Manuela Barrios

La Bailaora [No andaluza] que conquista Andalucía

Escribe: Carlos Fuller / Foto: Sergio Aguilar
No la vio nacer el río Guadalquivir. Mide diez centímetros más y pesa diez kilos menos que una bailaora convencional. Tampoco es gitana y su más grande pecado es no haber nacido en Andalucía. Porque Manuela Barrios es limeña y tiene la osadía de destacar en concursos de baile en la Meca del flamenco. Venciendo, de visita, a bailaores de pura sangre andaluza. Lleva por armas los vestidos, los zapatos de tacón y la única herencia que la destinaría al flamenco: su nombre.
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Foto: Juan Francisco Melgar

Manuela fuma un cigarro y bebe café en la sala de la casa donde ha vivido por veinte años, en Lima. Mañana estará de vuelta en Sevilla. Manuela mueve su mata de pelo castaño de un lado de la cara al otro mientras conversa. Ver aquello es un privilegio que no tiene quien va a verla bailar a un tablao, esos locales dedicados a los ritos del flamenco.

Parece que Manuela lleva ese destino en su nombre. El mismo que tuvo Manuela Vargas, la bailaora que en vida recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. El que tiene Manuela Carrasco, Premio Nacional de Danza. O el que tiene la bailaora Manuela Reyes, o el que tienen las cantaoras Manuela Pérez Laino y Manuela Cordero. Ese nombre que, sin imaginar su importancia, sus padres le pusieron. Manuela, el nombre con más vocación al flamenco que podía tenerse.

Porque Manuela se llama, en verdad, Manuela. No es un sobrenombre para parecer más andaluza. Porque no es andaluza. Mucho menos gitana. Es la bailaora no andaluza. Una peruana que baila flamenco en Andalucía.

Son las once de la mañana y, desde la mampara, la casa de Manuela Barrios en Camacho se llena de sol. Un perro blanco y flaco se trepa a su regazo, en el sillón donde conversamos. La sala está repleta de colores de luz y de tierra. Cada dos minutos mueve el pelo de un lado de la cara al otro. Izquierda, derecha, izquierda. Piel morena y bronceada. Lleva una camisa rosada, un short de jean y sandalias playeras. 1.76 metros de estatura, demasiado alta para ser una bailaora. 59 kilos, demasiado flaca. Las andaluzas suelen medir 10 centímetros menos, pesar 10 kilos más y tener un cuerpo voluptuoso. Ella no. Manuela tiene cintura pequeña, las piernas largas y la mata de pelo acentúa su altura.

Pero Manuela se llama Manuela. Fue su abuelo materno quien le dio el nombre. Ninguna relación con el mundo andaluz sino con la bisabuela, que se llamaba así. Manuela conocería el flamenco a los siete años por sus padrinos, que vivían en la casa de al lado. Su padrino era hijo de andaluces y solían organizar fiestas sevillanas en los almuerzos. Fue a los dieciséis años cuando su madrina la llevó a ver a Cristina Hoyos, una gran bailaora. Al día siguiente ya habían comprado los zapatos y estaba tomando clases en la escuela Alma Gitana, de Lourdes Carlín.

En el colegio le iba pésimo. Era de las peores alumnas y de las más malcriadas. «La que tiraba la piedra y escondía la mano», dice. Los únicos cursos que le gustaban eran Educación Física, Arte y Música. El día de su graduación tuvo que tomar cinco exámenes para que la dejasen pasar el año. Lo único que sabía al terminar el colegio era que quería ser bailaora. Sabía que en Lima ya había aprendido todo lo que podría aprender y que para ser la mejor debía ir a la Meca: Andalucía. Pero también sabía que no había manera de que su madre se lo financiara. Entonces ahorró durante tres años de ahorro. Estudió Secretariado por nueve meses, lo ejerció en un colegio y en una empresa de head hunters. Pero al terminar los tres años y medio pudo pararse frente a sus padres con sus papeles hechos, la plata ahorrada y el pasaje a España. Tenía entonces veinte años. Hoy tiene treinta y vive en Sevilla.

Allá, luego de una noche en el tablao, Manuela Barrios se despierta a las seis y media de la mañana. Desayuna y viaja en bicicleta durante cuarenta minutos para dictar clases. Luego regresa a casa para almorzar, también en bicicleta. Un descanso y una vez más a la calle, esta vez para ensayar hasta las ocho de la noche. De ahí, a bailar al Huelva Ocho –el tablao donde trabaja– hasta las doce y media de la madrugada. Finalmente, regresa al apartamento y a dormir las horas que restan hasta las seis y media de la mañana del nuevo día. Día a día. Lunes, miércoles y viernes. También los sábados y los domingos. Porque hay que pagar las cuentas. El alquiler, el celular, la luz, el agua, las clases y un estudio que renta. Hay que pagar los trajes de baile que pueden llegar a costar hasta quinientos euros. Se estrena uno nuevo en las presentaciones importantes. Hay que pagar los zapatos de baile, que pueden costar hasta doscientos euros el par. Porque son hechos a mano, de cuero, con clavos en las puntas y tacones para que suene el zapateo. Un bailaor puede destruir un par en solo tres meses.