Madre felizmente casada busca novio para hija felizmente soltera

¿Puede ser un dolor de cabeza para una madre que su hija ame la soledad?

Escribe: María Jesús Zevallos / Ilustración: Felipe Esparza

Mi madre tiene miedo de que me quede soltera. No me lo ha dicho, pero es un miedo casi imperceptible. Lo noto cada vez que escucho su voz durante esas llamadas de larga distancia internacional que me hace los sábados por la tarde cuando estoy en casa, y que suelen venir con tres preguntas obligatorias. Van en este orden estricto:
¿Estás comiendo?
¿Cuándo vienes a visitarnos?
¿Y… hay algún chico por ahí?

La última pregunta tiene nombre propio. Charo le dicen, porque su nombre de pila es demasiado largo. Charo es bajita y guapísima. Tiene cejas gruesas, inmensos ojos marrones y lunares repartidos estratégicamente por todo su cuerpo como pequeños invasores que han llegado con los años. Yo saqué esos ojos marrones, esas cejas gruesas y esos lunares invasores. Sí, me parezco a mi madre. Aunque, tal vez, solo físicamente.

Cuando Charo tenía quince años conoció a mi padre. Fue de esos raros amores instantáneos que cuatro años después se convirtió en un matrimonio que dura hasta hoy. No sorprende por eso que la matemática de esta disyuntiva sea la siguiente: mi madre tiene 50 años y ha estado enamorada del mismo hombre desde hace 35. Yo tengo 26 años y soy soltera desde hace casi 27. Y mi madre no lo soporta.

Charo odia tanto mi soltería que ha buscado y conseguido chicos para combatirla. Una vez mi hermana mayor –su complice, casada desde los veintitrés– trató de juntarme con un amigo de su esposo durante una cena navideña. Me sentaron frente al muchacho que me decía algo mientras yo tenía la mente en otra cosa. Al día siguiente, mi madre me dijo lo que ya esperaba: «Adivina quién ha preguntado por ti». No me molesté en adivinar.

En otra ocasión, mi madre y yo fuimos a un taller mecánico en medio de una carretera de Georgia, Estados Unidos, donde dos muchachos nos atendieron con caballerosidad. Al regresar al auto mi madre me miró abriendo los ojos y me lanzó el comentario de nuevo: «Qué lindo ese chico. ¿Viste cómo te miraba? Yo quiero uno así para ti». Ni hablar sobre las innumerables veces en las que mi madre me ha repetido lo lindo que es el hermano de mi cuñado o el hijo de alguna de sus amigas que tiene –¡oh, qué casualidad!– la misma edad que yo.

Jean Paul Sartre dijo alguna vez que si te sientes solo cuando estás solo es porque estás en mala compañía. Yo aprendí a estar cómoda con mi soledad desde pequeña, casi por instinto de sobrevivencia. No tenía amigas, ni las necesitaba. En el recreo comía sola para que nadie me pidiera mis galletas. En el salón soñaba despierta. Mi cabeza era mi juguete favorito y para eso no necesitaba compañía. La niñez de mi madre fue diferente. Ella era la hija del medio, ignorada por sus padres, pero eso nunca le importó. Charo era linda, buena, risueña, educada. La niña que bailaba en el parque cada vez que escuchaba música. La que le prestaba sus juguetes a todos sus amigos. Mi madre nunca amó la soledad. Y, cuando se vio sola, buscó compañía.

La soledad para mí, en cambio, es una necesidad. De ella saco la materia prima, la fuente de inspiración para hacer lo que hago: escribir. También es la roommate ideal. No me gusta cuidar de cosas. Cuando algo está roto, lo boto. No reparo. No tengo perro, gato, hámster, planta ni Tamagotchi que requiera mis auxilios. Disfruto mi soledad porque no tengo tiempo, energía, ni convicción para cuidar de algo o alguien más. La soledad ha sido la constante en mi vida y aunque a veces sea tóxica y me aturda, la sé querer. Respeto la soledad porque me da de comer. Pero mi madre no entiende eso. Amar la soledad, para ella, no tiene sentido.

Esto no es un reproche hacia una madre que me dice que me voy a quedar vistiendo santos y qué vergüenza, qué dirá la gente. Al contrario. Siempre he admirado su nulo interés en lo que piensen los demás. Charo me enseñó a no tenerle miedo a la vergüenza, a la burla de la gente. Ella bailaba donde sea, sin importar quién la vea. Yo era la niña de cinco años que la miraba roja de vergüenza pues no le encontraba sentido a hacer el ridiculo voluntariamente. Siempre la admiré por eso. Porque ella es la mujer que yo nunca podré ser. He intentado disfrutar de la misma felicidad que encontró mi madre con mi padre. La felicidad de un compromiso. Pero creo que ese tipo de felicidad no es para todos.

Este tampoco es un testimonio de desilusión. Amo a los hombres y sin ellos, mis días estarían llenos de aburrimiento. Mis conflictos amorosos han sido tantos como los de cualquier otra mujer de veintiséis años, quizá menos. A mi madre le duele eso. La entristece que yo nunca haya vivido eso que ella vive con mi padre. La entristece porque no concibe que yo sea feliz siendo soltera, dice, sin alguien que me cuide.

Con los años, mi madre ha entendido que la niña que odiaba que agarraran sus cosas sin permiso ahora es una mujer adulta que odia lo mismo. Que la niña que se entretenía jugando con Legos, armando y desarmando historias, ahora hace lo mismo pero con palabras. Que la adolescente que no se quitaba los audífonos durante los viajes en auto, es la mujer que odia que la gente le hable cuando las melodías suenan en su iPod. Mi madre ha aceptado que la soledad no es una fase en mi vida, sino una parte de mí. Que cada sábado cuando me llama, probablemente todo lo que me escuche decir sean las cosas geniales que están sucediendo en mi vida profesional, que es mi vida misma. Pero a veces, antes de cortar, a Charo se le escapa la pregunta:
—¿Y… hay algún chico por ahí?
Amo cuando lo hace, porque entiendo la razón de su insistencia. Esa pregunta es de mi madre. A nadie más se la respondo.