en el Louvre de París. Es el mismo hombre que escogió un caimán muerto en el mercado de Iquitos como parte de una de sus composiciones. Había emprendido un viaje alucinado por el continente en busca de imágenes surreales. Llegó a Iquitos hace poco y la selva se las entregó.

Hay un caimán degollado sobre la mesa. Una mujer lo disecciona con movimientos rápidos. A su lado, en otra tienda, ofrecen a gritos cerveza helada. Los mototaxis pasan junto a los puestos del mercado Belén en Iquitos y hacen un rugido ensordecedor, pero la mujer sigue concentrada en el animal muerto. Nada parece capaz
de distraerla.

Nadie.

Un hombre la mira desde lejos. Ella no lo sabe, pero él mira hipnotizado esos movimientos violentos. Y, entonces, se acerca.

-Señora, ¿le puedo sacar una foto?

El cuchillo se detiene en el aire. La mujer levanta la vista en silencio y le sostiene la mirada.

-Mire, le voy a dar cinco dólares.

-Ok.

-Bueno, agarre el caimán de la cabeza y mire ala cámara. Espere. Antes, por favor, sáquese el suéter y quédese con la blusa, así se le ve el cuello.

-Usted –le dice a la mujer del puesto vecino- ¿me vende tres cervezas? Póngase acá con una botella.

-Señora –se vuelve a la primera– sáquese la chancleta y ponga el pie arriba de la silla así se ven las uñas rojas.

Entonces, cuando las dos mujeres obedecen, dispara.

«Exorcizo mi parte salvaje, violenta, una especie de indio vengativo. Es el resentimiento del mestizaje. Tenemos la misma sangre y los mismos abuelos esclavos y hay un momento en que hacemos crac y su mirada es mi mirada. Nos volvemos frágiles y nos preguntamos ¿para qué carajo estamos en este mundo? ¿Cómo solucionamos las cosas que no se solucionan?», dirá tiempo después ese hombre. Es el fotógrafo argentino Marcos López, el principal representante del pop latino y el sub-realismo criollo, autor de tres libros, docente itinerante, conferencista y responsable de más de treinta exposiciones individuales en Nueva York, París, Madrid, Buenos Aires, Sao Paulo y Lima, entre otras ciudades.


«Me apropio de América Latina como si fuera el patio de mi casa», dice ahora Marcos López, en la sala de su casona antigua, en el barrio porteño de Constitución. A su alrededor hay bustos de Eva Perón y del Che Guevara, una sirena mexicana, jarras en forma de pingüino, un tapiz, un espejo y un conejo rojo. Hay también una biblioteca. Y allí, entre libros de pop art, fotografía y lucha libre, está Recuerdos de Iquitos, la obra en la que el pintor Christian Bendayán reúne a otros artistas amazónicos. «Desde que lo descubrí, Iquitos era como la meca. El deseo». Uno de esos que de tanto quererlos asusta. «Me daba miedo ir porque era como que a un chico de campo lo lleves de vacaciones a Las Vegas».

Tres años después, el director argentino Pepe Tobal le propuso hacer un documental: quería registrar su proceso creativo recorriendo las ciudades más surreales de América Latina. Presentaron el proyecto en el Instituto Nacional argentino de Cine y Artes Visuales (INCAA) y ganaron el premio en la categoría Serie Documental. Entonces, Marcos López viajó a Iquitos.

«Fui a conocer a mis maestros: Luis Sakiray, Lu. Cu. Ma y Ashuco, como quien viaja a París para ir al Louvre. De hecho nunca fui al Louvre. Jamás haría esa cola, prefiero ir a un bar y tomarme una cerveza». Vuelo de cabotaje. Retrato de un retrato registra la mirada de uno de los principales fotógrafos latinoamericanos durante su travesía desde la provincia argentina de Santa Fe, las ciudades de Carlos Paz, Mar del Plata, el conurbano bonaerense hasta la Triple Frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil, La Paz e Iquitos. Captura todo: las escenas populares y el pop art de sus fotografías, su deambular por las ciudades, sus conversaciones, los silencios, la construcción de sus retratos.

«Fui desde La Pampa gringa hacia la América Bolivariana,la América desértica y la América selvática en un viaje épico. Mezclando el arte popular con el pop art, el documental clásico, el comic y la psicodelia amazónica. Haciendo una mala copia de Andy Warhol mezclada con el pintor Antonio Berni –un argentino nacido a inicios del siglo XX, que redefinió el arte político y social–», dice ahora, sentado en un sofá, mientras apoya las piernas sobre la mesa de centro de su sala. Pero allí, en medio de esa explosión de colores e imágenes, también están sus recuerdos. Porque en esos lugares, también había algo más del irreverente fotógrafo argentino. El hijo de un ingeniero y una maestra que creció en un pueblo de la provincia de Santa Fe. El mismo que estudió Ingeniería por pedido de su padre y abandonó la carrera el último año, después de un viaje por Bolivia y Perú, como fotógrafo aficionado a fines de los setenta.

«Empezamos el viaje en Santa Fe, con mi mamá y mis amigos de la escuela secundaria, porque ahí está ese conservadurismo católico, ese sincretismo religioso afrolatinoamericano, con mi mamá prendiendo velas a los santos. Porque todo eso soy yo», cuenta López. Desde ahí hasta la playa Mardel Plata y las sierras del centro del país en la provincia de Córdoba, dos lugares de veraneo tradicionales, que se convirtieron en un emblema de la identidad argentina. «Es el recuerdo de mis vacaciones de la infancia y Carlos Paz como una especie de Las Vegas de cartón pintado, con su reloj cucú, las aerosillas y el burrito».

Once años atrás, en ese mismo lugar de Argentina, Marcos López reunió a quince amigos y un productor teatral. Compraron vino barato, soda y prepararon un asado para recrear La Última Cena. Aún no lo sabían pero pocos días después se desataría la crisis política y económica del 2001. Entonces, su fotografía Asado en Mendiolaza no tardó en convertirse en un ícono del arte pop argentino.